14 diciembre, 2005

CUENTO

ESTO, Y LO CONTRARIO TAMBIÉN


A fuer de sinceros, lo primero sería preguntarse si uno, de verdad, tiene ideas preconcebidas sobre la escritura de cuentos; y si, en caso de tenerlas, las aplica siempre de manera más o menos rigurosa. Lo único que puedo decir al respecto es que hay un puñado de ideas, ajenas todas, que suelo tener presentes cuando me planteo cómo abordar un relato (o cómo defenderlo a posteriori, que también), pero que esas ideas lo mismo me iluminan que me empujan a ese rincón obcecado y contestón desde el que uno se emperra en hacer justo lo contrario de lo que le recomiendan. Así te va, dirá alguno. Y el caso es que hay cosas que piden a gritos ser discutidas. Por ejemplo, esa obsesión con el tono. Sí, claro que hay que encontrar un tono que defina la temperatura de la narración, la actitud del narrador, su punto de vista... Pero, ¿no sería atractivo jugar a escamotearle todos esos datos al lector, como cualquier conversador que tuviera la intención de embaucarlo? ¿Acaso cuentista –palabra, por cierto, que detestaba de todo corazón ese cuentista inspirado que fue mi paisano Fernando Quiñones- no significa embaucador? También está esa petición de principio que planteó Poe, y que nadie ha rechazado frontalmente: la de que todos los elementos de un cuento deben tender a un efecto único. Nada que objetar, salvo que hay quien confunde efecto único con traca final. Y acaso el objetivo de un cuento, el efecto pretendido, no sea hacer estallar una ristra de petardos al final de su lectura, sino hacerla estallar al principio, pongo por caso, y dejarnos asistir a la lenta disolución en el aire de las volutas de humo que siguen a la explosión. Tampoco hay que confundir efecto único con absoluta prohibición de divagar. Los buenos contadores de chistes, como los buenos cuentistas, saben lo eficaz que resulta adelgazar el hilo de la narración hasta darlo casi por perdido, sin perderlo del todo.

Tampoco debe sobrar nada en un cuento, dicen. Pero, ¿acaso puede sobrar algo en un poema, o incluso en una novela? Puestos a embaucar –o a embaucarse a uno mismo, que para eso sirve escribir cuando no se le ven las orejas al lector, y acaso el lector ni siquiera acude al reclamo de lo escrito-, puestos a embaucar, decía, quizá una buena manera de hacerlo sea dar información del todo irrelevante, o que sólo deje de serlo en el momento justo de dejar absolutamente clara su irrelevancia, después de haber llevado al lector ¿a dónde? A ese estado de ánimo en el que éste coincide con el autor en la conciencia de haber dejado al descubierto una de las muchas costuras y remiendos que suele presentar la realidad apenas se la examina de cerca. Contar un cuento tal vez sea una manera de palpar esa tela, en apariencia continua, hasta dar con la cicatriz. Y cerrarlo, como decía mi paisano, puede que no sea otra cosa que dar la puntada final a esa labor de costura.

Escribir un cuento: intuir una situación -o un discurso sobre una situación- y llevar al lector a sus nervaduras, a los ejes desde los que esa situación podría volverse del revés. No por ambigua –la ambigüedad forzada, como todos los trucos del ingenio, no hace muchas veces sino ocultar la falta de ideas-, sino por inabarcable y compleja. Porque un cuento, en contra de lo que dicen los ingenieros del género, nunca está terminado del todo, nunca agota su materia.

Quedaría por dilucidar de qué materia están hechos los cuentos –o, digámoslo ya, para no disgustar a quienes prefieren la palabreja, relatos-. La misma que la de todos los demás géneros literarios. El tiempo, sobre todo; y el amor, y la muerte. De eso está hecho Dublineses de Joyce. O los contradictorios cuentos largos –long short stories- de Henry James. De eso están hechos los padecimientos de esos personajes anodinos que Borges pone de contrapunto a sus ensueños metafísicos: el inefable poeta Carlos Argentino, por ejemplo, más consistente en su banalidad que el imponente aleph que le permite abarcar la totalidad de lo existente para componer un poema que a mí siempre me ha parecido una premonición burlesca del Canto general... Materia, si acaso, abordada desde un punto de vista en el que predomina la perplejidad. Sin excluir la imprescindible ternura –que no el ternurismo-, esa salsa con la que están condimentadas todas las obras literarias que el lector, además de admirar, ama.

Escribir un cuento, en fin, tal vez requiera tener fe en muchas cosas y, a la vez, una decidida vocación de apóstata de esas mismas creencias. Lo mismo puede decirse de la lectura de cuentos. Los que nos dedicamos a esto a veces fingimos extrañarnos de ser poco leídos. Porque un cuento, decimos, que se lee en pocos minutos, parece el género ideal para ese lector moderno al que, piadosamente, le atribuimos una sola carencia: la de tiempo. Eso decimos, y no mentimos. Pero en el fondo sabemos que esos minutos exigen mucho. Y que no todo el mundo está dispuesto a un esfuerzo de concentración tan intenso y tan breve, no todo el mundo está dispuesto a abandonar, a cambio de una emoción resuelta en pocos minutos, sus preocupaciones y obsesiones, ese duermevela zumbón que persiste incluso mientras leemos según qué, o escuchamos música, o vemos una película. Si el escritor de cuentos, como se ha dicho muchas veces, es un corredor de velocidad, el lector está obligado a correr tanto como él. Se comprende que, en muchos casos, éste prefiera pasearse del brazo de un novelista. Siempre que no sea, claro está, uno de esos novelistas cuya prosa parece tocada de esa tensión especial del cuento, que no conciben página o capítulo que no tenga esa intensidad, ese acabado. A uno le gustan, precisamente, esa clase de novelas, normalmente breves. Pero aquí entraríamos en la defensa de otra causa. Mejor dejarla para otra ocasión, para otro libro.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA


(Publicado en Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español. Edición y selección de Andrés Neuman. Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2002. pp. 65-67)

(Un cuento mío publicado en la red.)