14 diciembre, 2005

POESÍA

Hay dos maneras de hacer una poética, y me temo que desde hace meses, o años, no me veo con ganas de abordar este extraño género de ninguna de las dos. "Te lo advertí", me dice un amigo bien intencionado. "Después de pasar las fatigas de escribir una novela, de traducir otra y de ir pensando en el argumento de una más, los poemas, si salen, salen por pura casualidad, y uno no tiene ni idea de qué decir si le preguntan cómo los ha hecho, o qué efecto buscaba conseguir al hacerlos". Mi amigo, después de todo, es amable. Todavía me reconoce la capacidad de escribir algún poema nuevo, aunque sea por casualidad. A su manera, también me indicaba esas dos maneras de abordar una poética que mencionaba al principio, a saber: haciendo una declaración de intenciones más o menos sincera, o una descripción honesta de los trucos que uno emplea a la hora de escribir un poema. Últimamente, ya digo, ambas cosas me resultan muy difíciles. Tener "intenciones" a la hora de escribir un poema puede ser útil cuando la búsqueda de algún efecto concreto constituye, en sí misma, un acicate para escribir y para ser autocrítico con lo que se escribe. Si uno sueña con que sus poemas tengan un determinado tono, por ejemplo, uno tacha, reescribe y rompe cuanto haga falta hasta que empieza a reconocer en sus poemas ese tono buscado (que no tiene por qué ser original, dicho sea de paso: hay quien aspira, consciente o inconcientemente, a que sus poemas tengan el tono de otro autor). Yo conservo ese prurito, no sé si propio de principiantes, pero cada vez me resulta más inútil. Tener un tono -y eso me lo han enseñado quienes han escrito cosas de mayor enjundia y empaque que las mías- puede ser como tener en casa la maquinita de los billetes falsos: cosa de darle a la manivela, a ver qué sale. En cuanto a los procedimientos, los trucos del oficio, difícimente puede uno extenderse sobre ellos cuando empieza a comprender que lo mejor de sus poemas (sean éstos, en su conjunto, buenos o malos) se lo debe no tanto a la presunta sabiduría técnica de su autor como a sus limitaciones. Verán: a esa veintena de lectores fieles que uno debe tener en todo el país (contando a su mujer y a los amigos más incondicionales) les gustan de mis poemas, no lo que yo haya podido imprimirles a costa de esfuerzo retórico, sino lo que en ellos resulta inevitable, dada mi forma de ser: el distanciamiento, el rebuscamiento analítico, una cierta frialdad. A mí no me gusta ser distante, ni frío, ni rebuscado. Si pudiera elegir, a lo mejor preferiría ser emotivo, ingenioso, etc. O que, por lo menos, lo fuera mi poesía.

Me temo que, sin querer, he dado con una tercera manera de hacer una poética: la confesión de las limitaciones del que escribe. Puestos a seguir este tercer camino, les voy a confiar un secreto: me resultaría imposible escribir un poema sobre aquello que no me concierne, o que no conozco, o que no he vivido, siquiera sea de manera más o menos indirecta (observen que he dicho "un poema": para un artículo o un ensayo, incluso para una novela, uno siempre puede documentarse); e, igualmente, me resultaría imposible escribir sin atenerme a esas pautas de autocontención que la tradición generosamente nos ha legado: la métrica, el ritmo, la idea de poema como texto redondo, autosuficiente y, por complicado que sea, comunicativo y comprensible. Éstas son mis limitaciones. Sé que hay quien piensa que la poesía debe seguir ("explorar", dicen ellos) otros caminos, e incluso conozco a quienes lo han hecho maravillosamente bien: Apollinaire, el Lorca de Poeta en Nueva York, Gerardo Diego cuando escribe ese extraño y divertido poema que se titula "Gesta"... También hay quien piensa que tener una práctica poética, llamémosle, conservadora (quiero decir; métrica y discursiva) implica profesar una doctrina estética que niegue todo acierto literario que pueda insertarse en esa otra tradición que inauguraron las vanguardias. En mi caso no es así. Me pregunto, incluso, si esas dos tradiciones no son, en realidad, una misma, y si en un poema, digamos, idealmente perfecto no acabarían por superponerse ambas: piensen, por ejemplo, en ese soneto de Góngora que empieza: "Descaminado, enfermo, peregrino", cuya suma de puras sugerencias visuales no hubiera desdeñado Pound cuando teorizaba sobre el "Imaginismo"; o en los finales contundentemente "clásicos" de los poemas surrealistas de Cernuda.

En fin, las líneas que anteceden no dejan de ser, mucho me temo, una declaración de intenciones y una enumeración de procedimientos. Justo lo que me resistía a hacer. Contad si son catorce, y está hecho.
JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA


(Publicada en la La plata fundida, 1970-1995. Veinticinco años de poesía gaditana. Edición de Alejandro Luque de Diego. Quórum Libros Editores, Cádiz, 1997. pp.167-169)

Algunos poemas de José Manuel Benítez Ariza disponibles en Internet:
Canción de Navidad