14 diciembre, 2005

ARTÍCULO

Decía el cineasta François Truffaut que ningún niño, cuando se le pregunta qué quiere ser de mayor, responde: "crítico de cine". Seguramente, lo mismo podría decirse del oficio de articulista: a lo sumo, el interpelado diría que quiere ser periodista, o escritor, o puede que poeta. Todos ellos, oficios más o menos prestigiosos, aunque por distintas razones. La de articulista, en cambio, pertenece a ese amplio limbo de las profesiones a las que se llega por casualidad, por conformidad con las circunstancias, por un desvío de la vocación. Que luego la asumamos con orgullo y la ejerzamos con entusiasmo, no son sino avatares de la voluble naturaleza humana, trucos de nuestra infinita capacidad de adaptación.

Así que se es articulista, en principio, por accidente. Hay un hueco en la página y el director del periódico le encarga a alguien que lo llene. ¿De qué? De lo que sea, aunque, según la condición de la persona que recibe el encargo, cabe esperar de ella cosas distintas. Si es un periodista al uso, se supone que hará comentarios sobre la "actualidad". Desde la impunidad de su mesa de trabajo, este redactor hasta ahora anónimo se sentirá revestido de un extraño poder, que le autoriza a enmendarle la plana a los poderosos o a proponer soluciones para viejos problemas enquistados desde hace décadas. Por el contrario, si el recién investido columnista es un "experto" en cualquier rama del saber humano, se sentirá inmediatamente obligado a explicar al profano los intríngulis de su ciencia y a hacer comprensibles los hechos recientes relacionados con la misma. A veces, claro, la relación entre el experto y el asunto comentado es meramente nominal: milagrosamente, un arabista local, pongo por caso, que se gana la vida enseñando el alfabeto árabe a los alumnos de los cursos comunes de una facultad de filología, resulta ser la persona más adecuada para comentar la última crisis política en Oriente Medio. Pero admitimos la posibilidad de que este apacible profesor mantenga una curiosidad activa hacia los asuntos de actualidad relacionados con su campo; igual que, en la práctica, aceptamos que un modesto redactor pueda poseer la clase de saber universal necesaria para opinar sobre todas las cuestiones.

A veces, también, el director del periódico se acuerda, para estos cometidos, del nombre de un escritor. Pueden ocurrir entonces dos cosas: que se le exija que haga lo mismo que el periodista o el experto; o que, en virtud de los privilegios que habitualmente se asocian con su condición, se le dé manga ancha. "Escriba usted sobre lo que quiera, para eso es escritor", se le dice. Y, de pronto, al lado del severo editorial y de las crónicas sesudas sobre las graves cuestiones económicas, políticas y sociales que preocupan al lector responsable, vemos una gacetilla sobre, pongamos, la llegada del otoño, o sobre las jaquecas de quien la firma, o sobre la conveniencia de estar –cito a un conocido poeta americano- versado en las cosas del campo...
Hay quien justifica esta intromisión con el argumento de que esa clase de columnas "literarias" cumple también su función: distraen al publico, sin abrumarlo con la seriedad de las grandes cuestiones. Pero, ¿acaso la función de los otros artículos no es también distraer? ¿O de veras se sienten llamados sus autores a solucionar los grandes problemas, a dilucidar sus claves, a "crear opinión"?

En las asociaciones de periodistas, me consta, no quieren ver ni en pintura a los columnistas "literarios". Será, digo yo, porque nos consideran unos impostores. Sin embargo, no hay más remedio que señalar un hecho evidente: todos los columnistas, sean del género que sean, son básicamente escritores de ficción. Todos inventan, como mínimo, un personaje: la voz que habla en sus artículos. Y no vale decir que esa voz es la de la persona civil que firma la columna: en la vida real, ya digo, ese avezado analista da clases en una facultad, o redacta comunicados de agencia, o escribe endecasílabos y novelas. Para escribir en los periódicos, para hacer gala de esa mezcla de desfachatez, sentido común e irresponsabilidad que exhiben los columnistas, han tenido que inventarse a sí mismos como portadores de esa voz. Y en eso, qué duda cabe, lleva mucha ventaja el articulista literario –ya sin comillas-: él es el único que, desde el principio, no se ha llamado a engaño, ni engaña a sus lectores; el único que admite que la llegada del otoño, por ejemplo, influye tanto sobre el ánimo colectivo como la subida del petróleo; el único al que la jaqueca, pongo por caso, dicta un artículo sobre la jaqueca, y no algún sombrío pronóstico político.

No es de extrañar, por tanto, que la verdadera actualidad española de los últimos cien años sea la que recogen las plumas de Azorín, Pla, Xammar, Cunqueiro, Chaves Nogales, González-Ruano, Umbral o Camba. Uno de ellos dijo que lo difícil no era explicar el último cambio de gabinete, sino dar cuenta del vuelo de un pájaro. La dificultad de explicar la realidad, después de todo, no es más que un problema estilístico. Y el articulismo es también eso: un inmenso taller de estilo, a la vista de todos. Lo que no quiere decir que su mecanismo sea transparente: ¿alguien sabe en qué reside la magia de las páginas de Camba? Sin embargo, las leemos una y otra vez y constatamos que en ellas funciona un mecanismo tan preciso como el del soneto, por más que parece mucho más fácil pergeñar un soneto pasable que una página alada como las que escribía el admirable articulista gallego. ¿Y quién pondera su ligereza, su gracia? Hay miles de tesis doctorales sobre los procedimientos creativos de, pongamos, Valle-Inclán: que si los "espejos deformantes", que si el "esperpento", etc. ¿Acaso alguien ha explicado satisfactoriamente el humor de Camba, la melancolía de González-Ruano, el inconmensurable distanciamiento que dicta las cuartillas de Pla o Azorín?

El destino de esos textos, ya se sabe, es siempre el mismo, sea cuál sea la condición de quien los escribió: envolver un pescado, ahorrarle manchas al pavimento. Cuántos lenguados habrán llegado del mercado envueltos en la prosa de González-Ruano, cuántas pisadas les habrán ahorrado a los zaguanes españoles las páginas de Camba...

Y, sin embargo, han aguantado mucho mejor que otras obras de más empeño.
J.M.B.A.
(Publicado en Quimera nº 263/264, noviembre 2005, pp. 21-22)