27 marzo, 2014

DESCUBRIMIENTOS Y CELEBRACIONES

Cerrar los ojos para verte.
Rodrigo Olay.
Consejería de Cultura y Turismo y
Editorial Universos. Oviedo, 2011.

La víspera (2012-2013). 15 poemas.
Oviedo, Autoedición, 2013.*


Encontrar a un poeta joven que maneje con soltura los rudimentos de la poesía es complicado. Toparse con uno que los controle como un maestro es un milagro. Cerrar los ojos para verte se escribe cuando su autor ronda los 20 años y se nos presenta como un abanico de posibilidades o nutrida antología de formas y maneras estróficas, a modo de presentación de credenciales en la alta corte de la poesía por parte de un aspirante desconocido con una asombrosa potencialidad.

Lleva su tiempo y requiere mucha paciencia conocer y dominar los rudimentos de un oficio; decía Pla que "llegar a dominar un instrumento o una herramienta es cosa de larga paciencia"; los rudimentos de la poesía son largos, como el arte ("Ars longa, vita brevis") y lento su aprendizaje, pero este joven poeta parece haber llegado con ellos puestos, sin necesidad de pasar por el noviciado de ejercicios escolares y balbuceos de principiante.

El lector va de descubrimiento en descubrimiento, sin dar crédito a su asombro. Nada más abrir el libro, el "Prólogo" no puede ser más sorprendente: firmado como G. de B. (Gonzalo de Berceo) y usando la cuaderna vía (o tetrástofo monorrimo) nos presenta su "libriello" que tras probar suerte en diversos premios consiguió el "Asturias Joven" en 2010. El ejercicio, pese a su arriesgada gimnasia arcaizante, no deja de ser un original y desconcertante juego para un lector poco acostumbrado a  tales alardes.

"Huellas en la arena", el poema que abre la primera parte, "El abismo en el espejo", es una magnífica indagación en torno al enigma de la pérdida de la niñez. El soneto "Constantes vitales", aparte del guiño machadiano del primer verso, resulta un original recorrido por la vida del hombre desde su infancia hasta la vejez, iniciando cada estrofa curiosamente con los sustantivos "infancia", "adolescencia", "madurez" y "senectud". "Autorretrato", con su intrincado y rico juego pronominal; es un curioso juego literario para desentrañar el laberinto de la soledad, que nos recuerda a Blas de Otero. Quevedo es quien suena en "Historia Antigua", un bello soneto que borda los balbuceos del amor y los juegos sexuales primeros. Vagos recuerdos de Manuel Machado destila el imparable  "Existe una razón para volver", y no tan vagos de Miguel d´Ors, a quien imita en esa nota a pie de verso desarrollada a pie de página en eruditos endecasílabos. Este viaje de fin de curso a París, además de ser una lúcida reflexión sobre la nostalgia, se convierte en puro recreo para los sentidos.

"Canzoniere", la segunda parte, es la más extensa y la más intensa. Se divide a su vez en otras tres; "Cerrar los ojos para verte" que da título al libro, "En jardines heridos" y "Cántico". Es tan variada en registros esta sección y tan poderosa que parece un río desbordado que no cesa. Continúa aquí el juego o diálogo con la tradición, que se traduce no solo en un inmenso amor a la literatura, sino también en un minucioso conocimiento de su historia. Los alejandrinos asonantados de "Venecia" y "Estambul" nos traen a la memoria los inicios mejores de Gimferrer y Carnero. En cuanto a sonetos, el muestrario es casi infinito: "El duelo" es un artefacto manierista con claros ecos quevedescos; "La metamorfosis" es un vertiginoso ejercicio de sucesivos planos temporales en endecasílabos blancos; "La noche de los fuegos" es un soneto de hipérbatos encadenados (inicia todos sus versos con la conjunción "y"); "Por la secreta escala" resulta un jubiloso poema erótico con sabor a residencia de becarios; y "Un dorado temblor" es un magnífico poema amoroso con acentuado encabalgamiento. Abundan los cantares juanramonianos, las soleares garcialorqueñas, hay unas cuartetas "con Pedro Salinas, contra Santa Teresa", décimas, canciones machadianas y, también, la filigrana del acróstico en "Dedicatoria", dirigida a la misma persona a quien dedicará dos años más tarde su plaquette "La víspera". Encontramos también buenas muestras del poema de largo aliento, así "Canción de aniversario", que es una inacabable canción de amor en la más pura estela de  L.Gª Montero; "Los hijos del invierno", con nota al pie en heptasílabos y endecasílabos, canta el dolor de la pérdida y la nostalgia de la intensidad de los días limpios, con vagos recuerdos de Blas de Otero; "La verdad en el arte es la belleza", que cierra esta sección, es un bellísimo poema erótico concebido como una sostenida e intensa súplica para que el milagro del amor y su belleza nunca termine y se convierta en costumbre.

Encontramos en "La patria oscura" (recordado título de un precioso libro de Juan Manuel Bonet), última sección del libro, asombrosos descubrimientos, homenajes a tradiciones y poetas queridos, lúcidos ejercicios todos ellos en torno a la muerte y sus alrededores. Sigue abundando el soneto (4) en todas sus variantes; hay un homenaje a Machado en "Estos días azules y este sol de la infancia". "L´amour de loin" es un portentoso juego de espejos tan delicado y frágil que al leerlo teme uno romperlo: Borges es el espejo donde se mira. "El manco", por otra parte, es un poema-sorpresa con un misterioso último verso para los no iniciados: hasta ese momento el lector poco avisado creería que se está hablando de Cervantes, pero de quien se habla es de Luke Skywalker, el protagonista de la saga Star Wars. Olay cervantiniza la historia mediante fragmentos biográficos de Cervantes que vienen a ser rasgos comunes entre ambos personajes.

Breves y lapidarios poemas se agrupan en la pequeña sección titulada, a lo Panero, "Según sentencia del tiempo", toda ella un memento de la muerte que ha de llegarnos a todos. La antología palatina suena al fondo y los homenajes son tantos que el poeta se dedica uno a sí mismo en "A un poeta menor de 1989". "Rima" pretende ser una lápida de Gustavo Adolfo Bécquer. Estremece y emociona "Soldado cobarde". Sentenciosos y escalofriantes versos solitarios sobre el frío mármol como los de "El suicida" o "Inscripción funeraria de C. Pontuleno...": hermosos  trípticos y haikus y también habilidosos juegos de palabras que se quedan en eso o casi. Tras la irreverente parodia de "Operación triunfo" se encuentre sin duda García Martín, especialista en este tipo de poemas. Hay dos espléndidos ejercicios al "botesco modo" (por Víctor Botas) que al autor de Historia Antigua le hubiera encantado leer: "La paz definitiva" y el magnífico "Fatum".

Este poema podría haber cerrado el libro de una manera redonda, pero el autor ha querido completarlo con un juego erdudito cuya introducción, notas y bibliografía consigue ser una desternillante crítica a tanta sesuda y marmórea erudición académica, "Appendix probi: el mapa del tesoro" es su título. Detrás de esta chanza se encuentran Borges y Botas y algunas parodias muy del estilo de la tertulia Óliver, que harán pasar un buen rato al lector. Las notas y la bibliografía final se aconsejan para días pesados y espesos.

La víspera es una plaquette de 15 poemas que el autor publica en 2013. Se trata de un adelanto a modo de pequeño embrión de un libro que la editorial sevillana La Isla de Siltolá sacará próximamente. El poeta no defrauda y la poética a la que se acoge en el poema primero no puede entrañar mayor dificultad: "Un poema es poema / si luego puede serle recitado / sin ser inoportuno / a quien se está muriendo.// Si tus palabras pueden ser las últimas". La magia y el milagro de la poesía se suceden incesantes en estos nuevos poemas que dan paso a un poeta verdadero.

JOSÉ LUNA BORGE
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

* Post scriptum

Precisamos que los 15 poemas que integran La víspera no fueron publicados como plaquette, no tiene ISBN, ni se puede hablar de autoedición como se apunta en la reseña. Se trata de un documento de Word, sin más, impreso en casa del autor y enviado a un puñado de amigos que  insistentemente preguntaba en qué andaba metido en ese momento. Pedimos disculpas por el descuido. (N. del A.)

14 marzo, 2014

LECTURAS DE CINE (2): PARA AYUDAR A LA MEMORIA

DICCIONARIO DE PELÍCULAS DEL CINE NORTEAMERICANO. ANTOLOGÍA CRÍTICA

VV.AA. Coordinado y dirigido por Eduardo Rodríguez y Juan Tejero. 
T & B Editores, Madrid, 2002.

En contra de lo que se cree, la función de una crítica no es tanto llevar a las salas a quienes aún no han visto una película, como hacer reflexionar sobre la misma a quienes ya han pasado por taquilla. Y hay a quien le gusta releerlas porque esas palabras más o menos pertinentes sobre lo ya visto terminan por convertirse, con el tiempo, en un eficacísimo aliado de la memoria. De ahí que parezca buena idea reunir en un solo tomo, ordenadas por orden alfabético, una buena cantidad de críticas de películas relevantes, en este caso americanas. La selección, con el lógico predominio de clásicos indiscutibles, determina que la mayoría de las críticas aquí reunidas sean favorables, cuando no entusiastas. Menos unánime resultan las maneras que los distintos críticos tienen de abordar las películas. Algunos, los mejores, no emplean más que la sensibilidad y el sentido común que parecen consustanciales al buen articulista; otros necesitan parapetarse tras un socorrido arsenal de referencias históricas, lingüísticas, literarias, semióticas, etc., que de nada sirven si no conducen al resbaladizo terreno del pronunciamiento personal, que es donde el crítico se la juega. 

Por supuesto, en los cuarenta años de práctica crítica que abarca este diccionario, muchos han sido los estilos y procedimientos que han caducado. La mera pedantería, incluso (la de quien emplea la mitad del espacio del que dispone para citar a Coleridge, pongo por caso), envejece con más rapidez que cualquier método. Y, sí, hay mucha metodología caduca y algo de pedantería envejecida en esta entrañable colección de recortes; aunque lo verdaderamente curioso es que, a pesar de eso, la mayor parte de las apreciaciones contenidas en este libro siguen siendo relevantes, tal vez por haber sido dictadas por un sincero entusiasmo emanado directamente del primer enfrentamiento del crítico con cada película en cuestión.

Por lo dicho, un libro así forzosamente ha de ser heterogéneo y contradictorio: una misma película –el Drácula de Coppola, por ejemplo- puede recibir una crítica entusiasta en su artículo correspondiente y ser denostada en otros. El lector ha de entender, no obstante, que cada crítica establece un marco propio de referencias, y que lo que parece bueno a un crítico entregado a su película puede no serlo tanto a quien la juzga en un contexto más amplio.

Sí desazona, en cambio, que clásicos como Marty, Río Rojo o Marnie la ladrona merezcan apenas una breve gacetilla, mientras que películas “menores” o simplemente recientes reciben un tratamiento mucho más generoso. Discrepancias de espacio, en fin, que delatan más bien determinadas lagunas de nuestra crítica cinematográfica y la escasa atención que merecen en la prensa, en general, las reposiciones de los clásicos o las programaciones de las filmotecas.

Salvando este defecto, el libro deparará al lector cinéfilo incluso la pequeña satisfacción de sorprender a otro cinéfilo incurriendo en un desliz o en una exageración. Así, el protagonista de Malcolm X no “peregrina” a Egipto, sino a La Meca. Robert Zemeckis tiene bien poco de genio, por mucho que insista el crítico de ABC. Y La soga no es, ni mucho menos, un “Hitchcock menor”, como afirma, después de haber esperado más de treinta años para verla estrenada en España, un displicente (y llorado) José Luis Guarner.

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LA IMPRENTA DINÁMICA. LITERATURA ESPAÑOLA 
EN EL CINE ESPAÑOL 

Carlos F. Heredero (coordinador). 
Cuadernos de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, 
Madrid, 2002. 

Es éste uno de esos pocos libros que admite, a la vez, la consulta en busca del dato riguroso y el simple hojeo distraído, destinado a gratificar la memoria o a satisfacer la mera curiosidad. En él podemos encontrar comentarios que avalen alguna devoción particular (este lector los ha encontrado sobre películas tan estimadas por él como Fanny Pelopaja, de Vicente Aranda, Vida perra, de Javier Aguirre, o Mi calle, de Edgar Neville) y pistas para guiar la curiosidad del lector cinéfilo hacia presuntas joyas por descubrir.

