27 diciembre, 2005

UN RARO

Espera uno con curiosidad los fastos del cuarto centenario del Quijote: a ver qué hacen (qué hacemos) con el pobre Cervantes esta vez. Hasta ahora, no hemos llevado muy bien eso de que otros nos descubrieran que habíamos criado un genio de la literatura... Digo bien: uno de esos tres o cuatro autores (no hay más) capaces de meter todo lo que emociona, divierte, preocupa y asusta a la humanidad en un solo libro. Al suyo sólo lo igualan el díptico que forman la Ilíada y la Odisea, esa extraña y fascinante construcción que conocemos como Divina Comedia, y el ciclo teatral completo que imaginó su coetáneo William Shakespeare. No hay más. Fueron precisamente los ingleses los primeros en darse cuenta de la grandeza del libro que había parido un escritor que, por aquel entonces, era súbdito de la potencia enemiga por antonomasia, la misma que les había mandado la Invencible y parecía estar, según la propaganda de la época, detrás de cada epidemia, incendio o conspiración "papista". Dos novelistas ingleses, Sterne y Fielding, demostraron que la lección de Cervantes no sólo resultaba efectiva en la obra del español, sino que constituía una actitud ante la vida (y, por tanto, un modo de novelar) que merecía la pena imitar y aprovechar. En España tardamos algo más en darnos cuenta. Asombra constatar que, hasta Galdós, no hay un solo autor español en el que pueda apreciarse el influjo de Cervantes. Y aún con el ilustre novelista canario, cabe pensar que el espíritu cervantino que anima sus novelas, que esa especie de ecuanimidad bienhumorada ante la vida y sus carencias, es más fruto de su talante personal, un accidente de la psicología, que un aprovechamiento consciente de la lección del autor del Quijote.

Y así seguimos hasta hoy. Cervantes ilumina tal o cual página de Unamuno, Azorín u Ortega, orea las historias de Baroja o inspira directamente la prosa de algún contemporáneo nuestro sobre el que aún es prematuro pronunciarse. Pero, estrictamente hablando, no ha creado escuela entre nosotros, sigue siendo un escritor-isla, un "raro", un objeto de polémica y fascinación. Nuestros eruditos y académicos no pueden con él: para ellos, los clásicos vienen dados de dos en dos, enfrentados como espadachines o luchadores de sumo; y la misión de sus vidas académicas no es otra que ahondar en las razones de ese antagonismo (Lope contra Calderón, Quevedo contra Góngora) y decantarse, a la postre, por aquel que más fácilmente se deja colgar una ristra de medallas al mérito nacional: Lope antes que Calderón, Quevedo antes que Góngora... Y con Cervantes no ha habido nada que hacer: no hace dúo con nadie, no hay a quien oponerlo; sólo cabe aislarlo en una contraproducente gloria escolar, esgrimirlo (como hizo nuestro actual presidente del Gobierno) en un discurso de investidura, ensalzarlo, como si fuera Agustina de Aragón o el héroe de Cascorro, ante la galería de los que no leen, ni van a leer jamás, por mucho que se les insista... En fin. Qué mas quisiera uno que, pasado 2005, el país se hubiera vuelto más cervantino; es decir, más humano, más ecuánime, más respirable, más sereno. Pero uno está ya escamado y se teme siempre lo peor.

J.M.B.A. Publicado en La Voz de Cádiz, enero 2005