27 marzo, 2015

LA TRASTIENDA DEL MAGO



Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio.
José Jurado Morales (ed.), 
Madrid, Visor, 2014

Reseña de Ángel Mendoza

“A los veintipocos años ya era un maestro considerado como tal por los mayores y admirado por los más jóvenes”, así empieza el escritor Juan Bonilla su aportación a Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio, volumen recopilatorio sobre la obra del poeta de Rota; necesario y oportuno estudio debido, en buena parte, al trabajo meticuloso de José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz e impulsor de una cada vez más reconocida labor investigadora en torno a la literatura contemporánea. He dicho "poeta" como podría haber tecleado cualquier otro atributo del oficio de escribir para referirme a un autor a quien, no en vano, otro grande de su quinta, Carlos Marzal, llama en estas páginas “polígamo literario”, pues Benítez Reyes es, además, cuentista de éxito, solvente novelista y firmante de un vasto tesoro de pequeñas producciones que alguna vez Ha arracimado en obras como Gente del siglo o la más reciente Política y polichinela.  No es Marzal el único compañero de generación, y de viaje, que desfila por aquí, sino que también le rinden admiración Álvaro Salvador o Luis García Montero, y poetas más jóvenes como Andrés Neuman o Luis Bagué. 

Junto a ellos se dan cita colaboraciones de corte más académico entre las que caben destacar la de Inmaculada Moreno, sobre la noche en la poesía primera del autor de Los vanos mundos, y la de Marina Bianchi titulada “La trayectoria de Felipe Benítez Reyes: entre la experiencia, la elegía y algo más”. De su producción en prosa se ocupan, entre otros, la prestigiosa profesora Ana Sofía Pérez Bustamante y el propio hacedor de este título, José Jurado Morales. Pero siendo valiosas, rigurosas y enriquecedoras todas estas calas en la obra del gaditano, lo más interesante está al principio y lo dice el propio homenajeado en tres ensayos escritos entre finales de los ochenta y mediados de la década pasada que funcionan a modo de poética o mapa para todo aquel que quiera internarse en la trastienda de este mago, mundo éste no ajeno a su imaginario metafórico. Sobre la consideración del poema como artefacto misterioso deja pistas muy claras; aunque, eso sí, alejándose de la idea arrebatada y esotérica –caricaturescamente romántica- de la construcción de ese artefacto. “El efecto mágico es producto de la aplicación de un conocimiento técnico, no de un albur inexplicable, aunque la efectividad de la magia consista en presentarlo como tal albur inexplicable, como una dislocación asombrosa de la realidad”, leemos, por ejemplo. Crea su propia terminología, su propio equipaje analítico: “instinto estético”, “invisibilidad retórica” o “voluntad indagatoria” y da, desde la teoría, una lección no menos valiosa que la que lleva más de treinta años dando en la práctica. 

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20 marzo, 2015

APASIONADA

Para vos nací. Un mes con Teresa de Jesús 

Espido Freire. 
Ariel, 
Barcelona, 2015. 


Reseña de José Manuel Benítez Ariza

En el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Cepeda, su figura sigue siendo objeto de controversia. Frente al reconocimiento, digamos, oficial del que goza como miembro del panteón de los santos de la Iglesia Católica y escritora que encarnó como nadie la nueva espiritualidad emanada de la Contrarreforma, no dejan de surgir interpretaciones que reivindican su carácter y obra como ejemplos de una soterrada heterodoxia y expresión de una personalidad profundamente discrepante con el espíritu de su tiempo. Casi se diría que, en el estado actual de la cuestión, la elección de una u otra interpretación casi depende más de los gustos del lector que de la terca realidad de los hechos. Por ello, quizá, un primer mérito que cabe atribuir a Para vos nací, el personal ensayo que Espido Freire ha escrito en torno a los datos contrastados sobre la Santa que otros biógrafos más sistemáticos han puesto en sus manos, es su huida de todo sensacionalismo. No es que la autora rehúya las cuestiones más espinosas en torno a la naturaleza del misticismo de Santa Teresa, su psicología o su actitud ante las instituciones de su tiempo: lo que hace, más bien, es abordar las opiniones preexistentes desde un aplastante sentido común. No encontrará el lector, por ello, afirmaciones chocantes o escandalosas en torno a cuestiones como, por ejemplo, la naturaleza sexual de los éxtasis teresianos: en el capítulo dedicado explícitamente a “Teresa y el erotismo” la autora acusa su hartazgo de las interpretaciones más ramplonas al respecto, pero reivindica al mismo tiempo el carácter “apasionado” de su biografiada, a la vez que se muestra convencida de que una mentalidad tan arraigada en los valores de su tiempo difícilmente se hubiera atrevido a manejar la simbología presuntamente erótica de algunas de sus visiones si no la hubiera percibido como desligada de cualquier alusión al placer sexual.