La cantera de la que se nutren los trabajos aquí recopilados es bien amplia: nada menos que toda la producción cinematográfica española basada en textos literarios; incluyendo en éstos, además de los géneros canónicos, otros que también se han revelado capaces de proporcionar ideas y argumentos al cine en según qué épocas: la zarzuela, que inspira a los cineastas españoles desde los tiempos del cine mudo hasta la década de los cincuenta, o el cómic, que ha empezado a mostrarse especialmente influyente en las últimas décadas. Sin olvidar las revisiones, no todo los frecuentes que cabría esperar, de nuestros clásicos de los siglos de oro o de los autores más importantes de las dos grandes generaciones de narradores españoles: la del realismo decimonónico y la del 98.

Suscita el libro, entre otras cuestiones de interés, la de la dependencia del cine español de decisiones políticas tan coyunturales como interesadas. Sucedió con el llamado Nuevo Cine Español de los años sesenta, pilotado por el entonces Director General de Cinematografía, José Mª García Escudero, que suscitó una modesta pero interesantísima apertura de nuestro cine a asuntos que hasta entonces se habían considerado incómodos de tratar, y que cuenta en su haber con películas como la excelente La tía Tula, de Miguel Picazo; o la ola de adaptaciones que propició, en los ochenta, el llamado “decreto Miró”, cuyo saldo, a la luz de estas páginas, parece bastante pobre desde el punto de vista artístico y, en los contenidos, mediatizado por un inane oficialismo “progresista” que hoy se nos antoja más bien reaccionario, por acrítico y autocomplaciente. La reacción no pudo ser otra que la práctica desaparición de las adaptaciones literarias de nuestro cine en los últimos años. Lo que, teniendo en cuenta que no pueden darse por agotadas, ni mucho menos, las posibilidades de diálogo e intercambio entre cine y literatura (de eso se ocupan los últimos capítulos de este muy recomendable libro), parece, de nuevo, una postura artificiosamente coyuntural. Aunque quizá la mejor conclusión que podemos extraer de esta lectura es que, más allá de coyunturas y  planteamientos más o menos improductivos, el cine español ha sido capaz de producir un buen número de películas interesantes. Muchas de ellas, de la mano de nuestra literatura. Y es bueno disponer de un manual como éste, que nos permita identificarlas.

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DRAMATURGOS EN EL CINE ESPAÑOL (1939-1975)

Juan Antonio Ríos Carratalá. 
Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2003. 


El lógico punto de encuentro entre los dramaturgos y el cine, afirma este libro, no puede ser otro que el guión. Y el guión ha resultado ser, precisamente, el aspecto más descuidado (salvo dignas excepciones) de la producción cinematográfica española. De ahí que la relación entre los dramaturgos españoles y el cine haya sido más bien decepcionante para ambas partes: el cine apenas logró enriquecerse por las aportaciones de unos creadores que, en su ámbito natural, sí eran capaces de urdir piezas eficaces y del agrado del público; y los dramaturgos, en general, adoptaron respecto al cine una actitud de cínico desapego. Leemos este libro, pues, con cierta sensación de melancolía: la que produce la constatación de tanto talento desaprovechado. Ni siquiera los integrantes de “la otra Generación del 27” (Mihura, Tono, Jardiel, López Rubio, Neville), coetáneos del cine y parte activa en la crucial transición del mudo al sonoro, que los llevó a Hollywood y a Joinville a trabajar en las versiones españolas de las películas que producían los grandes estudios, lograron encontrar en el cine español un sitio acorde con sus logros y capacidades.

Hubo, eso sí, meritorias excepciones, joyas que la curiosidad y el rigor de Ríos Carratalá rescata del marasmo de producciones mediocres del periodo estudiado. Y, junto a una larga nómina de decepciones y fracasos, hay también unos pocos ejemplos de trayectorias modestamente fructíferas, como la del prolífico artesano Jaime de Armiñán, que contrastan con otras directamente abocadas a enriquecer la vertiente más pintoresca y anecdótica de la historia de la literatura española: es el caso de la de Santiago Moncada, eventual colaborador del sin par Jesús Franco, o de la del proteico Noel Clarasó... Completan el libro un buen número de datos curiosos: que Antonio Gala escribió los guiones de un par de películas de Raphael, o que el filme español más visto es No desearás al vecino del quinto. Ejemplos, por otra parte, perfectamente acordes con las conclusiones a las que apunta este interesantísimo estudio.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA.
Reseñas publicadas en El Cultural 

07 marzo, 2014

LECTURAS DE CINE (1): PARA PENSAR EL CINE

CÓMO PENSAR EL CINE

Suzanne Liandrat.Guigues y Jean-Louis Leutrat. 
Madrid: Cátedra, 2003.

En algún lugar de este libro se constata que, a diferencia de lo que ocurre con la pintura, la literatura o la música, cualquiera se atreve a hablar de cine. Aparentemente, todo el mundo sabe qué es el cine, cuáles son sus mecanismos, qué hitos destacan en su breve historia. Sin embargo, basta abordar con un poco de rigor los tópicos más comunes entre profanos y entendidos para llegar a la desoladora conclusión de que, en realidad, sobre el cine no sabemos casi nada, y lo poco que damos por seguro es altamente dudoso y está sujeto a constante revisión. 

Para empezar, los pocos pensadores que se han ocupado del cine no acaban de ponerse de acuerdo sobre su naturaleza. Para unos, el cine es escritura: lo que el espectador percibe es una mera sucesión de signos gráficos. Para otros, en cambio, lo percibido no es tanto una serie de imágenes como el “discurso” que estas imágenes suscitan en la mente del espectador. Para estos últimos, nunca ha existido un cine verdaderamente “mudo”, como para otros nunca ha existido un cine privado de colores: el blanco y negro tenía sus propios mecanismos para evocar la idea del color. Tampoco existe una historia del cine propiamente dicha, sino una sucesión de muertes (normalmente aparejadas a innovaciones técnicas que trastornaban gravemente los modos de trabajo existentes) y renacimientos en los que se trataba de recuperar alguna de las esencias presuntamente perdidas. Hay incluso quien considera que el cine propiamente dicho ha cubierto ya su ciclo vital, y que, como la ópera, no le queda más que sobrevivir en reposiciones más o menos ritualizadas. Igualmente problemática es la suerte que han de correr ciertos tipos humanos relacionados con el cine, tales como el “cinéfilo” o el crítico. Al primero se le reconoce el mérito de haber aportado, en un momento dado, la pasión necesaria para que el cine alcanzara el reconocimiento que merecía. Al segundo se le achaca su parte de culpa en el afianzamiento y difusión de muchos de los tópicos que nos ocultan la verdad problemática y escurridiza del llamado (cosa también sujeta a discusión) “séptimo arte”...

De estas y otras cuestiones igualmente paradójicas se ocupa este libro hecho de muchas preguntas y de muchos esbozos de respuestas, algunas  a cargo de filósofos como Gilles Deleuze o críticos de cine de la talla de André Bazin o Serge Daney. Al lector (a este lector, al menos) le queda la impresión de que, si alguna vez se ha atrevido a pontificar sobre cine, aunque sea entre amigos, no ha hecho sino cometer una grave imprudencia. Y no estaría mal que muchos pretendidos expertos se dieran por advertidos.

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ESPECTRA
Descenso a las criptas de la literatura y el cine. 

Pilar Pedraza, 
Valdemar, Madrid, 2004. 

Todo hombre, dice Pilar Pedraza, lleva dentro el fantasma de una mujer. De una mujer muerta, lógicamente, víctima de la inevitable ley biológica que nos fuerza a desprendernos del cuerpo materno para alcanzar la plena individualidad. La imaginación humana, como demuestra la historia de nuestra cultura, ha tenido ciertas dificultades para asignar a este cadáver simbólico el lugar que le corresponde. Resucita en el objeto erótico, o queda sublimado en la creación artística. Cuando no, cuando la transferencia es anómala o incompleta, dice la autora, pasa a integrar un extraño y estrafalario grupo de figuras femeninas que se sitúan a medio camino entre la vida y la muerte, y sugieren la inquietante posibilidad de que los límites entre una y otra son permeables. En esa frontera habitan las vampiras, lamias, empusas, révenantes –“las que regresan”– , resucitadas, zombis y demás encarnaciones de la Muerta que se resiste a descansar en su tumba.

La mitología, la literatura, la pintura y el cine abundan en esta clase de figuras, en las que la imaginación de los creadores –hombres, en su mayoría– ha proyectado curiosas fantasías de miedo, remordimiento, repulsión y deseo. Más allá de estos ambiguos sentimientos, que corresponden a una especie de subconsciente colectivo nada inocente (y que la autora de este libro desenmascara con notables desparpajo y humor), estas mismas creaciones han deparado un buen número de imágenes y páginas plenas de poesía y belleza. De las muertas que pueblan los relatos de Poe, a las singulares figuras femeninas fronterizas entre la vida y la muerte que aparecen en determinadas obras de Stevenson, Mary Shelley, Sheridan Le Fanu o Hoffman, o las que protagonizan ciertas películas de Dreyer (Vampyr), Buñuel (Abismos de pasión) o Hitchcock (Rebecca, Psicosis, Vértigo), todas estas inquietantes reencarnaciones de lo femenino parecen interrogarnos sobre el papel que les hemos asignado en nuestras fantasías, en las que también ejercen su insidioso dominio los condicionantes sociales.

Al contrario que la autora, no estoy muy seguro de que las últimas aportaciones al género (sobre todo, las cinematográficas) hayan conseguido verdaderamente invertir los tópicos. Y tampoco creo que superen en valor estético a las añejas creaciones en las que éstos encontraron su forma canónica. En esto, el feminismo de la autora deja traslucir alguna que otra vez cierto injustificado voluntarismo. Con todo, su libro es un estimulante “descenso a las criptas de la literatura y el cine”, que sin duda incitará a más de uno a visitar por sus cuenta las obras por las que transcurre. Y a considerarlas con distanciamiento y humor. Que no es poco.

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PEPLUM. EL MUNDO ANTIGUO EN EL CINE

Jon Solomon. 
Alianza Editorial. Madrid, 2002.

Éste es un libro escrito con una efectiva mezcla de conocimiento y entusiasmo, y es por ello por lo que logra convencer hasta a los menos partidarios del cine “antiguo” (entiéndase, el de ambientación bíblica, grecorromana o similar) de que el género resulta poco menos que insoslayable, por pertenecer a él un buen puñado de obras maestras del séptimo arte.

Jon Solomon aborda éstas grandes obras, y otras que podríamos considerar “menores” (e incluso algunas que podrían tildarse abiertamente de deleznables), con competencia y sensibilidad, sabe sacar a relucir su erudición clásica y artística sin abrumar al lector, y es capaz de juzgar las películas con criterio de certero catador de cine, sin dejar que algún detalle más o menos ajeno a las fuentes clásicas le estropee el disfrute de un buen espectáculo cinematográfico. Aún así, logra convencernos de que tras las mejores películas de género “antiguo” suele haber un trabajo riguroso de documentación; de que éstas, con más frecuencia de lo que sospechamos, beben directamente de la tradición clásica o de sus interpretaciones posteriores (la pintura renacentista y barroca, por ejemplo); y de que un cierto conocimiento de estas fuentes por parte de los espectadores no puede sino redundar en un mayor disfrute de las películas.

Se trata, pues, del enfoque de un humanista que sabe reconocer lo que de humanistas tienen hombres como Griffith, Mankiewicz, Pastrone o Pasolini, y que es capaz de emparentar la fantasía desbocada de Apolonio de Rodas, el autor de Las Argonaúticas, con la del reputado mago de los efectos especiales Ray Harryhausen. A ambos reconoce Solomon la misma libertad para recrear los datos recibidos de la tradición. Con lo que, sin abrumarnos, Solomon está apuntando a una idea que aún a estas alturas a algunos les cuesta aceptar: que el cine es el penúltimo capítulo de una cultura artística milenaria, y que, más que malbaratarla, como creen muchos, ha sido capaz de ponerla competentemente al día y devolverla a un público mayoritario.

Nada que oponer, claro. Salvo, quizá, nuestra sospecha de que Solomon no concede demasiada importancia a la figura aislada del “director” de cine, y suele repartir los méritos de una película entre un equipo más o menos numeroso de técnicos y creadores. Con frecuencia, incluso omite el nombre del director, o lo menciona sólo de pasada. Tampoco suele relacionar las características de una determinada película con las constantes de la filmografía de su director, lo que indudablemente empobrece su perspectiva. Así, La última tentación de Cristo se ve con otros ojos si recordamos que su director, Martin Scorsese, ya incluyó la crucifixión de un agitador obrero en su primeriza Boxcar Bertha, detalle que Solomon omite. Y al abordar Tierra de faraones, de Hawks, habría que haber destacado el tema hawksiano de la amistad entre hombres, que presta una inusitada calidez a la relación entre el faraón y el sumo sacerdote que cumple ciegamente sus designios.

Con todo, este libro cumple admirablemente el suyo: refrescar nuestros ojos y nuestras ganas de volver a ver ciertas películas. Y para ello ya ni siquiera tenemos que esperar las reposiciones televisivas de la Semana Santa.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseñas publicadas en El Cultural

28 febrero, 2014

HACERSE PREGUNTAS

Divago mientras vago. Un viaje autobiográfico.

James Langston Hughes. 
Edición e introducción de Joseph McLaren. 
Traducción de Mariano Peyrou. 
Antonio Machado Libros, 
Madrid, 2013. 

Contrasta esta despreocupada autobiografía con la imagen entre adusta y reivindicativa que muchos lectores nos hemos formado de su autor, el poeta negro norteamericano –o afroamericano, diríamos hoy– James Langston Hughes (1902-1957). No es del todo improcedente esta pronta mención de su raza: a lo largo de toda su carrera, el autor convirtió su condición de negro con estudios y creciente prestigio intelectual en piedra de toque para poner de manifiesto, por contraste, la inconsistencia de la discriminación que los de su raza venían padeciendo. Otra cosa es que esta circunstancia, referida a un lugar y tiempo concretos –los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX– valga como casi único principio rector de esa especie de conciencia alerta que se le presupone al escritor viajero. Y algo de eso hay, decíamos, en este tramo –el segundo– de la autobiografía de James Langston Hughes, adecuadamente titulado en español Divago mientras vago, en remedo de la paronomasia del título original: I Wonder As I Wander, por más que a la traducción se le escape la insalvable ambigüedad del verbo inglés “wonder”, que significa tanto “asombrarse” como “hacerse preguntas”. 

No otra es la actitud del autor a lo largo de la vuelta al mundo que constituye el argumento de este tramo de su vida: desde que parte hacia la Unión Soviética en 1932, donde pasa un año, hasta que regresa a casa vía China y Japón, para después acudir a España como corresponsal de guerra; a lo que hay que añadir una estancia previa en Haití y algunos intervalos de actividad literaria y teatral en Estados Unidos, donde el autor va afianzando su perfil de escritor profesional, capaz de vivir de lo que escribe. 

Ya desde el momento de su publicación se dijo que la parte más interesante de este libro era la referida a la estancia del autor en la Unión Soviética, a donde llegó en compañía de un grupo de actores negros que se disponían a actuar en una película sobre la discriminación racial en los Estados Unidos. La película no llegó a hacerse, pero el estado anfitrión permitió a Hughes que recorriera el país a su antojo, lo que el poeta aprovechó para ver cómo el régimen comunista manejaba el complicado asunto de la convivencia de razas en las repúblicas “de color” –así las llama Hughes– del Asia central. Sus impresiones dan que pensar. Hughes constata el carácter represor del régimen, así como la dureza de la vida en el país, pero piensa también que lo obtenido en los escasos tres lustros transcurridos desde el comienzo de la revolución no es desdeñable, y que esos logros abarcan aspectos tan decisivos como el desmantelamiento del despotismo feudal en las sociedades de la región, la desaparición de la discriminación racial o la mejora de las condiciones de vida de la mujer. A estos respectos, el autor llega a tener palabras poco piadosas para los represaliados por el régimen, a quienes identifica con la misma clase de personas, dice, que defienden la segregación racial en los Estados Unidos… Palabras que llaman todavía más la atención por estar escritas ya en los años cincuenta, cuando el poeta había abjurado públicamente de sus iniciales simpatías hacia el comunismo; y por corresponder a un periodo de su periplo en el que compartió jornada con el reputado periodista Arthur Koestler, cuya sonora disidencia del comunismo se gestó precisamente en esos años y ante las mismas realidades que presenció Hughes.

Aunque quizá lo menos importante de estos recuerdos sea el juicio político que quepa extraer de los mismos. Igual puede decirse de las impresiones de Hughes sobre la guerra civil española: también aquí la visión de Hughes parece constreñida a los muy localizados aspectos “raciales” del conflicto –la participación de negros americanos en las Brigadas Internacionales, o la de los “moros” en el ejército de Franco–. Queda en cierta penumbra la figura del propio autor, y cabe preguntarse si la imagen un tanto atolondrada, hedonista y superficial que quiere dar de sí mismo no será un pudoroso disfraz. A esas alturas, al poeta en trance de convertirse en una gran figura pública le convenía esa ligereza. No es el único que la ha practicado.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña publicada, en versión algo más breve, 
en el suplemento El Cultural del diario El Mundo.

21 febrero, 2014

EN BUSCA DE CERTEZAS

EL MUEBLE OSCURO Y OTROS RELATOS
Elena López Torres.
Renacimiento, Sevilla, 2011 

Elena López Torres es una persona abierta y poliédrica, que no vacila en intentar nuevas empresas y en asumir desafíos inéditos que podrían comprometer incluso –esas cosas misteriosas de la ficción- el prestigio logrado como filóloga y profesora titular de la UCA. Pero para mí, hoy humilde y admirado lector, Elena López no es la ejemplar docente universitaria sino la sospechosa y enigmática autora de El mueble oscuro y otros relatos. Cuando descubrí su libro entre las novedades de la pasada Feria del Libro, me preguntaba quién sería esta tal Elena López Torres que no conocíamos por estos pagos literarios. Luego supe que andaba curtiéndose en los malamente denostados talleres de escritura creativa, entre ellos en el impartido por el escritor José Mateos, y colaborando en antologías como Segundo muestrario, Infancias y Palabras cruzadas bajo la dirección del poeta jerezano. Y es a través de él que la conozco a ella y me intereso por este libro, El mueble oscuro y otros relatos, su primera obra de creación en solitario, publicada por Renacimiento. Dos avales de peso, pues seguro que ni el poeta querido ni la editorial de Abelardo Linares apadrinarían un libro que no mereciese verdaderamente la pena. 

Lo leí de un tirón en un AVE hacia Madrid. Y ahora, ya como lector enriquecido, guardo una deuda de agradecimiento por esos momentos de disfrute que estos relatos me han proporcionado. Agradecimiento y alegría por conocer a una persona que no sólo tiene algo que contar, sino que llega a la literatura con impulso propio, con energía personal y poderosa y con entusiasmo siempre, que era para Juan Ramón Jiménez condición indispensable en el artista.

“Contar un cuento es saber guardar un secreto”, escribe Andrés Neuman Y en muchos de los secretos que se guardan en estas diez historias son acaso las pequeñas emociones el eje de las mismas. Las pequeñas emociones que surgen de nuestras relaciones humanas: de pareja, entre padre o madre e hijo o hija, entre profesor y alumno. Ataduras que reúnen diez relatos cuyo denominador común es la subordinación de los protagonistas a una realidad familiar, social, que les mantiene atados a algo que ya no sienten como propio, pero de lo cual no pueden dejar de participar. Como Carolina lo hace de su matrimonio o como Esther de su aventura platónica, como Marta de su fracaso, como la madre de Alfredo se agarra a la vida a pesar de su decrepitud, o como la niña no puede desprenderse de su miedo en "El mueble oscuro", el relato que da título al libro. En escenarios cotidianos, personajes, sobre todo femeninos, heroínas de andar por casa, van en busca de su propia identidad, tratan de sobreponerse dolorosamente a la rutina, a los terrores convencionales, a la falta de comunicación, a las pequeñas tragedias cotidianas. Nada pretende ser muy original, pero la literatura de Elena López Torres se introduce también en nuestras vidas.

La tarea del escritor, decía Benjamin, es luchar contra tanta cháchara buscando la palabra justa. Sus personajes son así, gente corriente e insignificante, colocada en situaciones ordinarias. La novedad de su escritura, una novedad que no consiste en grandes aportaciones formales, sino en la voluntad de decir verdad. Decía Adorno que "hacer hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad". De eso se trata, de hacer ver que el sufrimiento es la parte oscura de la realidad que el narrador tiene que traer a la presencia del lector. No cesamos de contarnos historias para creernos cuentos y la literatura es una fuente que no se agota nunca: no cesaremos de contar de mil y tres maneras diferentes la misma escena en que un caballero seduce a una dama.

En fin, lo que Elena López nos pinta en estos relatos, narrados con un estilo sencillo, leve, aéreo, exento de retóricas fraudulentas y nada manierista, con una voz sosegada y desnuda, son unos personajes que se enfrentan a pequeñas tragedias personales o miserias cotidianas. Y lo hace con una mirada calma, compasiva, a veces también risueña. Son asuntos eternos del corazón: el desamor, la vejez, el desengaño, la soledad, el abuso, la infelicidad en suma. Sobre estos y sobre estos personajes desvalidos, Elena López Torres exterioriza sus emociones sin hablar de sí misma y sin embargo nos está hablando de sus sentimientos y de su intimidad.

Tal vez para Elena la única manera de combatir ciertas nostalgias sea escribiendo y, naturalmente, la nostalgia se abre paso en el tema de estos cuentos, pero en ellos yo creo que hay algo más que nostalgias. Hay mesura emotiva y explícita contención. Hay esperanza. Hay en estos relatos un dolor esperanzado. No hay crispación alguna ni retoricismo, sino equilibrio en esta suave melancolía entre el sufrimiento y la confianza en la curación de un hijo, en los caminos que se abren después de la angustia, del miedo, del fracaso, después de una vida anodina. Hay, como se dice en uno de los relatos, una justicia cósmica, una compensación que pone cada cosa en su sitio. Se manifiestan sentimientos de tristeza y aflicción pero se intuye un porvenir. Como Gatsby, son personajes que ven alguna vez la luz verde en los semáforos.

La literatura es ese universo donde queda paliada la soledad, al menos hasta donde es humanamente posible. Y El mueble oscuro contiene muchos de esos lugares que persiguen al lector como una caja de resonancia después de haber concluido la lectura. Lugares a los que podemos volver para buscar certezas. Pero no hablo de certezas morales, que para eso está la religión o la autoayuda, hablo de algo mucho más misterioso: la profunda satisfacción que nos dan los mundos cerrados, autónomos y perfectos de estos relatos. Esos mundos que, precisamente por haber nacido de la imaginación libre y soberana de Elena López dan a la realidad un orden y un significado que ésta, por sí sola no logrará jamás. Esos mundos donde las cosas, precisamente porque no han sucedido nunca, seguirán sucediendo siempre.

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO 

13 febrero, 2014

NO HAY VUELTA ATRÁS

Línea Roja,
José Luis García Martín.
Impronta Editorial,
Gijón, 2013.

Puede que García Martín, con ese libérrimo uso del género que le caracteriza, sea uno de los que más haya contribuido al confusionismo que existe en torno a los diarios. Nada tienen que ver estas entregas semanales de su diario al periódico con aquellos diarios primeros de hace treinta años.En un diario no cabe todo, sólo debe entrar aquello que tiene algún interés para los demás.García Martín tiene buen cuidado de no caer en minucias personales ni en particulares desahogos, pero el ludismo ficcional, los juegos repetitivos e intercambiables, esa afición al engaño que lo es y no lo es y al "embaúle", el exceso de citas y de textos ajenos, con y sin comillas, y esa pretensión suya de crear un personaje tan cerca y tan lejos de la literatura como de la realidad, han logrado el nacimiento de una suerte de escritura personal que poco o nada tiene que ver con el género diario al uso; ni la concepción, ni la estructura, ni los rasgos se parecen (ni siquiera el espacio temporal, ya que por exigencias del medio estos diarios comienzan a finales de septiembre y finalizan a primeros de julio, como un curso académico). Es, simplemente, el diario de G.M., y el lector avezado ya sabe a lo que nos estamos refiriendo.

El diario de G.M. nace con la urgencia semanal de ser publicado en la prensa. Pero lo de "urgencia" no nos debe engañar ni preocupar pues esa es su manera natural de trabajar y de estar en el mundo (perder el tiempo es después de la mala poesía una de sus fobias favoritas), toda su obra guarda ese carácter que, como digo, es su manera; una manera o método que con los años se ha ido decantando y ha devenido una depurada técnica. Este condicionante semanal requiere una mecánica y una estructura especial de las entregas, mecánica y estructura que convierten a este diario en un diario diferente, singular. Nos lo aclara el autor en "Instrucciones de uso", esa suerte de impagable prólogo en dosificadas píldoras contundentes que viene a ser una magnífica y eficaz operación de márketing publicitario. Lo componen siete anuncios sentenciosos que, a modo de cuñas publicitarias, presentan un producto. El tercero dice: "Cada fragmento, por mínimo que sea, tiene título. Es una manera de indicar que constituye una unidad completa. Que puede leerse independientemente. Pero los fragmentos se agrupan en capítulos que constituyen una unidad mayor y es dentro de esa unidad mayor donde adquieren todo su sentido". El rígido molde semanal le obliga a entregas capitulares con unidad de sentido, cosa que el diario habitual no suele presentar ni ofrecer si bien cualquier asiento de todo diario puede leerse independientemente como unidad en sí misma completa con la sola entrada de la fecha. Aunque en la cuarta de estas instrucciones nos dice que "Línea roja es una obra que pertenece al género del diario íntimo", creo, sin embargo, que se ajustaría más y mejor al de esa variante que conocemos por dietario, libro que refleja esas mínimas (o no tanto) crónicas diarias, casi volanderas, con la historia menuda que las genera.

En el menudeo es donde estriba el busilis de todo diario. Conviene elegir bien las intimidades que se cuentan, y aquí el autor tiene buen cuidado de poner a buen recaudo las suyas. Pero en alguna ocasión se le va la mano con las ajenas. Tiene, sin embargo, momentos muy notables de diario íntimo, aquellos en que venciendo, y no del todo, su arraigado pudor y timidez se atreve a correr un poco, solo un poco, la sutil cortina de la intimidad y deja entrever ese mundo palpitante que guarda solo para él. La entrada "Aunque es de noche" y la siguiente son algunas muestras.

Podríamos pergeñar sin demasiado esfuerzo una nutrida crónica de viajes a lo largo de estas páginas. Esos viajes tan especiales que hace G.M. por las diferentes sucursales de su rutinario universo diario que no duran más de tres días si se trata de Europa y de una semana si es de América. "Sucursales del paraíso" las denomina el autor, pues reproducen el escenario urbano (cafeterías, centros comerciales, librerías, bibliotecas...) donde reparte sus rutinas. Nápoles, Génova, Nueva York, Portugal, Galicia, Cáceres, Madrid, Aldeanueva del Camino... desfilan ante el lector en detalladas descripciones familiares (magníficas las de Portugal, con ocasión de un inolvidable homenaje a Jorge de Sena, las de Génova y Galicia). "No me gusta estar mucho tiempo fuera de casa. Necesito darme una vuelta por los alrededores. Y los alrededores de mi casa por los que me gusta pasear no siempre están cerca de casa. Puedo sentir nostalgia de Via Chiaia, del Campo dei Fiori, de la Rua Ferreira Borges, del Boulevard Saint-Michel o del Campo de Santa Margherita, pero a los tres días, sin falta, ya estoy en casa. O a la semana, cuando me voy a dar una vuelta a Montague Street o a Union Square, con su mercado al aire libre, sus infinitas librerías", apunta en la entrada "Sedentario".

Si habláramos de libros, la crónica no sería menor. G.M. no acostumbra a comentar por extenso en sus diarios los libros leídos, para ellos tiene un blog especial, aquí solo da noticia de aquellas novedades recibidas que ojea, hojea y cata ante un café mañanero en la cafetería habitual. "Voy dejando tras de mí un rastro de libros y de amores mordisqueados", dice en "Encuesta". Hace lo propio con los de viejo que encuentra allá donde va; de éstos suele reproducir alguna cata hecha al azar. Si existiera un premio al mejor catador de libros del país, al igual que lo hay de vinos, sin duda que habría que dárselo a G.M., tiene tal vicio que la mano y el ojo le llevan al párrafo, pasaje o poema más determinante de la obra que tiene entre las manos. "Hojeo las Caricaturas republicanas, de Luis Bagaría, editadas por José Esteban, y su trazo incisivo y lírico me devuelve a un tiempo, el primer tercio del siglo, convulsamente esperanzado. De pronto me sorprenden los cuatro trazos que nos presentan a Unamuno con grilletes sentado delante de un tribunal. El título de la viñeta dice: 'Unamuno, condenado'. Y el pie reproduce unas palabras suyas: '¡En este país, y gobernando Dato, vale más ser terrorista que escritor!'", dice en el arranque del emocionado apunte "Las carga el diablo", sobre el asesinato de Eduardo Dato.

Cine, ópera, amaneceres, ventanas, amigos, conocidos, enemigos... (de amaneceres y ventanas desde las que contemplar el mundo es un avezado coleccionista): de todos podríamos hacer una crónica más o menos apretada. Pero son las leyendas urbanas o, simplemente, las relaciones poco aireadas de ciertas figuras (figurones también) de nuestra fauna literaria y alguna política con las que podríamos pergeñar la crónica más salpimentada y enjundiosa. Así la crónica de la boda de Carlos Bousoño con Ruth, una bellísima alumna americana que se convertiría en su esposa por méritos propios. La de la secreta y milagrosa escritura de La forja de un rebelde, de Arturo Barea.  No menos divertidas son las palabras que dedica a su libelo favorito La fiera literaria. O la peripecia de la muerte de Lorca y la intervención de Ruiz Alonso. La verdadera razón de la pelea en la que Valle-Inclán perdió su brazo. El secreto a voces de Vicente Aleixandre desvelado por V. Molina Foix en su novela El abrecartas... Sorprendente resulta la entrada "Manifestaciones", en la que llega a proponer a Garzón como posible futuro presidente de la República. O el pasaje "Envidiado amigo" en el que nos cuenta que García Montero resulta el hombre más odiado de España después de Garzón. En "Ritos" cuenta los alrededores del Premio Príncipe de Asturias", sacando a la palestra a Sánchez Dragó y su cerrada defensa de Andrés Trapiello, cuya obra Las armas y las letras  pone a la misma altura que Guerra y paz. Y las insuperables quejas o lamentos autolaudatorios de César A. Molina al ser destituido por Zapatero. En "Viejos amigos" expone pormenorizadamente las causas de su alejamiento de Luis A. De Villena...

Hay más, todo el libro está plagado de crónicas vivas e hilarantes de este insuperable urdidor de historias que se apunta a la máxima de Logan Pearsall Smith: "La gente dice que lo importante es vivir, pero yo prefiero leer"; de este fantasioso e infatigable buscador de verdades que casi siempre escribe en colaboración ("La mayor parte de las frases que doy como mías son más o menos ajenas"), de este temeroso e indefenso coleccionista de amaneceres que percibe que "se ha encendido una señal roja. Un tren se acerca a la estación final y no hay manera de escapar del peligro", y es que cuando se cruza esa delicada línea roja de la vida (cuando se cumplen los 60 años) ya no hay vuelta atrás.

JOSÉ LUNA BORGE
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

07 febrero, 2014

ANTONIO SERRANO EN SUS 'PAPELES SECUNDARIOS'

Hay autores que se parecen a sus libros y viceversa. Y resulta que ahora el retrato que tengo más a mano para hacer la semblanza de Antonio Serrano Cueto es su último libro, Papeles secundarios. En él me voy a fijar para traer a esta cuartilla algunos rasgos de su fisionomía; y no tanto porque el libro incluya la inevitable foto de autor -que también-, sino porque en sus textos, en el mundo que retratan, me parece estar viendo y escuchando a la persona que lo ha escrito. 

Ya sé que con esto no digo mucho respecto al libro en cuestión: a algunos les sienta bien parecerse a su autor, pero también los hay a los que lo que les sienta bien es precisamente no parecerse a su autor. Todo depende de la relación que pueda establecerse entre el modo de estar en el mundo de éste último y el modo en el que el libro aspira a permanecer en ese otro mundo mejorado en el que impera la libre interacción de las ideas, tal como sucede en las páginas de un libro o en el momento privilegiado de la lectura. Hay veces en las que simplemente la persona del autor es demasiado ruidosa o vociferante como para acompañar al libro en ese destino suyo natural. No es ése el caso. Papeles secundarios, como todos los libros que significan algo, presupone ese diálogo sin interferencias que se establece entre texto y lector. Pero en esta ocasión ese diálogo dista mucho de ser solemne o intimidatorio, sino que se aviene bien a lo que quienes conocemos a Antonio sabemos que es su personalidad y su trato. En él el sentido común es una forma de la cortesía, porque sólo los energúmenos se apean del sentido común en su trato con los demás, y lo sustituyen por las presuntas razones de quien más grita o más poder ostenta o más daño amenaza con hacer. Ninguna de esas mañas pertenece al mundo moral de Antonio. Tampoco la seriedad del burro, a la que tan fácilmente se presta, no su nobilísima vocación de filólogo clásico, sino la caricatura de la misma, la figura del dómine empapado en latines y erudición superflua. Antonio es erudito como lo son las personas vitales; es decir, quienes saben que cierta manera de vivir la cultura ayuda a vivir en general y a disfrutar más intensamente de la vida; y que una ciudad paseada, por ejemplo, como algunas de las que Antonio pasea en Papeles secundarios, cede mejor sus secretos si, antes de ser paseada, ha sido también leída, anticipada en otros libros.

Asomarse de esta manera a la literatura, a la música, a los viajes y a la vida en general implica humor. El humor es inconcebible sin el sentido común, pero también exige el necesario complemento de éste: una dosis de fantasía, que permita darles la vuelta a las cosas para dejar al descubierto sus pretensiones desmedidas, el cartón piedra del que están hechos muchos espantajos que, hasta el momento mismo en que los desenmascaramos, nos intimidan y asustan. Quien conoce a Antonio sabe que ese humor fantasioso, un poco absurdo a veces, educadamente irreverente, es una cualidad de su persona. Y que ese humor, a diferencia del sarcasmo gratuito o la broma cruel, no daña lo que toca, sino simplemente lo convierte en algo más cercano y manejable. Es por ello por lo que creo que no descubro nada si digo que la expresión literaria natural de Antonio Serrano es el microrrelato. La brevedad del microrrelato, su querencia casi natural a la ironía y al humor, su manera de desenfocar lo obvio hasta hacerlo desconcertante, se avienen bien con la manera de ser de Antonio y su modo de afrontar y expresar la realidad. Antonio, que es también autor de dos inesperadas entregas de poesía madura, No quieras ver el páramo y Son caminos, ha escrito muy buenos microrrelatos, como los incluidos en su libro Fuera pijamas o algunos de los que se alternan con textos de mayor extensión en Zona de incertidumbre. Papeles secundarios también incluye algunas buenas muestras del género, e incluso un sorprendente alarde de lo que él llama “microrrelatos embrionarios”, es decir, apuntes brevísimos que contienen ya el germen de otros tantos microrrelatos –algunos lo son ya de pleno derecho– y de los que el autor se deshace con esa sorprendente prodigalidad de quien no se siente precisamente falto de ideas.

Que Antonio Serrano no anda escaso de ellas es algo que queda claro, no sólo por la sorprendente regularidad con la que, en apenas unos pocos años, ha dado a la imprenta varios libros, a una edad en la que a otros más ambiciosos o precoces las ideas empiezan ya a acabárseles, sino por su mero trato. Sí, a veces los libros se parecen a quienes los han escrito. Y al revés. Pero no siempre -Antonio es un buen ejemplo de lo contrario- puede uno congratularse de esos parecidos.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Semblanza exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO