Cajón

Ésta es la bitácora secundaria del escritor José Manuel Benítez Ariza, en la que se almacenan textos vinculados a su blog principal,COLUMNA DE HUMO.

27 noviembre, 2010

LA MIRADA DEL BOSQUE

Es para mí un placer acompañar a Chesús Yuste en la presentación de su novela La mirada del bosque.

Chesús Yuste nació en Zaragoza en 1963 y es licenciado en Historia Contemporánea. Es articulista habitual en la prensa aragonesa, donde escribe sobre actualidad nacional e internacional, y ha escrito abundantemente sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con la cultura y la historia de Irlanda y Escocia, sobre el proceso de paz irlandés, etc. La mirada del bosque es su primera novela, y que ésta trate de Irlanda no debe sorprendernos, a la vista de los antecedentes mencionados. Chesús Yuste, por cierto, es diputado en las Cortes de Aragón.

La mirada del bosque es una novela policiaca y detectivesca a un mismo tiempo. Quiero decir que reúne requisitos de estos dos tipos de novela que los expertos consideran géneros distintos, cuando no opuestos. Es policiaca porque presenta la típica confrontación entre trama criminal y acción policial que define el género, y a través de ella ofrece una visión panorámica de la sociedad en la que transcurre la historia, en la que “buenos” y “malos” representan otros tantos agentes sociales; y es detectivesca en cuanto buena parte de la trama consiste en el progresivo desvelamiento de una serie de datos o claves que, al final del relato, debidamente ordenados e interpretados por el sujeto investigador, proporcionarán la solución del enigma planteado, que no es otro, como es propio del género, que la autoría de un crimen.

Un rasgo singular de esta novela es que ese “sujeto investigador” que hemos mencionado no es un detective al uso, al estilo de Sherlock Holmes o el padre Brown; es decir, un individuo dotado de una singular capacidad de observación y una gran perspicacia, sobre el que recae el peso de la recolección de indicios y su debida interpretación. Aquí el detective, por el contrario, es toda una colectividad: un grupo de amigos o vecinos que se reúnen semanalmente para cenar en casa de una maestra que escribe novelas policiacas y gusta de discutir sus tramas con sus invitados. Hay que decir que, en apariencia, ninguno de estos invitados, ni siquiera la autora de novelas policiacas o el jefe de la policía local, parece dotado de esa casi milagrosa perspicacia de la que hacen gala los detectives al uso. Son, más bien, personas normales, que tienen sus prejuicios e incluso sus limitaciones, y que frecuentemente, cuando aportan un dato a la investigación, han de reservarse parte de lo que saben, porque ese descubrimiento se ha debido a intuiciones o azares determinados por la idiosincrasia de cada cual, pero que difícilmente podrían ser aceptados por la totalidad del grupo. No voy a entrar en esos detalles, porque sería tanto como destripar la novela, pero sí creo que puedo adelantar que lo que uno descubre por su conexión con el IRA, o como secreto de confesión, en el caso del cura, o por creer en brujas y adivinaciones, como es el caso de otra de las concurrentes a este círculo de detectives aficionados, no puede ser puesto sin más en conocimiento del jefe de la policía. Lo singular, por tanto, de la trama que construye Chesús Yuste es que está hecha de esas medias verdades con las que estamos obligados a entendernos unos con otros, puesto que ninguno de nosotros puede correr el riesgo de descubrir su verdad íntegra. Y para solventar esta dificultad, el autor propone una solución poética: la posesión de esa verdad íntegra, inasequible a las limitaciones y prejuicios de cada cual, corresponde a esa “mirada del bosque” a la que alude el título de la novela.

Es ésta, además, una novela de personajes. El autor ha caracterizado con mimo a cada uno de ellos, los ha dotado de ese requisito fordiano –por John Ford, el director de cine– de que cada uno tuviera un trasfondo y una biografía, aunque su paso por la trama sea breve. Es decir, La mirada del bosque es una de esas novelas que presupone otras novelas, correspondientes cada una de ellas a la historia de cada uno de sus personajes. Y esas novelas o historias latentes son tanto más interesantes en cuanto que el autor, haciendo gala de su condición de historiador y de analista político, sabe entroncarlas con los aconteceres principales de la historia de Europa del último medio siglo. De ahí que tengamos, entre estos personajes, a un antiguo militante del IRA, a un hippy, a un cacique local o a diversos representantes del desarraigo contemporáneo.

La trama, lo hemos dicho ya, transcurre en la República de Irlanda. En concreto, en una pequeña localidad cercana a la frontera con el Ulster. La realidad irlandesa, por tanto, juega un papel importante en la trama y determina algunos de sus giros. La mirada del autor, creo –y eso lo podrá explicar él mejor que yo–, simpatiza abiertamente con la idiosincrasia de esta pequeña comunidad, que a ratos recuerda la que describe John Ford en su inolvidable película El hombre tranquilo; pero, al igual que el cineasta, el novelista mezcla fascinación e ironía, y no nos esconde las contradicciones de esta sociedad aparentemente idílica. Por ejemplo, la esquizofrenia que supone tener por idioma nacional una lengua, el gaélico, que, como vemos en una cómica escena al comienzo de la novela, no permite que se comuniquen entre sí quienes lo hablan de nacimiento, como es el caso de los campesinos , y quienes lo han aprendido en el colegio. O, derivado de este hecho, el detalle singular de que todos los personajes de esta novela ostenten complicadísimos nombres y apellidos gaélicos. Tampoco oculta esta novela –y en este detalle conecta con la actualidad periodística más reciente– los misterios de la aparentemente boyante economía irlandesa de esos años, cuyo triste desenlace conocemos ahora: en esta novela se ven las corruptelas que surgen en una economía subvencionada y dependiente, que no ha cambiado apenas la vieja estructura de clases ni el desigual reparto de la riqueza, y en la que hay quienes se aprovechan de los resquicios del sistema para enriquecerse fraudulentamente.

No digo más, y pido disculpas ya por si he dicho demasiado. Sólo me queda declarar el placer que he sentido al leer esta novela de estructura clásica, escrita con elegancia e inteligencia; y animarles a todos a que compartan conmigo este placer.

Con ustedes, Chesús Yuste.

21 octubre, 2010

PRESENTACIÓN DE MACEDONIA DE RUTAS, de Antonio Rivero Taravillo. Editorial Paréntesis, Sevilla, 2010

Decir que es un placer y un honor para mí presentar un libro de Antonio Rivero Taravillo puede parecer un lugar común, dictado por la circunstancia en que nos encontramos. Pero lo cierto es que esta vez el cumplimiento de este trámite viene facilitado por el hecho de que el hombre, el escritor que tengo a mi lado, tiene mi edad, ha participado en muchas empresas literarias y culturales con las que yo también he tenido alguna relación y, más allá del parecido físico que algunos dicen que tenemos, exhibe gustos e inclinaciones que coinciden en gran medida con los míos, por lo que exponerlos y ponderarlos no me resulta en absoluto difícil.

Antonio Rivero Taravillo es autor de otros libros de viajes, cuyos meros títulos delatan algunas de sus querencias:
Las ciudades del hombre, que indica que estamos ante una de esas personas que, sin despreciar la naturaleza, encuentran motivos de celebración y gozo en el descubrimiento de esos laberintos inabarcables e inagotables que son las ciudades; y Viaje sentimental por Inglaterra, toda una profesión de fe anglófila, no incompatible con la declarada hibernofilia, o devoción por todo lo irlandés, que siente del autor. Que lo es también de algunos libros de poemas, el último de los cuales es El árbol de la vida (2007); y de una gran biografía de Cernuda, la mejor y más completa de las que se han escrito hasta ahora, de la que ya ha salido el primer tomo, Luis Cernuda: años españoles, que obtuvo el premio Comillas de Biografía de 2007, y de la que está a punto de salir el segundo. Es un traductor empedernido, premiado y –añadiría yo– imprescindible, porque no sólo ha facilitado el acceso del lector español a algunos grandes poetas en lengua inglesa, sino que incluso ha arrojado luz sobre alguno que no atravesaba sus mejores momentos en la estimación de los entendidos, como es el caso de Tennyson, el gran poeta victoriano, al que generaciones sucesivas no le han querido perdonar el éxito mundano y literario que conoció en vida. Recuerdo el momento en el que Antonio me hizo entrega, hace años, en pleno centro de Sevilla, muy cerca de la librería que entonces dirigía, del libro en el que recogía sus traducciones del gran poeta victoriano. Le elogié el atrevimiento de haber traducido a ese poeta en horas bajas; y él, modestamente, me dijo que algunos poemas suyos “estaban bien”. Y la verdad es que, después de leer los elegidos por él en esta ocasión, no hay más remedio que darle la razón. A ciertos poetas se accede a veces de la mano de quienes han tenido la paciencia y la intuición de encontrarles sus aciertos. Y éste fue el caso.