Con idéntico sentido común se refiere la autora a otros aspectos de la vida y obra de la Santa, apoyándose en la cercanía emocional que aporta una cierta identificación de partida entre una mujer sensible de hace quinientos años y una escritora de hoy. La táctica, desde luego, supone algún riesgo. ¿Tiene algún fundamento afirmar, por ejemplo, que el actual pontífice, Francisco, es “un papa que encantaría a Teresa, si lo conociera”? Lo mismo cabe decir de otras afirmaciones referentes a la actitud de Teresa hacia la escritura, o  sobre su evidente conciencia de la postergación de la mujer. Pero cuando el valor añadido de una biografía no reside en sus aportaciones documentales, sino en el intento de acercar al biografiado a la sensibilidad contemporánea, el riesgo bien puede merecer la pena. En esa complicada tesitura se mueve este ensayo.


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27 febrero, 2015

ELOGIO DEL POETA JOVEN

Fuego cruzado.

Xaime Martínez
Ediciones Hiperión, 
Madrid, 2014.

Reseña de Mª Antonia Collado Luengo. 


Este libro, ganador de un prestigioso certamen de "poesía joven", parece de verdad escrito por un poeta joven. En poesía, ya se sabe, la edad de los autores y la que aparentan sus textos no siempre van a la par. Los libros más atormentados, más abrumados de experiencias sombrías, más desengañados, son los escritos por menores de veinticinco años. En los poetas de la posguerra, pongamos, esa amargura precoz era comprensible. Quizá se entiende menos en los que iniciaron su andadura en los despreocupados años ochenta; a no ser, claro, que la frecuentación de bares y discotecas y las posteriores resacas tengan algo que ver. 

Xaime Martínez nació cuando la mayoría de esos poetas habían publicado ya sus libros más significativos. Pertenece, por tanto, a una época menos dada a la autocelebración, y en la que el adjetivo "joven" aplicado a un escritor significa simplemente que el aludido disfruta de la envidiable destreza técnica aparejada a la juventud y de una cierta disposición a traslucir influencias. En Xaime Martínez se aprecian ambos rasgos: tiene buen oído, maneja con soltura los recursos del lenguaje –véase esta paronomasia: "Tiré si tuve tiro y tirité / si amor me quiso títere en su juego"– y ha elegido bien sus maestros: Víctor Botas o Luis Alberto de Cuenca, por citar sólo dos. Del primero le viene la habilidad para servirse irónicamente de la tradición; del otro, su uso lúdico de las mitologías contemporáneas (el cómic, el cine, la ciencia-ficción). 

No es que el desengaño esté del todo ausente de este libro: en "Predicciones", por ejemplo, se lamenta la inevitable pérdida de la juventud, aunque sin prescindir del todo de la ironía: "va a pasarlas canutas el olvido", dice el poeta, con el tono de desafío de quien nos reta a que le quitemos lo bailao. 

Esta ironía se acentúa en el sabio empleo que el joven poeta hace de los recursos de sus predecesores. Véase este epígrafe de poema, que recuerda los largos enunciados de los que se vale José María Álvarez para titular los suyos: "Bob Dylan predice, en 1962, un día no tan lejano en el festival de folk de Newport"; y que da pie a un breve madrigal amoroso en el que difícilmente encontraremos, salvo por vía de contraste irónico, la justificación de semejante título. Lo que no significa que en ese y otros poemas falte la emoción genuina, que aflorará también en algunos de los rotundos epigramas que salpican la segunda parte del libro, alguno de ellos claramente inspirado en los de Botas, como el titulado "Petronio", o “El camino”, un memorable poema de sabor arábigo-andaluz que hubiera merecido figurar en Las crónicas de Al-Ándalus de Fernando Quiñones.

Y ya que hablo del llorado poeta gaditano: con su proverbial generosidad hacia los talentos emergentes, habría aplaudido este libro. Yo no hago sino seguir su sabio ejemplo. 


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20 febrero, 2015

MANUAL DE ANGLOFILIA

POMPA Y CIRCUNSTANCIA
Diccionario sentimental de la cultura inglesa. 
Ignacio Peyró. 
Fórcola Ediciones, Madrid, 2014. 

Reseña de José Manuel Benítez Ariza

Bajo la flexible fórmula de un ”diccionario sentimental” ha reunido Ignacio Peyró un nutrido conjunto de ensayos, anotaciones y reflexiones en torno a ese contrastado sistema de querencias y devociones que se conoce por el nombre de “anglofilia”. Son algo más de mil páginas en las que tienen cabida desde cumplidas disquisiciones en torno a la monarquía, el sistema parlamentario, la Iglesia de Inglaterra o el sistema de clases, a otras no menos enjundiosas sobre el té, los sándwiches de pepino o la salsa Worcestershire; a las que habría que unir, por constituir casi un tratado aparte, las muchas entradas dedicadas a sastrerías de nota, camiseros, perfumistas, fabricantes de cepillos y zapateros de lujo; por no mencionar los muy atinados ensayos dedicados a las figuras mayores de la literatura inglesa, desde el universal Shakespeare a los muy ingleses –en el sentido preciso que “lo inglés” tiene en este libro– Harold Acton o Edith Sitwell.

Ya en el prólogo se precave el autor de que un “libro de este tipo pueda ser juzgado menos por lo que es que por lo que le falta o le sobra”. Sería, desde luego, una injusticia: sobrar, no sobra nada, porque tanto las imprescindibles entradas que se ocupan de las grandes cuestiones sociales, históricas o culturales, como las que pueden entenderse como bienhumoradas declaraciones de un cierto dandismo sentimental, contribuyen a su propósito declarado, que no es otro que la exposición y defensa de una “cierta idea de lo inglés”. También las exclusiones son significativas: aunque hay bastantes alusiones, aquí y allá, a los estragos de la modernidad, desde los rascacielos acristalados de Norman Foster a las “camisas de neopreno” de la moderna sastrería, no hay entradas explícitamente dedicadas a cuestiones tales como la cultura “pop”, el éxito de los Beatles, el laborismo, el periodismo sensacionalista o el humor de trazo grueso de los Monty Python, por ejemplo; todos ellos tan característicamente ingleses como la libra esterlina o el rosbif, pero al parecer no del todo imprescindibles para el bosquejo de una cultura que quiere ser entendida en lo que tiene de continuidad y tradición, y no por sus ocasionales –o no tan ocasionales– episodios de duda, debilidad o cuestionamiento, cuando no de abierta subversión de sus valores.

Como cualquier otra filia, la que tiene como objeto lo inglés prefiere centrarse más en los momentos de afirmación positiva de la cosa amada que en sus momentos de indefinición. Por más que, desde el punto de vista español, la anglofilia tenga también perfiles inciertos: es más un conjunto de aspiraciones que de concreciones tangibles. En política, por ejemplo, suele traducirse en un liberalismo que quisiera ser más pragmático que doctrinario, pero que en la práctica se diluye quizá demasiado fácilmente en el conservadurismo inmovilista; al igual que, en lo cotidiano, el mimetismo del refinado modo de vida de las clases altas inglesas con frecuencia no produce otra cosa que delatora afectación… En ese difícil quiero y no puedo se mueve nuestra anglofilia. Y por eso, quizá, uno de los aspectos más incisivos de este libro es la presencia en él –véase la entrada “Exiliados”– de algún que otro anglófilo hispano ajeno a ese cliché afectado y reaccionario: el sufriente Luis Cernuda, por ejemplo, que vivió parte de su exilio en Gran Bretaña, y cuya anglofilia de carácter y cultura no le ayudó a soportar lo desabrido del clima y los temperamentos; o su lejano pariente en el inconformismo y la desazón, su paisano Blanco White, que tampoco quiso llamarse a engaño respecto a los obstáculos que el pensamiento libre encontraba incluso en la patria de la libertad de conciencia.

En este ameno “diccionario” uno puede pasar de esas amargas constataciones a la ligereza de considerar la excelencia del Rolls Royce que nunca tendremos. La anglofilia hispana al cabo es eso: un modo de vivir en una consoladora ficción. De eso trata este libro.

