27 diciembre, 2005

CARLOS MARZAL



Aún recuerdo la llegado a mi buzón del primer libro de Carlos Marzal. Venía en un envío de tres que me hacía llegar la editorial Renacimiento. Lo acompañaban, si no recuerdo mal, un curioso, extraño libro de Lorenzo Martín del Burgo y otro de Luis Alberto de Cuenca. Si recuerdo este envío como si estuviese abriendo ahora el paquete, es porque, en cierto modo, fue para mí una especie de plasmación física y gráfica de los empeños en los que andaban algunos poetas que empezaban a destacar por aquel entonces. A diferencia de los otros libros de la colección Renacimiento, éstos tenían una llamativa portada ilustrada en color con imágenes que recordaban las ediciones de principios de siglo, y que rompían esa especie de afán de sosa exquisitez que todavía caracteriza a tantas colecciones de poesía. Para mí, ya digo, esos libros encarnaban la imagen de lo que iba a ser la nueva poesía, la que se estaba abriendo paso a lo largo de toda la década de los ochenta: lo que luego se llamó, en expresión no del todo afortunada, "poesía de la experiencia".

El último de la fiesta, en efecto, tenía mucho en común con esa tendencia: su tono conversacional, la preocupación por el acabado formal del poema, los ecos de Gil de Biedma, Manuel Machado y otros maestros predilectos de los jóvenes poetas de entonces, la narratividad, la recurrencia de ciertos ambientes nocturnos urbanos, etc, todo eso era materia común de la poesía que se cultivaba en estos años. Frente a los muchos intentos que ha habido de ridiculizar esta poesía, yo sostengo que fue una reacción sana y valiente a ciertas creencias literarias que todavía gozaban de mucha preponderancia en los manuales, en los suplementos y en las universidades: el culto a la oscuridad, la admiración bobalicona por la experimentación gratuita, la entronización de las "vanguardias" como momento culminante de la poesía contemporánea, el deslumbramiento ante la palabrería, el compromiso social superficial y oportunista, etc. Los jóvenes poetas de los ochenta pensaron, con razón, que esa escala de valores había que cambiarla, que había otras realidades que admirar y que era posible escribir con desenfado y lucidez de asuntos más inmediatos. Que el libro de Carlos Marzal figurase en la primera línea de esa reacción tan sana me parece, ya de entrada, un acierto.

Pero lo que más me llamó, ya entonces, la atención de ese libro era que, pese a las semejanzas con otros libros de la misma época, lo que destacaba de él era la diferencia de tono. No era un libro entregado a la frivolidad gratuita en la que pudieron incurrir algunos poemas de entonces. Por el contrario, predominaba en él un curioso tono hosco, ácido, malhumorado incluso, que anunciaba lo que, durante algunos años, iba a ser la nota característica de la poesía de Marzal: una mirada descarnadamente lúcida sobre la vida y las ilusiones en las que se sustenta.

Esa nota característica se irá afirmando en los libros siguientes, alcanzando su formulación más radical en su tercera entrega: Los países nocturnos. En este libro, no obstante, ya se advierte que la aparente negatividad de la poesía de Marzal encierra muchas preguntas que exigen respuesta. Y es en el siguiente libro, Metales pesados, donde el poeta, con una gran honestidad intelectual, que incluye la asunción de ciertos riesgos, aborda la discusión, que no la resolución, de los problemas existenciales y filosóficos planteados en su obra anterior. Y casi parece que el hacerlo le permite soltar lastre y elevarse a las cimas de puro lirismo que se alcanzan en Fuera de mí, un sorprendente libro de afirmación y de lúcida fe en la vida.

J.M.B.A. Presentación de Carlos Marzal. Delegación provincial de Cultura, Cádiz, 25 de octubre de 2005.