Cajón

Ésta es la bitácora secundaria del escritor José Manuel Benítez Ariza, en la que se almacenan textos vinculados a su blog principal,COLUMNA DE HUMO.

Datos personales

26 mayo, 2009

UN VERBO INTRANSITIVO

Mundar, de Juan Gelman. Visor Libros, colección “Palabra de honor”. Madrid, 2008. 138 pp.

En vano buscará el inocente lector la voz “mundar” en los diccionarios, y hasta es posible que, en su desespero, la atribuya a alguna lengua bárbara, como las que dejan su rastro en las toponimias imaginarias de Robert E. Howard o en las ficciones filológicas de Tolkien. En realidad, la solución al enigma está mucho más próxima: basta recordar que la terminación –ar define una de las tres conjugaciones verbales existentes en español; y que los verbos, como bien saben los filólogos, revelan su comportamiento en función del “régimen” por el que gobiernan sus complementos. De este “mundar” que aquí nos ocupa sabemos que es verbo intransitivo y que admite un locativo, tal como lo vemos en el poema “Sépase”: “¿a dónde fue (…) el visible que munda en otra parte?”. Y que, por tanto, podemos colegir que su significado se aproxima al de los otros verbos y locuciones que en castellano acotan el campo semántico de vivir, habitar, ocupar, estar en un sitio; a los que une, quizá, un matiz de identificación o fusión cordial con el sitio habitado.

Disculpará el lector de estas notas la digresión que antecede. La justifico en la creencia de que quizá este libro no sea otra cosa que un tratado sobre el modo de habitar el mundo sin experimentar ese distanciamiento con el que nos desligamos de los fenómenos apenas nos erigimos en observadores de ellos, aun cuando seamos nosotros mismos los sujetos de esos fenómenos. De ahí las dificultades que este poemario puede plantear, de entrada, al lector de poesía habituado a otros registros más explícitos. No es que Gelman los rehúya: en esta colección pueden rastrearse todos y cada uno de los grandes temas tradicionales de la poesía, desde el amor a la nostalgia, pasando por la evocación de la infancia perdida, el recuerdo de los seres queridos, la reflexión sobre la naturaleza de la propia poesía, y la protesta social y política como expresiones de una disconformidad más radical, que afecta a la conciencia misma del vivir y a la permanente búsqueda de sentido en un mundo difícil. Pero estos temas, estos enunciados recurrentes en la poesía de todas partes y todos los tiempos, están tratados aquí con un distanciamiento crítico que afecta a los modos de expresión, a la continuidad misma del discurso y a los puentes comunicativos que la mayoría de los poetas dan por sentados en su trato con el lector.

Naturalmente, todo es cuestión de grados, y este radical extrañamiento del discurso poético que practica Gelman se relaja a veces lo suficiente para que el lector se sienta transitar por los senderos de una poesía más discursiva y unívoca: ocurre, por ejemplo, en “Baires”, donde, una vez resuelto el pequeño enigma del título (que no es sino el apócope con el que los bonaerenses designan su ciudad), las imágenes se ordenan con claridad meridiana en función de la evocación sentimental y la nostalgia, en la que comparecen incluso una borgiana “barriada / al crepúsculo” y el “tango que fue en los pies de la muchacha más linda del salón”, en un tiempo en el que parecía que la muerte “nunca iba a llegar”.

No es ésta la única pieza de este Mundar en la que Gelman, a contrapelo de la textura poco común de sus poemas y de la a veces curiosa disposición gráfica de los mismos, transita por los terrenos de la inteligibilidad, digamos, clásica. En “Es”, por ejemplo, se acoge a su propia versión descarnada del soneto para poner en pie lo que no podemos dejar de entender sino como una nueva y sorprendente versión del tema lopesco de la definición del amor: “el caballo escondido que crece en el viento/ es amor/ la cuchara que revolvió antifaces y cambió la sopa de la vida/ es amor…”; poema que no rehúye siquiera un final de un ternurismo que no hubiera disgustado a los poetas populares de su tierra, al modo de Evaristo Carriego, con los que el también argentino Juan Gelman mantiene un soterrado diálogo a lo largo de todo este poemario: “y amor es la niña que despierta la calle con su manita llena de caricias/ contra la nada limpia/”.

No es éste el único momento en que Gelman parece evocar, no sin ironía, sus antecedentes más cálidos y cordiales. La “costurerita” que, de la mano de la midinette mallarmeana, remata el poema “Pérdidas”, parece hermana gemela de aquella otra que “dio aquel mal paso” en el conocidísimo poema de Carriego. Pero no es esta tradición popular, urbana y sentimental la única con la que dialoga Gelman en este poemario. El sabor lapidario al que tienden muchos pasajes de este libro, por ejemplo, recuerda a la poesía sentenciosa de Antonio Porchia: “El nudo ata hilos para que no insistan en su pretensión de coser”, afirma, al modo de este último, en “Hilos”. Sólo que Gelman, a diferencia de su paisana Alejandra Pizarnik, eleva esta poesía gnómica a su más alto grado de intensidad, antes que reducirla a la gratuidad y al sinsentido.