Ahora Antonio nos ofrece un nuevo libro de viajes, Macedonia de rutas. El lector no avisado podría pensar que estamos ante una especie de guía de viajes más o menos literaturizada, como tantas -algunas muy amenas y bien escritas- que andan por ahí. Y lo cierto es que, con este libro en la mano, una persona de ánimo viajero podría planear unos cuantos viajes apasionantes. Pero yo, que no soy tan viajero como Antonio, he encontrado en este libro algo que creo que es todavía mejor: valiéndose de él, también un lector absolutamente sedentario, como es mi caso, podría efectuar un extraordinario viaje mental y literario sin levantarse de su sillón; o, lo que es más interesante aún: levantándose muchas veces de ese sillón para acudir a otros libros y confirmar en ellos que, allí donde un lector común sólo encontraba un poema hermoso, pongo por caso, Antonio lee un pormenor vivísimo que él mismo ha podido constatar in situ; por ejemplo, cuando pasea por Cambridge y se acuerda del poema a un humilde gorrión que Claudio Rodríguez escribió en el periodo que pasó como lector en esa ciudad universitaria. En ese aspecto, Macedonia de rutas es un libro que no sólo transmite una experiencia ajena, la del escritor-viajero, sino que obliga al lector a revivir esa experiencia, porque lo enfrenta, si no a los lugares concretos, que a lo mejor desconoce, sí a otras muchas evidencias que el lector, por el mero hecho de serlo, se sentirá tentado de redescubrir por su cuenta y riesgo, aunque no sea más que haciendo un viaje en zapatillas a su biblioteca.

Con lo dicho no pretendo dar a entender que éste sea un libro de mera erudición literaria. Por el contrario, hay en él un ingrediente muy distinto a la erudición: la sabiduría vital y vitalista. En ese sentido, no creo que haya nadie que pueda leer el capítulo dedicado a los pubs londinenses sin sentir en su garganta la apetencia inmediata de tomar una pinta de cerveza tostada, tal y como la sirven en Londres: fresca, pero no fría, para que entre en el cuerpo y en el espíritu como un recio tónico reconstituyente. Ni creo que ningún amante de la belleza femenina no experimente una sensación de simpatía y asentimiento cuando Antonio habla de una rápida mirada cruzada con una desconocida en cualquier ciudad del mundo. Viajar es, en este libro, una manera de gozar, ya sea de la cerveza, de la música, de la literatura, de la belleza o de la buena comida. Y también del peligro, porque por este libro aparentemente tan contemplativo y apacible, tan cargado de placeres que presuponen serenidad y tiempo para apreciarlos, corre también, a veces, alguna que otra ráfaga estremecedora, que indica que no todo ha sido siempre tan idílico ni tan civilizado. El trasfondo violento de México D.F., por ejemplo; o la dolorosa evocación de cierta librería neoyorquina que se albergaba en los bajos del World Trade Center. Aunque a veces no es necesario ir tan lejos para confrontar la hostilidad y la incomprensión, como queda ejemplificado en la elegantísima crónica que Antonio hace de un homenaje a Agustín de Foxá que había de celebrarse en un local municipal sevillano y fue prohibido a última hora por una concejala intolerante. Que Antonio incorpore estas anécdotas de su faceta pública de hombre de letras sevillano a este libro cosmopolita nos depara, también, otra de las claves del mismo: su modo de equiparar lo cercano con lo lejano, para dar a entender que, como decía el humanista, nada humano le es ajeno.

Y con esto termino ya: que este libro se publique en una colección de narrativa no parece, en modo alguno, un despropósito. Otro autor más apegado a la ortodoxia genérica hubiera impostado un personaje autobiográfico al que atribuir todas estas andanzas y hubiese presentado el resultado como una especie de novela de iniciación. Yo creo que ya lo es, sin necesidad de disfrazar su verdadera naturaleza. Una apasionante novela de la que, además, cualquiera de nosotros podría ser el protagonista, sólo con que nos decidiéramos a seguir los pasos de su autor.

Biblioteca Provincial de Cádiz, 20 de octubre de 2010

10 marzo, 2010

TROPPO VERO

Andrés Trapiello. Pre-Textos,
Valencia, 2009. 793 pp.

El diario-novela de Andrés Trapiello llega a su decimosexta entrega, y parece excusado a estas alturas entrar a discutir su modo de abordar el género o de imponerse a sí mismo sus propias pautas de verdad. Un diario personal, incluso un diario que quiere presentarse como novela en marcha o novela de una vida, es siempre verdadero, e incluso demasiado verdadero (troppo vero), si el autor acierta en el tono, en la elección de los hechos pertinentes, e incluso en la manera de pedir licencia para permitirse un margen más o menos amplio de invención.

Ni que decir tiene que estos diarios cumplen sobradamente estos requisitos. Vienen avalados por la propia verdad íntima del autor, por las abundantes páginas dedicadas a la vida pequeña, a los acontecimientos familiares, al recuerdo, a la introspección. Se acreditan por la mirada limpia que suelen exhibir cuando se refieren a hechos o personas anónimas: cuando dan cuenta, por ejemplo, de la apariencia y actitudes de un pordiosero, de una prostituta callejera, de un chamarilero, de unos albañiles ruidosos. Podría decirse que, en la economía interna de estos libros, las páginas dictadas por la propia intimidad y la observación desinteresada son las que prestan autoridad y convicción a esas otras, acaso más sabrosas para el lector ávido de carnaza, en las que el autor se mide abiertamente con la variopinta fauna que concurre en la llamada “vida literaria”. El propio Trapiello ironiza sobre esta faceta de su obra, que merece incluso la desaprobación divina, si hemos de hacer caso a lo que cuentan al respecto las hilarantes páginas dedicadas a cierta zarza ardiente que interpela al autor y le recomienda una mayor ecuanimidad a la hora de encajar los sinsabores del oficio.

No es que esa ecuanimidad haya faltado nunca en estos diarios. Podría decirse que, si se comparan las filias con las fobias enumeradas en los mismos, las primeras ganan por amplia mayoría. No hay demasiada malicia, en efecto, en los dos grandes retratos de personajes públicos que encontramos en esta entrega, el de una ministra de cultura y el de un polémico exvicepresidente del Gobierno: el autor, aun constatando las distancias que le separan de la una y del otro, les reconoce su condición de personajes entregados, como cualquiera, a sus propios y legítimos empeños. Y este efecto se consigue precisamente porque el autor los mira con los mismos ojos de asombro y curiosidad que dirige a los mendigos y a las mujeres de la calle. Es en estos retratos, quizá, donde mejor cumple el autor el mandato de la zarza. Que se permite ignorar en otras páginas no menos certeras, en las que Trapiello echa su cuarto a espadas en la sempiterna guerra literaria, y lo hace noblemente, a cuerpo y con bien fundados argumentos, aun a sabiendas de que así se expone a que otros se los apropien, como ha ocurrido, por ejemplo, con la reivindicación de Juan Ramón Jiménez, defendida en esta coyuntura por quienes representan justo lo contrario de lo que significó el poeta de Moguer; o con Ramón Gaya, que recibió ese año (2002), según cuenta este libro, el Premio Velázquez de Artes Plásticas, en medio de una amplia incomprensión.

Aunque estos empeños, insistimos, quizá tendrían menos valor si no vinieran avalados por un tono y un modo de hacer que destilan verdad. Año tras año estos diarios lo consiguen. Lo que, en un mundo en el que las zarzas ardientes rara vez se hacen oír, no deja de ser un pequeño milagro.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

18 enero, 2010

LOS AÑOS ROJOS DE BUÑUEL


LOS AÑOS ROJOS DE LUIS BUÑUEL

Román Gubern y Paul Hammond. Cátedra, Madrid, 2009. 419 pp.

Quizá una de las muchas cosas buenas que podrían decirse de este libro es que muestra hacia su protagonista y hacia la actividad política que se le imputa una desacostumbrada imparcialidad. La intención de los autores no es, en ningún modo, reivindicar la figura de Buñuel para ninguna causa política. Los escasos pasajes en los que éstos manifiestan su opinión dan a entender más bien lo contrario: Gubern y Hammond dan por sentado que el prudente lector sabe a qué atenerse respecto al comunismo, y respecto al no siempre airoso papel que numerosos intelectuales europeos jugaron en relación al estalinismo en el periodo de entreguerras.

Buñuel fue uno de ellos. Existen pruebas fehacientes de su afiliación al Partido Comunista de España en 1931, coincidiendo con la proclamación de la República, y en su trayectoria artística y humana hay suficientes indicios de que determinadas actuaciones suyas se rigieron por las consignas emanadas, en primera instancia, del Comintern, el instrumento de la política internacional de Stalin, y de sus variadas ramificaciones políticas e intelectuales. Tal es la tesis de este libro. Que, a la luz de la documentación aportada, parece irrefutable.

Pero, decíamos, no hay que entender esta completísima monografía sobre los inicios de la carrera de Buñuel como un acta de acusación. Las convicciones políticas de Buñuel –sobre cuya sinceridad tampoco se pronuncia este libro– fueron las que se respiraban en los ambientes artísticos en los que el cineasta dio los primeros pasos de su carrera. La muy favorable acogida que su filme protosurrealista Un chien andalou tuvo en el círculo de Breton lo llevó a asumir con naturalidad la pretendida sintonía entre subversión artística y praxis revolucionaria que defendían los surrealistas de entonces. Luego, cuando muchos de éstos fueron ganados para la causa estalinista, en contradicción con la postura algo más ecléctica de Breton, Buñuel se encontró en una tesitura en la que su propia trayectoria artística parecía demandar también una ruptura con el surrealismo ortodoxo y abrirse a otros intereses. Fueron los tiempos en que el director filmó Las Hurdes / Tierra sin pan, un documental que, sin dejar de presentar numerosos rasgos surrealizantes, ofrecía un claro mensaje político y social. Los autores de esta monografía no se pronuncian sobre si fue el cambio de orientación artística lo que determinó la consiguiente adscripción política o viceversa. Posiblemente no pueda hablarse de prelación de uno de estos factores respecto al otro. El artista y su obra simplemente evolucionaban en sintonía con los tiempos.

La apretada narración de Gubern y Hammond se extiende a las labores de producción que hizo Buñuel para la empresa Filmófono durante los años de la República, y luego a los servicios propagandísticos que prestó para ésta, ya durante la guerra, en la embajada de París, antes de embarcarse hacia los Estados Unidos en septiembre de 1938. En todas estas vicisitudes se van cruzando en su camino nombres que, por sí solos, merecerían protagonizar una novela de aventuras: mecenas, espías, agentes dobles, gentes del cine arrastradas por los tiempos a toda clase de metamorfosis, etc. A casi ninguno le falta una rápida semblanza en este libro; o, cuando no, las dos o tres pinceladas suficientes para que el lector guarde una impresión indeleble de ellos: el empresario Urgoiti, el proteico actor Jorge Rigau, el entonces principiante director José Luis Sáenz de Heredia, etc. En este sentido, el índice onomástico de este libro vale por una pequeña enciclopedia del cine y sus aledaños en el periodo estudiado.

De una carta de Dalí a Buñuel de principios de 1939 se deduce que el cineasta confesó a su antiguo amigo su distanciamiento de la ideología que había profesado en los últimos años. Tampoco cabe aquí postular grandes desengaños, a la manera de los de un Koestler o un Orwell. Buñuel simplemente pasaba… a otra cosa. A su etapa más fructífera como cineasta, tan felizmente ambigua a estos respectos.

Publicado en El Cultural, 8/1/2010

17 enero, 2010

JAIME GIL DE BIEDMA

JAIME GIL DE BIEDMA

Miguel Dalmau. Circe, Barcelona, 2004. 510 pp.

Está de más plantear la cuestión de si esta biografía es pertinente o no: cualquier lector de Gil de Biedma sabe que en su obra hay repliegues, silencios, veladuras, que apelan directamente a la curiosidad. No a la que reclama conocer intimidades de alcoba, sino a otra más legítima, e indisociable de la genuina apreciación literaria: la que despiertan, por ejemplo, poemas como “Intento formular mi experiencia de la guerra”. Ante un texto como éste, que evoca la felicidad de un niño en medio de circunstancias públicas adversas, el lector tiene todo el derecho a desear saber más, a preguntarse cómo la memoria juega con frecuencia a contradecir el testimonio histórico y el juicio moral. Naturalmente, la poesía de Gil de Biedma suscita otras preguntas: a qué se debe su asombrosa eficacia, de dónde viene la sensación de novedad que causa y, a la vez, la clara impresión de que muchas de sus afirmaciones son parte de un acervo común de confidencias lúcidas que el lector –vanidosamente, quizá– siente como propias.

La biografía que hoy nos ocupa satisface en buena medida la curiosidad legítima del lector y le proporciona datos relevantes para el buen entendimiento de los poemas, de su génesis y circunstancia y, en algún caso, de los modelos que el poeta tuvo en cuenta al componerlos. Quizá en este último aspecto no alcance la exhaustividad de las grandes biografías anglosajonas. Y, lo que es más importante: en las apreciaciones literarias que contiene quizá podamos echar de menos una clara definición del punto de vista crítico desde el que se abordan, e incluso del que sustenta determinados juicios de valor sobre la literatura española contemporánea, como esta llamativa afirmación, contenida en una pregunta retórica referida a los poetas jóvenes que visitaban a Gil de Biedma: “ese juego de ambigüedades, cuando no de favores de alcoba, era habitual en la escala de ascensos de la poesía española”.

Y es que éste es un libro escrito con una curiosa mezcla de despego –de ironía, también– y aplicación. Concebido como un tríptico, según el modelo de un conocido cuadro de Bacon, sus tres relatos presentan sucesivamente al biografiado en su condición, primero, de persona civil (hijo de buena familia, estudiante, abogado, hombre de empresa...), luego como poeta y, finalmente, en el papel que el biógrafo en algún momento denomina, en expresión no del todo afortunada, “Gil de Biedma erótico”. El primer “panel” es un esbozo de lo que podría haber sido una correcta “biografía autorizada” del poeta, en la que quedan abiertos significativos huecos de misterio donde el lector puede ubicar esas legítimas curiosidades de las que hablábamos antes: sobre literatura y sobre las posibilidades de que una persona culta y de buena posición pudiera burlar las limitaciones que le imponía la sociedad española de su tiempo. El segundo “panel” esboza la actuación literaria de Gil de Biedma. Y el tercero, su ajetreada trayectoria sentimental y sexual y las penosas circunstancias de su muerte.

Son muchas las páginas de esta tercera parte que, en buena ley, deberían pertenecer a la segunda, por explicar la génesis y el sentido de determinados poemas. Lo que nos sitúa ante la cuestión principal que ha de plantearse el biógrafo de un artista: si lo que nos interesa de la vida de éste es sólo lo que explica su obra, o si también viene al caso lo que el biografiado consideraba materia estrictamente privada. En la dramática carta –aquí incluida– que el poeta dirigió a Dionisio Cañas para disuadirle de explicitar la orientación sexual de su poesía amorosa, Gil de Biedma señalaba que esta clase de cuestiones nunca preocupó a los estudiosos de su obra ajenos al ambiente literario español. En ese sentido, su poesía es más que ambigua: reduce a la irrelevancia la cuestión del sexo de sus referentes eróticos, lo que hace que cualquier lector se reconozca inmediatamente en ella sin necesidad de engorrosas transferencias.

A tales efectos, está claro que este libro, bien documentado y bien escrito, ayuda bastante a entender al personaje, pero quizá no a que leamos mejor su poesía. Al fin y al cabo, el poeta fue, en palabras del biógrafo, un “inteligente y sagaz administrador de su propio silencio”. Silencio que debe entenderse, no sólo referido a la decisión de no escribir poesía a partir de determinado momento, sino también a la de no añadir a lo escrito innecesarias aclaraciones. Pero tampoco podemos culpar al biógrafo por contar lo que sabe; aunque, como lectores, optemos por no tenerlo en cuenta.

Publicado, en versión algo más breve, en El Cultural, 9/12/04

25 octubre, 2009

EL CUENTO DE SIEMPRE ACABAR, de Medardo Fraile

EL CUENTO DE SIEMPRE ACABAR

Medardo Fraile. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2009. 617 pp.

Aunque ha tocado, y no sin fortuna, casi todos los géneros literarios, es en el cuento donde reside la gran aportación de Medardo Fraile (Madrid, 1925) a la literatura española. Y es el don de contar, de sintetizar una situación en unos pocos detalles, el que brilla en las mejores páginas de El cuento de siempre acabar, este recién publicado tomo de memorias.

Abarcan éstas desde su infancia, a caballo entre Madrid y Úbeda, hasta su llegada a Southampton como lector de español en 1965. Son, por tanto, unas memorias parciales; y, a tenor de lo que efectivamente contienen, el lector bien puede echar de menos lo que ha quedado por escribir, de lo que sólo se ofrece un apretado resumen en el “Cierre” que las culmina, y que se reduce prácticamente a un rápido repaso de los hitos que han ido marcando la resurrección editorial y el reconocimiento alcanzados por el autor en su madurez. Aunque tampoco faltan en esta sección las pinceladas certeras para retratar a determinados personajes: a Ian Gibson, por ejemplo, con su andaluz impostado y su devoción “de labios para afuera” por Lorca, mientras que, a quien quisiera escucharlo, le decía que el mejor poeta del mundo era T. S. Eliot… También se perciben en este “Cierre” algunas ausencias: la del dramaturgo Alfonso Sastre, por ejemplo, amigo y compañero de aventuras literarias del autor desde la adolescencia de ambos, y con respecto al cual Fraile hace constar no pocas reticencias literarias y personales, aunque sin entrar jamás a juzgar la deriva ideológica del amigo hacia las posiciones extremistas que sostiene hoy. Lo que llama la atención porque, desde las primeras páginas de estas memorias, el autor deja bien claro su escepticismo político, y su no llamarse a engaño respecto a determinados cantos de sirena ideológicos. En este aspecto, su retrato del Madrid republicano durante la Guerra Civil no deja lugar a dudas.

Y es que en unas memorias, como en un buen relato breve, lo que se calla es tan importante como lo que se dice. Lo que no va en detrimento, en fin, del valor, en este caso muy elevado, de lo que efectivamente se cuenta. A la vívida crónica que estas páginas ofrecen del Madrid sitiado durante la guerra, habría que contraponer, como imagen de un paraído perdido, la Úbeda anterior al conflicto, donde el autor tenía parientes y donde su familia mantenía una mutuamente satisfactoria relación ancilar o clientelar con una hacendada local. Y aunque el autor evita las disquisiciones analíticas, y prefiere narrar, queda establecido un vínculo explicativo entre esta infancia con referentes sociales y políticos muy mezclados y la actitud de distanciamiento e independencia con la que luego se movió el autor en un medio cultural progresivamente politizado.

De la crónica de su paso por este medio cabe destacar su vinculación al grupo Arte Nuevo, junto con Sastre y un entonces inquieto y renovador Alfonso Paso; y, sobre todo, su colaboración con la editorial y revista Ágora, en cuyo relato cabe rastrear una verdadera novela barojiana de iniciación, a la que no es ajena la personalidad singular de los artífices de dicha empresa, el matrimonio formado por Mario y Concha Lagos, fotógrafo y poetisa respectivamente.

Hay otras “novelas” más o menos implícitas en este fluido relato autobiográfico; pero quizá las más sugerentes sean, como suele ocurrir en este tipo de testimonios, las de todos esos personajes que el autor retrata en el cenit de sus ambiciones, y de los que cita incluso algunos frutos logrados, pero de los que apenas queda ya un levísimo rastro en los anales literarios. Personajes como el prolífico novelista Alejandro Núñez Alonso, al que el autor dedica algunos matizados elogios, u otras figuras que mantienen hoy su fama y vigencia, pero respecto a las cuales el juicio del autor tampoco coincide necesariamente con la opinión más o menos generalizada; como, por ejemplo, cuando se muestra reticente respecto a El Jarama, la famosísima y todavía hoy estudiada y leída novela de Rafael Sánchez Ferlosio.

La frescura y novedad que destilan estas páginas apuntan a que la verdadera historia literaria de esos años necesita una urgente revisión de sus tópicos más asentados. Y constatan, también, una premisa frecuentemente ignorada: la probidad e intensidad del esfuerzo literario en una época –el primer franquismo- difícil, y la esencial continuidad de la cultura española de posguerra respecto a la anterior. Dan la sensación de llenar un vacío que, quizá por haberse mantenido demasiado tiempo, es ahora fuente inagotable de hallazgos.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Publicada en
El Cultural, viernes 23 de octubre 2009


29 septiembre, 2009

CARTAS DE VICENTE ALEIXANDRE A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS (1937-1984)

Edición de Irma Emiliozzi. Transcripción y colaboración de Mª del Carmen Martínez Pereira. Pre-Textos, Valencia, 2005. 563 pp.

Parece claro que la publicación de un nuevo epistolario no va a cambiar la historiografía literaria española. Pero hará bien el lector de estas cartas en confrontar lo que de ellas se desprende con los tópicos aprendidos en los manuales; y verá que todo está sujeto a matiz, a revisión. No la figura de su autor, claro, cuyas conocidas generosidad, independencia de criterio y ecuanimidad quedan plenamente confirmadas. Tampoco la importancia decisiva de su influjo en las letras españolas tras la Guerra Civil. Con característica reserva, desgrana Aleixandre a su interlocutor algunos detalles de la génesis y andadura editorial de sus libros de posguerra, desde Sombra del paraíso a Diálogos del conocimiento. Se percibe que el futuro premio Nobel se sabe en un tiempo literario distinto, derivado de un clima moral muy diferente del que vio nacer, por ejemplo, La destrucción o el amor, en plena República. De ahí las dudas (con su punto de coquetería) sobre la oportunidad de dar a la imprenta los poemas nuevos; pero también la certeza de tener algo que decir en un panorama poético dominado por la “neo-retórica”; y la satisfacción de que sus poemas inéditos circulasen de mano en mano entre los jóvenes no afectos a la estética imperante. Todo ello desmiente, en fin, el tópico que ha querido ver en Aleixandre un “exiliado interior”, aislado del ambiente opresivo circundante y guardián de las esencias poéticas de un pasado mejor. Nada más lejos de la realidad. A pesar de la reclusión impuesta por su mala salud crónica, Aleixandre se relaciona con lo mejor y más activo del panorama literario de su tiempo, influye en revistas, colecciones y premios literarios, y hasta acepta con irónico fatalismo que lo nombren académico.

No hay en estas cartas, lógicamente, ninguna comprometedora toma de posición crítica frente al régimen. Aleixandre, para disgusto de algunos (entre otros, la responsable de esta edición), saludó con alivio la victoria “nacional” en 1939, después de haber sufrido detención en una cárcel republicana y pasado parte de la guerra refugiado en casa de un pariente. Sobre esas circunstancias se extiende largamente en las cartas fechadas en el “Año de la Victoria”. No hay que extrañarse que en ellas hable de los “asesinos rojos”, o que lamente el saqueo y destrucción de su casa. De estas palabras no se desprende ni siquiera rencor: sólo una dolida constatación de los sufrimientos padecidos. Ahora son otros los que sufren: su amigo Miguel Hernández, por ejemplo, de cuya penosa situación carcelaria trata insistentemente en muchas de estas cartas, hasta llegar a las doloridas cuartillas (2/4/1942) en que traslada a su corresponsal su dolor por la muerte del poeta oriolano. Preocupación constante de Aleixandre será velar por la viuda y recabar de sus amigos ayuda económica para ésta. Peticiones que adivinamos puntualmente satisfechas por un no menos generoso José Antonio Muñoz Rojas.

Y es que una de las muchas virtudes de estas cartas es la de reflejar ampliamente las reacciones y actitudes del interlocutor. Casi no se echan en falta las cartas de éste: las de Aleixandre reflejan cumplidamente cualquier novedad en su historia personal (noviazgo, boda, nacimientos de hijos y nietos) o literaria (la aparición de los sucesivos libros del antequerano, entre los que Aleixandre justamente destaca el fundamental Las cosas del campo). No puede evitar el poeta mayor una cierta idealización de su amigo más joven: ve en él la energía, la salud, la decisión que a él le faltan; y, si acaso, con el tiempo llegará a reprocharle que haya arrinconado un tanto su carrera literaria, en aras de otras responsabilidades. En las “cartas agosteñas” que se agrupan en la segunda parte de este epistolario, la figura de un Muñoz Rojas a caballo por sus tierras llegará a convertirse en un esperanzador emblema vitalista, en el que Aleixandre proyecta sus propios deseos de perduración digna en la vejez.

Son éstas, quizá, las cartas más líricas de este epistolario, las que explicitan el verdadero sentido de este diálogo extendido en el espacio y el tiempo: dejar constancia de lo que permanece y lo que huye. Entre lo primero podemos contar ya estas cartas y, sobre todo, lo que encierran: el mejor testimonio de una bella amistad.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural -en versión algo más breve- el 3-06-2005