JOSÉ  MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña publicada en El Cultural, 23/01/2015. 

08 enero, 2015

TREMENDO

CINCUENTA POEMAS.
Antología personal (1989-2014).
José Luis Piquero.

La Isla de Siltolá, Sevilla, 2014.

Reseña de Mª Antonia Collado Luengo.

Sólo he visto a José Luis Piquero en persona una vez: en una lectura suya en un pueblo de Huelva. Seríamos... diez o doce, puede que alguno más, y por eso quizá me atreví a decir algo en el turno de preguntas. No recuerdo qué pregunté: alguna de esas cosas generales y obvias que los lectores de poesía decimos a veces en estas ocasiones, más por llenar el silencio o premiar al esforzado poeta que por oírle articular una respuesta exacta a una pregunta concreta. Dudo que la mía lo fuera. Pero lo que sí recuerdo es que la persona que me respondió hizo lo posible por demostrar un interés genuino hacia quien lo interpelaba, y por establecer, en unas condiciones decididamente artificiales, una comunicación cordial. Me hubiera gustado conversar con él más despacio, pero luego me alegré de no hacerlo: le hubiera hablado, como a otros poetas, de mi trabajo como maestra de adultos, de mis tentativas de animarles a la lectura y hacerles apreciar la poesía. Podría haberle dicho que su poema "Mensaje a los adolescentes", que leí en una ocasión con unos chicos de más de dieciséis años que intentaban sacarse el graduado, provocó en ellos alguna que otra risita nerviosa, seguida de algún elocuente gesto de asentimiento... No hubo ocasión: yo tenía prisa y él seguramente también. Pero una cosa me quedó clara: este José Luis Piquero que tenía delante, que se había mostrado tan atento y cordial, y en el que incluso me pareció advertir la soterrada coquetería de quien quiere ganarse el afecto de sus interlocutores, no se parece mucho al tremendo personaje que delinean sus poemas.

Lo que no es decir mucho, la verdad: tampoco Dante debía de parecerse demasiado al sujeto impasible que, en su poema, paseaba un mismo semblante ecuánime por el Infierno, el Purgatorio y el Cielo; ni el adusto Tom Eliot debía de tener mucho en común (¿o sí?) con los humanoides alienados que pueblan su Tierra baldía. Un poeta no es un mero artífice de piezas retóricas más o menos logradas. Un poeta es, ante todo, el inventor de un tono, de una voz; y esa voz presupone a un personaje. La constatación de estas evidencias es obra de la Modernidad; pero quizá han estado operando sobre la conciencia de los poetas desde que éstos empezaron a verse a sí mismos como autores de obra que aportaba un matiz diferencial al legado común de cantos e historias que constituye la memoria literaria colectiva.

¿Y cómo es, en el caso de Piquero, su personaje? Estos Cincuenta poemas, escogidos entre la totalidad de su obra, son bastante elocuentes al respecto. Empecemos por los últimos y hasta ahora inéditos: en "Dummy", por ejemplo -y ruego se me disculpe el posible spoiler- habla un maniquí diseñado para recibir golpes mortales en los accidentes simulados con los que los ingenieros testan los nuevos modelos de coches. En algo nos aventaja el muñeco: tiene el don de la insensibilidad, aunque también está dotado de cierta capacidad de empatía hacia sus correlatos mortales, los pobres seres que, después de haber sobrevivido a un accidente, interpelan en vano al resto de los viajeros y reciben como respuesta un elocuente silencio. ¿Cabe imaginarse un punto de vista más aterrador sobre la fragilidad humana, sobre nuestra proclividad al error, sobre el devastador efecto de nuestras culpas sobre quienes, tanto real como metafóricamente, viajan con nosotros?

Juicios parecidos sobre sus semejantes encontramos en otros tantos monólogos puestos en boca de Caín -Piquero, por cierto, es autor de una traducción del célebre poema de Byron sobre este personaje bíblico-, de Don Juan, del Cíclope homérico al que Ulises dejó ciego, incluso de un Elvis inopinadamente reconocido por un admirador que no cree en su muerte. La poesía de Piquero es una especie de cónclave de condenados que, en la condena, han alcanzado la clarividencia y golpean con ella inmisericordemente al lector, a la vez que le insinúan -y ése es quizá el efecto más perturbador de estos poemas- que  todas esas voces quizá son, en el fondo, una sola, y que la conciencia de atroz desengaño que expresan se corresponde con la experiencia de un hombre común que no se diferencia de los otros más que en el uso certero que hace de los recursos de la poesía.