No es extraño que estos diálogos soterrados afloren en un poeta que demuestra haber reflexionado mucho sobre el sentido y la finalidad de la palabra poética, y que se enfrenta a su propia tradición desde la desazón resultante de estas reflexiones. El campo en el que se dirime la poesía es “un papel lleno de imposibilidad”, en el que el poeta se las ve consigo mismo y con una tradición que, por paradójica y contradictoria (y por estar teñida, también, de complicidades con los aspectos más oscuros de la Historia), más que brindar respuestas, abre un sinfín de nuevos interrogantes. De ahí que ciertas encarnizadas polémicas literarias (por ejemplo, la aludida en el poema “Par impar”, entre el verso “par”, como el octosílabo popular o el decasílabo medieval, y el “impar”, de tradicion culta), se presten a ser zanjadas con una salida cómica: “Un gato se ofrece a ser poema”. Estas reducciones al absurdo no son ajenas al hecho de que, en ocasiones, el seguimiento servil de una tradición agotada pueda ser simplemente una máscara de la abyección, como la de esos poetas que “pisan la poesía, su fuego, por un puestito”, y “nada alcanzan a nombrar”. Aunque a eso precisamente, a “nada”, es a lo que se reduce cuanto sabemos del poema apenas indagamos lo suficiente en su esencia, como hace el propio Gelman en “¿Qué se sabe?”: “Del poema, nada. Llega, tiembla, y rasga un fósforo apagado”. Con lo que, en un giro que resulta muy característico de este Gelman último, venido de la poesía combativa y directa a los terrenos de la máxima exigencia expresiva, el rigor poético deriva del rigor ético, y viceversa.

Naturalmente, este grado de exigencia tiene sus riesgos, y hay pasajes y poemas en este Mundar que apenas rinden el sentido mínimo que el lector requiere para dar por bien empleado su esfuerzo; o, lo que es peor: el sentido que rinden es a veces tan obvio que no justifica los medios empleados. Pero la poesía, tal como la concibe Gelman, es una lucha que no siempre tiene por qué acabar en victoria; o, en todo caso, esta victoria no tiene por qué ser absoluta, lo que en poesía frecuentemente se convierte en la imposición de una nueva clase de elocuencia. A ese poco apetecible triunfo llegó, por ejemplo, la poesía de Neruda. Los fracasos (parciales) de Gelman son la mejor vacuna posible contra esa deriva indeseada. Poemas como “El pato salvaje”, plenos de aciertos en todos los órdenes (rítmico, imaginativo, retórico) bien podrían ser los paradigmas de un “estilo Gelman” al que tanto el poeta como el lector podrían fácilmente acomodarse. Pero no parece ser ése el designio del autor, ni eso lo que buscan sus lectores. Su probada capacidad para concebir imágenes atinadas y efectivas, su sentido del ritmo y de sus necesarias atenuaciones, su habilidad para el contrapunto coloquial, su equilibrio entre la evocación gratificante y la dificultad de lo apenas expresable, demuestran uno de los talentos poéticos más maduros y exigentes de las últimas décadas.

Así lo prueba este Mundar que, incluso en sus dificultades, es un libro que eleva la tensión de la palabra poética a un nivel poco frecuente en estos tiempos, y plantea al lector el difícil reto de renunciar a los hábitos adquiridos y elevarse a este nivel de exigencia. El sólo hecho de que un reto así haya llegado a formularse en esta época tan poco propicia dice ya mucho a favor de la oportunidad y necesidad de este libro.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado en Campo de Agramante. Revista de literatura,
nº 11, primavera-verano 2009

17 mayo, 2009

RESEÑA DE VACACIONES DE INVIERNO

[Reseña de Vacaciones de invierno en El Cultural (15/5/09)]

Vacaciones de invierno

J. M. Benítez Ariza

Paréntesis. 2009. 220 pp., 13 e.

15/05/2009

La literatura también se mueve entre los extremos. En el polo contrario de la agobiante complejidad se halla la sencillez no pretenciosa, sin que lo uno sea mejor que lo otro, pues todo depende del acierto del autor al cumplir su propósito. Por el segundo de esos registros se inclina el gaditano José Manuel Benítez Ariza (1963) en Vacaciones de invierno. El título describe la situación central de la novela. Un niño de 11 años se parte la mandíbula al caer de la bicicleta y le practican una complicada intervención. El tiempo de estancia en el hospital son las inesperadas vacaciones que, ya adulto, evoca en primera persona.

La novela se atiene a la rutina hospitalaria y ningún hecho excepcional ocurre en ella. La cotidianeidad sólo se altera por pillerías infantiles leves o esporádicos sucesos menores y nada más se anima con algún personaje singular (la anciana empeñada en escaparse). Sin embargo, basta con esa materia anecdótica porque el pequeño mundo del centro sanitario encierra el gran teatro del mundo: a escala liliputiense se reproducen el conjunto de tensiones de la existencia: la diversidad de los caracteres humanos (los antagónicos padres; la inocencia o maldad en la infancia; el vitalismo frente al apocamiento...), la realidad corriente y los sueños, las apariencias y el margen de misterio de la vida, la soledad y la compañía, el despertar del sexo, los instintos...

Estos elementos no ocultan un alcance arquetípico, pero nunca caen en lo abstracto porque el autor sabe darles el punto de verdad corriente. Y, además, porque todo ello se presenta con una pertinente simplicidad, que no pobreza, constructiva y estilística. El relato tiene disposición circular (se cierra al acabar las “vacaciones”) y progresa cronológicamente, aunque con incursiones en el pasado. La prosa es clara y sin artificios pero está trabajada con cuidado. Benítez Ariza elige estos limitados medios para hacer su aportación personal a un tema clásico; convierte esas “vacaciones” en jalón destacado del acceso a la madurez del pequeño protagonista.

Santos SANZ VILLANUEVA

20 febrero, 2008

PABLO GARCÍA BAENA EN EL MUSEO

PRESENTACIÓN DE PABLO GARCÍA BAENA EN EL CICLO “VOCES EN EL MUSEO”, MARTES 19 DE FEBRERO, 2008

A quienes acuden a esta cita en la que concurren la palabra “museo” y la presencia de Pablo García Baena, tal vez les haya venido a la memoria un breve poema del último libro del autor, Los campos Elíseos: el que se titula precisamente “Museo”, y que empieza:

Había un vaso con lilas
pintadas, goteantes
en aquel lienzo de la Frick Collection.

Un lector superficial, o apresurado, podría detenerse aquí y pensar: “otro poema sobre una visita a un museo, o las reflexiones de un hombre profesionalmente inclinado a lo bello ante un objeto de cultura”. Y, efectivamente, hay algo en la poesía y la prosa de Pablo García Baena, una cierta profusión, nunca gratuita, de palabras bellas por sí mismas y que, además, aluden a objetos bellos, que podría llevarnos a pensar que Pablo bien pudiera ser uno de esos poetas cuyo elemento natural es el museo; es decir, el lugar donde esos objetos bellos son preservados y guardados para que el turbión acelerado de la vida no los atropelle y destruya. Tal es la querencia declarada de muchos poetas, y cabría pensar de ellos que, al elegir ese universo temático, ellos también están mostrando un deseo más o menos explícito de acogerse a ese refugio al margen del tiempo; de optar a esa relativa eternidad bajo custodia de la que disfrutan ciertos objetos de arte.

Pero sigamos con el poema. Una vez nombrado el vaso con lilas, y ubicado en un conocido museo neoyorquino, el poeta cambia de tercio. Esas lilas, dice,

No eran las que compraba
mi madre, recién alba,
en el huerto de Cobos.

Es uno de esos contrastes a los que nos tiene acostumbrados la poesía de Pablo: del museo cosmopolita, con sus resonancias prestigiosas, a la humilde evocación de un huerto familiar. Y no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que la fuerza con que se presenta este nuevo dato da también idea de su importancia en el universo de este poeta: si cabe rastrear cierta ironía, incluso cierto retintín burlón, en la mención del museo neoyorquino, no hay más remedio que asentir a la gravedad y al cariñoso respeto con que el poeta menciona “el huerto de Cobos”.

Pero tampoco hay que pensar que estamos ante una nueva versión del viejo tema clásico del “menosprecio de corte y elogio de aldea”, transmutado aquí en desdén por el mundo de la cultura y loa del círculo familiar. Leamos unos versos más:

Mas olían

–esas lilas de museo, que son las que el poeta tiene ahora efectivamente delante–

a infancia y a pupitre,
abriendo alguna puerta
a ese país secreto, amargo y dulce.

Yo creo que ésta es la función más digna que podemos otorgar al arte –y por tanto, a los objetos “artísticos” contenidos en un museo–: la de ser una puerta al país secreto de la infancia, de la juventud, del amor; de esos territorios donde nos reconocemos y reencontramos. Hay poetas que se quedan con la función puramente ornamental de los objetos de arte, y que cuando los mencionan o utilizan como asunto de sus composiciones, no nos ofrecen más que una impresión de segunda mano, que lo más que puede causar en nosotros es el deseo de ver el objeto sin mediaciones, tal cual es, sin que nadie nos lo glose en palabras. A estos efectos, esos poemas cumplen el papel de una buena guía turística. No es el caso de los de Pablo García Baena: sus poemas son siempre puertas practicables, pasadizos transitables, y no meras descripciones de lo que podemos encontrar tras esas puertas o al final de esos pasadizos. Podemos transitar por ellos, acompañar al poeta en su redescubrimiento, reconocer que también nosotros hemos sentido a veces la emoción de reencontrar, en una imagen, ese olor a infancia y a pupitre, ese país secreto, amargo y dulce al que sólo podemos acceder cuando la belleza nos abre, como en un conocido cuento de H. G. Wells, una puerta en un muro; una puerta que nos ha salido al paso por casualidad, cuando no la esperábamos, y que quizá no volvamos a encontrar si nos empeñamos en ir en su búsqueda.

La vida y la obra de Pablo García Baena testimonian su entrega a esta búsqueda que tiene tanto de azarosa como de laboriosa y sistemática. A lo largo de su trayectoria ha conocido la exaltación juvenil, con su promesa de rendir al mundo con el talento propio, y la oscuridad resignada, seguida de la serena aceptación del reconocimiento debido. No es éste el momento de glosar una historia que es parte ya de la Historia, con mayúsculas, de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, y que contiene no pocas de las tesituras y paradojas que se dieron en ese intervalo particular de la vida y la cultura de nuestro país. Recordemos, de pasada, que, mientras en otras latitudes y bajo otros presupuestos estéticos, la poesía española de la inmediata posguerra marchaba por derroteros que parecían ignorar no sólo los esplendores de las generaciones inmediatamente precedentes (modernistas, “noventayochistas”, “novecentistas”, poetas del 27, etc.), sino los logros permanentes de la mejor poesía española de todos los tiempos, un grupo de poetas cordobeses, reunidos en torno a la revista Cántico, proclamaba desde su ciudad la devoción, no sólo por la palabra bella y sonora, como se ha dicho, sino por el valor de los mundos personales, sensoriales y sentimentales a ella asociados. Los poetas de Cántico no eran estetas aislados, que daban la espalda a las grandes cuestiones de su tiempo; sino, por el contrario, grandes creadores intuitivos que supieron no perder el rumbo en un tiempo confuso. Pablo García Baena, Ricardo Molina, Mario López, Juan Bernier, Julio Aumente no sólo supieron aplicar su oído a lo mejor de la Generación del 27, entonces oscurecida y dispersa, sino que extendieron el alcance de su búsqueda al Modernismo, a la prosa de Gabriel Miró, a la melancolía de Bécquer y Garcilaso o la ductilidad de Fray Luis de León.

Lee uno Rumor oculto, el primer libro de Pablo García Baena, publicado en 1946, y se asombra, no ya de encontrar estas influencias –lo asombroso era que las corrientes más visibles de la poesía española las hubiesen olvidado–, sino de verlas tan bien avenidas y asimiladas, tan serenamente asumidas por un poeta de provincias de poco más de veinte años.

Habría que decir algo sobre esa condición, la de “provinciano”. Incluso hoy día, en los tiempos de las telecomunicaciones y de Internet, cuando parece que uno está en contacto directo y permanente con el ancho mundo desde el rincón más recóndito, el alejamiento de los centros de influencia y poder literario hace que muchas voces notables sean postergadas o consideradas meros satélites del acontecer principal, que se concentra en Madrid y, mientras lo permita la triunfante ceguera regionalista, en Barcelona. En los años cuarenta, como es de imaginar, esta sensación de desconexión debía de ser más pronunciada. Pero también, por eso mismo, los convencidos y entusiastas eran capaces de desplegar una asombrosa capacidad de iniciativa, mantenida con una convicción y un entusiasmo que difícilmente encontraremos, hoy día, en muchos quejumbrosos pretendientes al reconocimiento capitalino. No sólo en Córdoba: en Cádiz, en Málaga, en otra cuidades aparecieron grupos de poetas que, precisamente por parecer algo anticuados o retraídos respecto a lo que entonces se hacía en Madrid, hoy se nos aparecen como adelantados. Pienso en la revista gaditana Platero, o en la malagueña Caracola… Y un poeta señero vinculado a la primera, nuestro recordado Fernando Quiñones, da cuenta, en un poema de sus Crónicas de mar y tierra, de 1968, de la fluida intercomunicación que existía entre estas tentativas aparentemente aisladas e inconexas:

en el verano de aquel mismo año
entre las tapias blanqueadas y los jardines de las bodegas
soplaba el Sur sus nocturnas trompas enervantes
con la brisa del mar cercano y los viñedos
sobre los hombros breves de Pablo García Baena
y la mirada maliciosa de Miguel
y estaba Juan
Valencia
Pepe Caballero
Rafaelito Bonald
Vicente
todos con la alegría
del magnífico vino de siempre y la visita
de los poetas cordobeses…

El resto es historia conocida. La de Pablo dice que, después de Rumor oculto, publicó con cierta continuidad otros cuatro libros: Mientras cantan los pájaros, Antiguo muchacho, Junio y Óleo, este último de 1958. Y que luego el cansancio, la decepción y el alejamiento de las sensibilidades literarias dominantes lo llevaron a un silencio casi total de veinte años, definitivamente roto por la publicación, en 1978, de Antes que el tiempo acabe, uno de los grandes libros inaugurales del periodo cultural que se iniciaba con la muerte del dictador en 1975. Este renacer vino precedido por la publicación, en 1976, del libro de Guillermo Carnero El grupo “Cántico” de Córdoba, un auténtico desmentido de quienes creen que la historia de la literatura es incapaz de enmendar errores y olvidos. Con este estudio-antología de Carnero, la poesía de Pablo y sus amigos quedaba definitivamente reconocida y servida a las nuevas generaciones, que la acogieron con un inusual respeto y simpatía. Siguieron otros dos libros de poemas de Pablo –Fieles guirnaldas fugitivas, de 1990, y el ya citado Los campos Elíseos, de 2006–, entre los que se insertan algunas compilaciones y algunos libros de prosa. A este género pertenece, precisamente, la última publicación de Pablo de la que tengo noticia: Selva varia, subtitulado Sobre poesía y poetas, de 2007.

Éste es el autor que hoy viene a departir sobre los Ángeles turiferarios de Zurbarán que acoge nuestro museo provincial. Creo que no me equivocaré si les anuncio ya que nuestro invitado hará de estos ángeles gaditanos, como de las lilas de la Frick Collection, otra puerta abierta a un mundo personal que, por suyo, es también nuestro, de todos los que tenemos la fortuna de leerlo y escucharlo.

Con ustedes, Pablo García Baena.

(Museo Provincial, Sala Zurbarán, Cádiz, 19 de febrero 2007)

24 noviembre, 2006

BAROJA

DESDE LA ÚLTIMA VUELTA DEL CAMINO III (MEMORIAS)

Pío Baroja. Tusquets Ediciones, Barcelona, 2006. 823 pp.


Hasta la recentísima publicación de los dos últimos tramos de las memorias de Baroja, el lector de éstas podía tener la impresión de que el caudal de la escritura barojiana circulaba ya con poca fuerza en las últimas entregas disponibles. Y que buena parte de éstas (Reportajes y Bagatelas de otoño) rozaba peligrosamente esa zona de nadería y lugar común a la que tan abocada parece la obra del escritor vasco cuando pierde su nervio característico. No es que no haya páginas estimables en estas dos entregas (que abren este tercer tomo de la edición que comentamos). Lo es, por ejemplo, el primer capítulo de Reportajes, titulado “Lo que desaparece en España”: una de esas incalificables misceláneas barojianas que mezclan la nostalgia, la memoria selectiva y ese curioso don de la gratuidad con el que el vasco sabe ganarse al lector cómplice. También hay algo de esto en las Bagatelas…: una conversación evocada en cuatro trazos, la coquetería disfrazada de protestas de insignificancia, vejez y pobreza, la reducción de toda una trayectoria intelectual a un puñado de anécdotas voluntariamente intrascendentes… Puro Baroja, sí, pero cansado ya de hacer girar el manubrio o “enjaretar” –magnífico verbo– materiales dispersos, en un intento un tanto mórbido de ponerlos a salvo del olvido.

Pero cuando Baroja asume el propósito de ordenar sus recuerdos de la Guerra Civil y su breve exilio, su escritura parece recobrar sentido y pertinencia. Esto es especialmente evidente en la entrega titulada La guerra civil en la frontera: una mezcla, no siempre bien avenida, de textos escritos al hilo de los acontecimientos y añadidos tardíos, pero referida a un mundo que Baroja siente como territorio literario propio, al que aplica la misma mirada distanciada que adoba muchas páginas de Memorias de un hombre de acción o La selva oscura. La guerra es vista como un espectáculo ajeno, bárbaro y cruel; ambos bandos comparten un mismo fondo de violencia sectaria; ambos suponen una amenaza, en fin, para quien, como Baroja, se define como individualista liberal y librepensador en sentido lato.
Evidentemente, el relato barojiano de los acontecimientos carece de rigor y, a veces, incluso de coherencia. Pero, paradójicamente, eso es lo que hace creíble su inmediatez. El hecho de que, a veces, no sepamos siquiera a ciencia cierta a qué bando se refiere supone una eficacísima manera de transmitir que, en el fondo, ambos le merecían idéntica opinión. No hace falta hilar muy fino, de todos modos, para comprobar que esa ecuanimidad en el rechazo es sólo aparente: la inquina barojiana contra el comunismo, y su rechazo de la democracia, sólo son equiparables a los reparos que le merecía una reacción extrema de signo clerical, como la que preconizaba el carlismo; pero el hecho mismo de que sus críticas al bando “nacional” se centren en esta facción, o que sólo genéricamente aluda de cuando en cuando a los “fascistas”, dándole a la palabra su valor de uso en el vocabulario político de anteguerra, indican que Baroja, con matices, podía acomodarse, como lo hizo, a la situación resultante de una victoria del bando nacional.
Naturalmente, esto no gusta a muchos, a quienes no bastan las protestas barojianas de independencia. Si a ello unimos la inevitable labor de pesquisa cuasi policial que, en ocasiones, supone la labor de historiadores y críticos, inevitablemente surge la cuestión de si los olvidos y omisiones de Baroja son interesados. Y quizá la respuesta esté en la siguiente tramo, el titulado Rojos y blancos: en él la guerra pasa a segundo plano, y vuelve a emerger el Baroja aparentemente arbitrario y displicente que, al reconsiderar su exilio parisino y su último viaje a Suiza, consigue “enjaretar” un cumplido y completísimo centón de sus opiniones y actitudes más características, presentadas de manera aparentemente desordenada y casual, aunque unidas por el milagro del tono, la dicción sostenida (pese al origen heteróclito de los materiales empleados) y la pertinencia.
No es de extrañar que a muchos, todavía hoy, irrite esta especie de reafirmación en medio del naufragio. Sin caer en la cuenta de que ese Baroja que considera “conservadores” a los de “tendencia federal”, por ejemplo, tiene aún mucho que decir sobre la realidad española, de entonces y de hoy.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA.
Publicado en El Cultural, jueves 23 de noviembre de 2006.

22 septiembre, 2006

LOS DIARIOS DE ZENOBIA

DIARIO 3. PUERTO RICO (1951-1956)

Zenobia Camprubí. Edición de Graciela Palau de Nemes. Alianza Literaria / La Editorial, Universidad de Puerto Rico, Madrid, 2006. 418 pp.

Con la publicación de este tercer tomo de los Diarios de Zenobia Camprubí (que coincide con la reedición de los dos ya publicados, respectivamente, en 1991 y 1995), no sólo se pone al alcance del lector la totalidad de este excepcional documento biográfico, sino que se le proporciona la piedra angular del conjunto y la parte del mismo que faltaba para poder hacernos una idea cabal de muchas cuestiones que quedaron planteadas con la aparición de las otras dos y que, quizá, no fueron del todo bien enfocadas por quienes entonces se hicieron eco de ellas. Seguramente es a esto a lo que se refiere Graciela Palau de Nemes, la responsable de esta edición, en la enigmática “advertencia” que formula al final de su nota introductoria: “Habrá lectores que se valdrán del contenido de este triste Diario para desmerecer a Z. y al poeta, como ya lo han hecho con los anteriores”. Prevención excesiva, quizá, que delata, como mínimo, una cierta incapacidad para admitir que la vida y obra de Juan Ramón Jiménez son ya parte de un legado literario que lectores y críticos abordan hoy con un distanciamiento que, a veces, sí, puede redundar en una cierta impropiedad de tono, pero que también hace posible la frescura de una mirada desprejuiciada.

Aunque posiblemente sí tenga razón la editora de estos diarios al pensar que los juicios que suscitaron las entregas anteriores fueron un tanto precipitados. En efecto, hubo quien aprovechó la imagen que Zenobia daba de sí misma (con los pies en la tierra, atenta siempre a los asuntos prácticos y, en ocasiones, impaciente o displicente con las rarezas de Juan Ramón, agravadas por la creciente neurastenia de éste), para achacarle, muy injustamente, una cierta incomprensión de la valía de su marido y la importancia de su obra. Hubo también, cómo no, quien utilizó los escasos datos íntimos que proporcionaban estos Diarios (por lo demás, bastante discretos) para poner en solfa la propia imagen de Juan Ramón como poeta cuasi-místico, entregado a la pura idealidad inefable de la creación.

Unos y otros erraron. Aquella Zenobia todavía joven que, durante los años de estancia en Cuba (1937-1939) frecuentaba los ten cents (tiendas equivalentes a nuestros “todo a cien”) de La Habana, o aquella otra que, ya en los Estados Unidos, se entregó a la docencia universitaria como un medio de equilibrar la precaria economía de la pareja y garantizar al marido un milieu en el que su valía fuera reconocida y estimada, nunca dejó de ser una mujer que, como afirmará más tarde, necesitaba “escapar un poco a la depresión de J. R. para sostener mi propio ánimo en un punto en que sirva para levantarlo a él”. En ese aspecto, su sentido práctico, su feminidad e incluso su aparente ligereza en ocasiones no son, en modo alguno, impulsos centrípetos que la alejen del poeta ensimismado, sino el necesario complemento al carácter y circunstancias de éste, y un modo de impedir que éstos la asfixiaran y, con ello, terminaran privando al poeta de su mejor ventana al mundo y más devoto valedor. Lee uno esas páginas de los diarios I y II con la sensación de quien ve moverse, en un mundo ya convertido, para nosotros, en decorado de película (la Cuba y la América de la inmediata anteguerra, la guerra y la primera posguerra, con su creciente reafirmación conservadora, su incipiente consumismo, sus modales periclitados), a dos personajes a la vez cercanos y desconocidos, al espíritu de uno de los cuales debemos una inigualable obra poética que inútilmente intentaremos esclarecer a través de la mera indagación en los detalles de su vida.

Pero el conjunto, ya digo, cobra sentido en este último tomo de los Diarios de Zenobia, que abarca lo escrito en Puerto Rico hasta su muerte, a la que siguió la del propio Juan Ramón año y medio después. Es éste el tramo más continuado de estos Diarios, en el que su autora refleja, con un laconismo a veces estremecedor, la intensa rutina de dos personas enfermas (ella, de cáncer; Juan Ramón, de su ya larga y agravada depresión psicótica) que, sin embargo, se muestran insólitamente activas y eficientes en el desempeño de las muchas obligaciones aparejadas a la fama del poeta, el mantenimiento de su legado, las sucesivas publicaciones en marcha o en proyecto, etc. En el caso de Juan Ramón, sospechamos, el notable rendimiento intelectual que estas páginas constatan parece fruto, más bien, de la habilidad de su compañera para sacar el mayor partido posible de sus momentos lúcidos, que anota minuciosamente (“durante una hora ha sido él, sin sombra de intromisiones morbosas”); en el de ella, su frenética actividad como secretaria del poeta, organizadora de su legado y editora de las últimas publicaciones proyectadas o comprometidas por aquél, así como su curiosidad inagotable y su interés por los viajes, libros recientes, estrenos cinematográficos y teatrales, etc., nos revelan el apego a la vida y el sentido de la responsabilidad de una mujer que se ha hecho tempranamente esta terrible constatación: “Eso de bueno tiene el cáncer, que da algún tiempo”.

Claro que no éste el único destello acerado que encontramos en estos Diarios, escritos, por lo demás, sin pretensiones literarias (y en español en su mayor parte, a diferencia de los otros tramos, en los que se alternan español e inglés). A la agudeza de Zenobia debemos también algunos juicios tajantes sobre personas, como los referidos a los modales poco pulidos de Ricardo Gullón (“¡Estos españoles, qué mal educados son!”), a ciertas “damas cívicas” de Puerto Rico, que le parecen “espantosamente cursis”, al desaliño de su marido (“está hecho un Walt Whitman con creces”), al estilo de Ortega “cuando quería hacerse el hombre de mundo que no era”, a la antipatía que le merece Victoria Kent (“me pareció tan cerrada y estúpida como cuando estorbaba, a cada paso, las juntas del Lyceum”), o a la impresión que le causa Julián Marías (“horriblemente feo, pero buena persona”). También denotan cierta alegría de escribir las descripciones paisajísticas, casi siempre correspondientes a momentos de descanso y soledad contemplativa, o el buen pulso con el que desarrolla alguna que otra anécdota. Aunque a todo ello se sobrepone “la monotonía del dolor” –verdadero leit-motiv de este tomo– y el sentimiento de urgencia con que esta mujer, seguramente poco dada a las lamentaciones, anota los últimos e intensos días de su vida.

Nadie gana esa carrera. Tras la muerte de Zenobia, la incapacidad de decidir de Juan Ramón y ciertas reservas por parte de su entorno universitario puertorriqueño impidieron que cuajara uno de los últimos proyectos de ésta: llevarlo a España. Es la coda –escuetamente narrada y documentada por Graciela Palau de Nemes– a la vida de esta mujer avanzada, inteligente y activa que empleó todas sus fuerzas en hacer posible la entrega de su marido a una labor que ella sabía excepcional. Sobran los juicios de valor o la utilización caprichosa de los datos que proporcionan estos Diarios. Queda por dilucidar, en fin, la pertinencia, la razón de ser de éstos. Seguramente fueron parte de esa batalla que todos creemos tener ganada hasta que se impone la inevitable derrota.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado ayer en El Cultural

29 agosto, 2006

CELA

CELA, EL HOMBRE QUE QUISO GANAR

Ian Gibson. Aguilar, Madrid, 2003. 381 pp.

Supone uno que a Cela algún día se le leerá o se le dejará de leer por razones estrictamente literarias. Mientras tanto, seguirán proliferando declaraciones, polémicas y libros que incidirán en tal o cual faceta pintoresca del personaje, pero que poco ayudarán a la causa general de la literatura, tan desasistida en este país. Molesta que estas polémicas ofrezcan elementos de burla y escarnio a quienes rara vez leen un libro. En ocasiones, sin embargo, sí merece la pena ahondar en el entorno de determinadas personalidades de nuestra vida literaria, sobre todo por la luz que esto pueda aportar al conocimiento de las condiciones que rigen la literatura como negocio y campo de enfrentamiento político y social.
El libro de Ian Gibson que hoy nos ocupa participa de estas dos facetas: ofrece unos pocos ejemplos de excelente sociología literaria (las crónicas –así quiero llamarlas, por su tono eminentemente periodístico- sobre la muerte del escritor gallego o sobre las reacciones que siguieron a su obtención del premio Nobel) y algunos capítulos que no podemos dejar de leer como simples aportaciones de segunda o tercera mano a polémicas ya periclitadas, como las muchas suscitadas por la peculiar facundia del biografiado. Este contenido heteróclito viene precedido por lo que nos parece una ajustada evaluación de la obra celiana, en la que el autor de este libro no deja de reconocer unas cuantas aportaciones valiosas a la literatura del siglo veinte. Salvando esos logros, a los que dedica aplicadas recensiones de cierto sabor escolar, el resto del libro consiste, en su mayor parte, en una rebusca continua en las declaraciones y actitudes del escritor gallego, sin perdonar ocasión de añadir alguna apostilla crítica por parte del biógrafo.
Así, a Cela se le reprocha, entre cargos de mayor fundamento, otros como no saber inglés, no declarar sus creencias religiosas (lo que se considera –pág. 83- una grave “deslealtad” hacia el lector) o padecer un “enorme, tenaz egoísmo” (pág. 94). Uno no acaba de ver qué pueden tener que ver estas imputaciones con cualquier intento serio de arrojar luz sobre el personaje y su entorno.
El libro se cierra con una cumplida exposición de la polémica suscitada por la denuncia de plagio que recayó sobre La cruz de San Andrés, novela con la que Cela ganó el Planeta en 1994. El asunto se prestaba a permitir una oportuna reflexión sobre las interioridades de la industria editorial española, pero de nuevo el autor prefiere enumerar y apostillar antes que ahondar en las desazonantes conclusiones que, de todos modos, extrae el lector. Y es que, pese a sus defectos, éste es un libro que da mucho que pensar. Y que incluso invita a leer otros libros. Que ya es algo.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural, 5 de junio de 2003.

11 mayo, 2006

LA INDUSTRIA DEL LIBRO

LA INDUSTRIA DEL LIBRO. PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA EDICIÓN


Jason Epstein. Anagrama. Colección “Argumentos”. Barcelona, 2002. 200 pp.


En épocas de cambio rápido, es más fácil creer en los aspectos destructivos de la naturaleza humana –entre ellos, su presunta capacidad de arrumbar rápidamente lo bueno a favor de lo menos bueno- que en los constructivos. Algo de esto hay en el presente pesimismo con el que algunos agoreros hablan del futuro del libro. No es el caso de Jason Epstein, como demuestra el ensayo que nos ocupa. Sus cincuenta años de brillante actividad editorial –que incluyen logros tan sólidos como Anchor Books, revolucionaria colección de libros de calidad en rústica, o la revista The New York Review of Books, o su monumental Biblioteca de América (Library of America)- le proporcionan datos y argumentos para dictaminar con lucidez sobre el sentido de los cambios habidos en la industria editorial y prever lo que se avecina. Y sus conclusiones son tan sorprendentes como esperanzadoras.

Analiza Epstein el proceso que ha llevado, en los últimos años, a la concentración editorial, por una parte, y a la desaparición de las librerías tradicionales a favor de las cadenas y las secciones de libros de los grandes almacenes. Y concluye que ese proceso es insostenible, que la naturaleza de la mercancía está reñida con la necesidad de beneficios rápidos y enormes inversiones que plantea la industria editorial en su actual estadio; y que la solución, de la mano de Internet y otras innovaciones tecnológicas auxiliares –libro digital, máquinas para imprimir libros descargados directamente de fondos digitalizados, etc-, conllevará la desaparición de buena parte de los intermediarios actuales entre autor y lector y la reducción de la tarea del editor a unas pocas pero imprescindibles labores cruciales. Augura Epstein que esta simplificación implicará una vuelta a la empresa pequeña y a la edición artesanal; y que, por lo mismo, el lector buscará en la librería aquello que no encuentra en Internet: ambiente grato y atención personalizada. Pues, como este modélico editor afirma en algún pasaje de su obra, “las librerías son componentes esenciales de la naturaleza humana”.

Comparte uno de buena gana el optimismo humanista de Epstein, más convincente aún por venir adobado de perspectiva histórica y de un puñado de jugosas anécdotas en las que comparecen escritores como Nabokov, Auden o el gran crítico Edmund Wilson. Son éstas, en fin, las causantes de que este ejercicio de voluntarioso optimismo deje en el lector, al cabo, un melancólico regusto a elegía por un mundo desaparecido.

José Manuel Benítez Ariza

Publicado en El Cultural, 5 de septiembre 2002