Algunos de estos poemas me han hecho llorar. El despiadado personaje que sustenta la voz poética de Piquero se alegrará de saberlo. Su autor -creo- no tanto.


Mª  ANTONIA COLLADO LUENGO
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro 

19 diciembre, 2014

LOGRADA TRANSPARENCIA

Transparente
de Rosario Troncoso.
La Isla de Siltolá, 
Sevilla, 2014.

Reseña de Mª ANTONIA COLLADO LUENGO  

Evitemos la jerga profesoral: un libro gusta o no gusta, y a mí éste me ha gustado. La verdad es que la poesía de Rosario Troncoso ha sido siempre muy… transparente: tanto por su inmediatez como por haber dejado entrever desde sus comienzos una ambición expresiva poco común, con algo, quizá, de apuesta demasiado prematura en sus primeros libros. Aunque también en esos primeros libros se podían apreciar algunas de las características más conspicuas de su poesía: la querencia hacia la cotidianidad; el gusto por convertir la propia intimidad en un espacio poético abierto a la complicidad del lector; y una cierta capacidad, que no se aprende en los libros, de hacerse querer por éste.

Con esas premisas pueden ocurrir dos cosas: que sirvan para ganarse muchos amigos o para conseguir auténticos lectores, exigentes y fieles. Lo primero ya lo había conseguido Troncoso con sus primeros libros; lo otro está empezando a lograrlo ahora: primero, con El eje imaginario (Ediciones en Huida, 2012), el primer libro suyo en el que habla al lector con una voz plenamente madura. Y esa madurez se confirma ahora con Transparente: un libro de poemas breves, fraseo conciso y elocuente contención verbal. 


Su primera parte, “Derribos controlados”, es un lúcido cancionero amoroso, en el que están igualmente ausentes el sentimentalismo vacuo y el desgarro impostado. Hablan estos poemas del deseo maduro (“ese vicio del uno por el otro”), de las falibles armas del enamorado para vencer el desgaste del tiempo (“Y es que ya no me cuido las manos como debo”), de las fantasías que momentáneamente dejan fuera al otro (“Me gusta hacerme la dormida”, dice, en un poema que habla de la infidelidad en los sueños). 

Por el contrario, la segunda parte del libro, “Ya no son infalibles las rutas conocidas”, habla de la realidad exterior a esa intimidad de dos de la que habla la primera parte: la momentánea “anestesia” del fin de semana, antes de volver a encontrar “[s]obre la misma silla / el lunes, el cansancio”; o las metáforas inesperadas que depara la ciudad a quien tiene los ojos bien abiertos: la repentina sensación de desorientación (“Se me ha desordenado la ciudad”), o la feliz ocurrencia de que en un taller de costura también “[s]e coge el dobladillo / a los días más largos”.

Reconforta esta poesía sencilla, cercana, hecha con un mínimo utillaje retórico. Sobran quizá, ciertos tremendismos: las “tripas”, “alacranes y ratas” que comparecen, ocasionalmente, en los poemas de esta poeta todavía pasional. Pero el tono está ya logrado y el camino es muy transitable. Enhorabuena.



Mª ANTONIA COLLADO LUENGO.
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

25 julio, 2014

ASOMBRO Y MARAVILLA

La víspera,
de Rodrigo Olay.
La Isla de Siltolá, 
Sevilla, 2014.

Reseña de JOSÉ LUNA BORGE


En Cerrar los ojos para verte nos deslumbró un poeta que exhibía en su primer libro un portentoso abanico de registros con una muy cuidada intendencia poética. Publica ahora La víspera y seguimos encontrando a ese sabio poeta a quien no le importa exhibir a sus modelos o que el lector los vaya descubriendo. Nos topamos también con sus deslumbrantes ejercicios de virtuoso de minuciosa técnica depurada, o al erudito de múltiples lecturas y saberes y al poeta intimista y personal que nos habla del amor y de la muerte, de la familia o de los alumnos de la facultad. Sería difícil quedarse con una sola de estas voces, todas tienen algo suyo y nos lo recuerdan, pero ¿dónde encontrar su voz más verdadera?


El libro se abre y cierra con dos poemas de idéntico título,"La víspera". Se trata del principio y fin de la vida; la víspera del gozo y de la celebración y la de la muerte y la desolación, con un verso final que recuerda a José Jiménez Lozano. En "Poética" exhibe una concepción de la poesía llevada a los extremos: si un poema no le sirve de consuelo al moribundo, sin ser inoportuno, no es poema, así de tajante; se cierra con el endecasílabo "si pudieran tus versos ser los últimos", verso que le va a servir de título, con una ligera variante (el posesivo se cambia  a primera persona) para el magnífico soneto "Si pudieran mis versos ser los últimos", penúltimo del libro. El soneto se abre y se cierra con idéntico verso: "Si esta noche muriera no lloréis" y está dedicado a Nuria, la misma persona que se esconde en el acróstico de "Dedicatoria" en Cerrar los ojos para verte. Estos guiños son marca de la casa.


Es verdad que Rodrigo Olay sigue a sus modelos y de ellos toma préstamos o, simplemente, los usa como plantilla. Así Jaime Siles en "La Mancha 2010. Fotografía"; Miguel d´Ors en "Acción de gracias" y en algún otro poema como "Barcelona"; Jorge de Sena en "Amorecer" o José Luis Piquero en "La hija del hombre maldito" (poema que en la plaquette en la que adelantara 15 poemas de este libro llevaba el título de "La hija del drogadicto"; el cambio lo hace más piqueriano, si cabe); Blas de Otero y hasta el autor o copista Per Abbat en ese "de los sus ojos tan fuertemente llorando", del soneto "A la corte de Antíoco ha llegado un viajero". Pero es en "La búsqueda" donde el lector atento descubre al modelo, Ángel Gonzalez y el poema con el que éste inicia Sin esperanza, con convencimiento, del que Olay reproduce dos versos completos y parte del verso de arranque. Sin embargo, lo que pretende el poeta no es tanto la imitatio cuanto darle la vuelta al poema del maestro desde el cambio de sus propios presupuestos. Toma el poema de A. G. como pendant para decirle: ahora, maestro, es más necesario luchar por la belleza que defender a los que no tienen voz; el poema se centraría en la búsqueda de la belleza sobre todo lo demás:  "No hay más revolución que la belleza / y quien hace el amor se compromete / del lado de la luz, contra la sombra". Más abajo, concluyendo los versos del maestro, pero usándolos pro domo sua, dice: "Canto lo que perdí, por lo que muero. / ¿De verdad que no es la belleza, ahora, / en este tiempo hostil, propicio al odio, / más necesaria de lo que fue nunca?"

Es importante en este poema el juego de voces más o menos cercanas que, a modo de interlocutores, le reprochan su fría y distante actitud. Creo que a este respecto merece comentario también el poema ya citado "Acción de gracias", ejemplo de esa prodigiosa capacidad lingüística que exhibe Olay en circunstancias especiales. Se trata de un largo poema amoroso, de tono coloquial, con divagaciones y pequeños detalles minuciosamente cuidados. El modelo es inequívoco: Miguel d´Ors. El poeta es consciente de que el tema del amor y el de la felicidad tienen muy corto vuelo poético y que estos poemas son proclives a la falacia y al ternurismo ramplón, lo sabe y juega con ello al modo dorsiano: "Escúchame. Ven. Eso. / Hay tanto que quisiera decirte aquí, que es donde / todo es limpio y hay tiempo... / Pero dudo que fuera a tolerarlo / un poema. Ya sabes: con la felicidad / no cuaja bien la letra y bla bla bla / y la cursilería -o la pathetic fallacy – y la línea inicial de  Ana Karenina / o lo pobres que suenan los versos que se entienden". Con clara referencia al último verso a esa  poesía de línea clara propugnada por Luis Alberto de Cuenca (por no recordar el arranque de la novela de Tolstoi: "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera").

En este arte divagatorio, de tono coloquial plenamente controlado, encontramos una nota curiosa en la poesía de R. Olay: la autocita o el toque autorreferencial. En un momento dado del discurso poético, el lector atento se percata de que esa parte de la historia que nos cuenta la desarrolla como tema principal en otro poema del mismo libro o del anterior: cuando dice "y que lo cambiaría todo, todo, / por volver hay contigo a Barcelona / siete días de julio del año 2011 /... todo por la noche de Granada". Si vamos al poema "Barcelona" (p. 23), encontramos aquellos inolvidables días como tema. Otra cita geográfica, más abajo, de un viaje a La Manga: "antes de irte a La Manga tres semanas / (como si no volviera a verte nunca)", ese viaje es el tema del poema "La Manga. 2010. Fotografía", una soberbia octava real con vistosos juegos paronomásicos y calambures. Más adelante nos topamos con otra referencia, esta vez a un poema de  su primer libro: "Pero quiero decirte, y que lo sepas / (esto mismo lo puse ya en "Canción de aniversario"), algo / que importa que recuerdes". Esta "Canción de aniversario" es también un largo poema de amor de tono garciamonteriano donde, al final, encontramos el verso que da título al libro. Esta técnica autorreferencial que usa también en los títulos de algunos poemas (ya señalamos que el penúltimo poema del libro "Si pudieran mis versos ser los últimos" no es más que una ligera variante del último verso de "Poética", segundo del libro) es un elemento más de cohesión temática de su poesía, el mundo olayano queda así patente y personalizado.

Junto a magníficos ejercicios de virtuoso (y no hay nada más que mirar el muestrario de sonetos en  sus modalidades, la exhibición de imágenes o el poema en bable, con su versión castellana, titulado "R.V.", dedicado a su padre) hay, también, en Rodrigo Olay un potente poeta erudito que acierta a transformar sus lecturas en poemas celebratorios. Encontramos en este registro, entre otros, dos poemas que por sí solos bastarían para mostrar a los alumnos de una clase de literatura española cómo se usa la tradición en las distintas épocas y cómo se convierte en espléndida poesía. Uno de esos poemas es "Diffuger nives" donde un alumno cuenta como "aquel viejo maestro solitario" (se refiere al erudito poeta clásico Alfred Edward Housman) en vez de darles la clase que tocaba aquel día -un comentario del Astronomicón de Manilio- prefiere leerles "unos pocos versos / escritos en el siglo primero antes de Cristo". Se trata de la Oda VII, del libro IV de Horacio, y aquí aprovecha el poeta para ofrecernos su versión: "El manto que cubría los hombros del invierno / se ha ido deshaciendo y las nieves de antaño / son de pronto un camino rumoroso / de aguas puras corrientes...". Importa mucho la estructura del poema, cómo lo va armando con base en las voces principales para ofrecernos su versión de un texto clásico latino en la voz de un reconocido poeta inglés."Voyage autour de ma chambre" es, a este respecto, más erudito, si cabe. El poema todo es un comentario a la versión que da Feijóo, en su Teatro crítico universal, de un verso del libro primero de la Eneida: "Ex templo Aenea  solvuntur frigore membra: / ingemit". En un sabio repaso de la traducción al castellano de la Eneida, nos va ofreciendo las diferentes versiones que los especialistas y poetas han dado a ese verso.

Pero al lado de estos poemas eruditos y al de ejercicios de virtuoso encontramos al poeta intimista y personal que canta a la familia y al amor sin olvidarse de la amistad y de la muerte. "José" es un estupendo poema dedicado al abuelo, que logra evocar con candor y temblor los primeros días de verano de la niñez en cómplice amistad con hermanos y amigos. "Historia de amor" es un poema-sorpresa pues el lector no sabe que está hablándonos de su madre hasta que no llega al último verso. "1965" es un soneto construido por acumulación de términos sueltos, sin trabazón alguna, rotos y sin signos de puntuación, como si fueran lemas de un tiempo pasado en una aldea lejana en los tiempos en que su padre era niño. "Oficio de tinieblas" y "R.V." (del que hablamos arriba como ejercicio de virtuosismo) son dos magníficos poemas dedicados a la muerte de seres queridos: el primero pivotando en la repetición anafórica del adverbio exclamativo "cómo"; el segundo es un espléndido poema del recuerdo y de la ausencia en el bable tierno de la infancia.

Todas estas voces, toda esta riqueza lingüística es la de un joven poeta dotado como pocos para su oficio. Es previsible que, por su curso natural, sabrá adaptar toda esa riqueza a una plantilla propia, a su medida, y usar ese virtuosismo y erudición para profundizar en esa veta personal que queda un poco perdida entre tanto asombro y maravilla.

JOSÉ LUNA BORGE.
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO