20 enero, 2006

EN LA CUERDA FLOJA

EN LA CUERDA FLOJA

Prólogo a La cuerda floja, de Manuel J. Ruiz Torres, colección Fuente Nueva, FMC, Algeciras, 2004

No le he dicho a mi amigo Manuel J. Ruiz Torres que escribir prólogos es oficio de optimistas. Y no es que yo haga profesión de lo contrario, pero lo cierto es que me cuesta asumir esa especie de amable voluntarismo del que echan mano los prologuistas avezados para pregonar las bondades de un libro y desearle toda clase de venturas. Y no porque me cueste reconocer el mérito de algunos de los que llegan a mis manos, todo lo contrario, sino precisamente porque no acabo de encontrar una relación clara entre la evidencia de esos méritos y la suerte que el libro vaya a correr. Poco espacio, en fin, para esa tierna labor que los prologuistas suelen asumir tan gustosamente, en aras de una amistad que el público con frecuencia malinterpreta. Tampoco creo que exista una fórmula del éxito, a la que puedan acogerse sin más los deseosos de obtenerlo y, por qué no, el prologuista encargado de encomendarlos a sus presuntos lectores. Para triunfar no basta con proponerse ser simple o banal, no basta con renunciar conscientemente a ciertos primores del oficio o a los rasgos propios que puedan desconcertar o incomodar al lector. Para contribuir a la general confusión, además, hay escritores primorosos y relativamente intratables que saben triunfar tan bien como el más desmañado, adocenado y complaciente de los oportunistas. Y hay muchos de esta última clase que no consiguen llevarse jamás el gato al agua, por más que imiten las fórmulas en las que creen basado el éxito de otros. De modo que no vale aguar el vino propio para triunfar, como tampoco sirve de mucho, a esos efectos, pretender que cada palabra que se escribe procede de un insondable fondo de bodega, reservado sólo a paladares exquisitos. En esta lotería, en fin, de la fortuna literaria, un prologuista sirve para lo mismo que esos denodados pendolistas que redactan las etiquetas de los vinos: por mucho que se esfuercen en destacar los matices afrutados del caldo o la persistencia de los taninos (¿qué demonios quiere decir eso?), jamás logran convencer a nadie, y mucho menos ganar compradores para el vino en cuestión. La mayoría de las veces será el azar, o el precio, o alguna gacetilla leída en alguna página gastronómica, lo que decidirá la compra. Sólo en algunos casos, pocos, el factor decisivo será el paladar propio del presunto comprador, previamente formado en la cata de muchos vinos. Sólo ese degustador convencido de antemano podrá juzgar si la nota de la etiqueta es justa, si esos matices afrutados o esos taninos persistentes son verdaderamente dignos de ser destacados. Tal es la suerte del prologuista: convencer de las bondades del vino a quien ya se lo ha tomado.

Más arduo aún es esto de defender una causa perdida, la del cuento o relato: por mucho que nos empeñemos quienes cultivamos el género, el éxito les está reservado a los novelistas (a algunos) y el prestigio a los poetas (a algunos también). Los defensores del cuento suelen aferrarse a un argumento que a mí no deja de parecerme desesperado: en esta época de presuntos lectores sin tiempo para leer, la narración breve habría de ser el género predominante, el que mejor se adapta a las condiciones de ese hipotético lector que sólo puede dedicarle a la lectura unos minutos en el autobús o antes de dormir... Yo siempre he pensado que éste es el peor argumento posible para defender el cuento: en las circunstancias apuntadas, ningún lector se sometería a la tensión de tener que aprehender en pocos minutos las claves de una narración, los rasgos de sus personajes, sus matices y contradicciones. Ningún lector que sólo disponga de unos minutos está dispuesto a emplearlos en semejante esfuerzo, como ningún hombre cansado de trabajar preferiría correr un sprint en vez de dar un largo y relajante paseo.

Ojeando este libro de relatos de Manuel J. Ruiz Torres y los dos que le han precedido (Atributos masculinos, de 1998 y Foto en la luna, de 2003), la primera conclusión a la que llegamos es que su autor ha discurrido lo suyo sobre esta ardua cuestión del tiempo interno del lector, del tiempo que éste está dispuesto a dedicar a interiorizar una narración exigente. Todos los libros de cuentos de Ruiz Torres juegan con diversos tempos narrativos y longitudes de relato. Y todos están rematados por un relato largo o novella, en el que el lector es sometido a esa sensación, entre deliciosa y angustiosa, de desgranar una historia compleja que tiene textura e intensidad de relato breve y materia narrativa de novela. A veces pienso que esa especie de oposición latente que existe entre la novela y el relato se debe a eso: a que el relato literario moderno, nacido cuando ya la novela estaba sólidamente asentada como género, pone permanentemente en cuestión los presupuestos en los que se basan las novelas y la confianza despreocupada que los lectores ponen en ellas. La mera existencia del relato hace pensar en la imperdonable ligereza que supone escribir novelas que se leen a ratos, en los preliminares de la siesta o en la sala de espera del dentista. La mera existencia del relato, con su intensidad y su exigencia, delata lo cerca que está la novela (cierto tipo de novela, al menos) de la complacencia y el halago fácil al lector.

Ciertamente, uno no puede o no debe leer las novellas de Ruiz Torres si no es con aliento suficiente para llegar al final en una sola sentada. Sólo así alcanzamos a apreciar el prodigio por el que una narración de extensión media vibra con la intensidad sostenida de un relato breve. Bueno es saberlo, porque hay novelas que funcionan de esa forma y uno debe andarse apercibido para disfrutarlas en lo que valen. A título de ejemplo, vayan Rosaura a las diez de Marco Denevi o El acoso de Alejo Carpentier. No me extrañaría que Manuel J. Ruiz Torres nos sorprendiera alguna vez con una novela de ese tipo. Y no porque hubiese llegado a escribirla después de un largo aprendizaje como escritor de relatos, que es lo que suele esperarse de quienes cultivan el género breve, sino porque su prosa narrativa tiene ya esa tensión inconfundible del relato, y no cabe imaginarse a su autor renunciando a ese logro para escribir una novelita complaciente.

Valga lo dicho sobre extensiones, tiempos e intensidades como sugerencia de que, aunque la textura de muchos de sus cuentos parezca de un realismo tradicional, minucioso y bien documentado, Ruiz Torres no ha renunciado nunca a la necesaria vocación experimental a la que el relatista no puede renunciar. Lo que sucede es que, como los buenos cineastas, como John Ford o Howard Hawks, Ruiz Torres sabe ocultar su condición de paciente artesano y técnico competente bajo el disfraz, en apariencia más inocuo, de buen contador de historias. De historias, que no de chistes o de gracietas más o menos ingeniosas, que es en lo que andan ocupados hoy tantos cultivadores profesionales del cuento. De historias con fondo y asunto recurrentes, que le llevan a organizar sus relatos en colecciones temáticas bien estructuradas, como el mentado Atributos..., por ejemplo, centrado en la masculinidad vulnerable y difícil; o como Foto en la luna, que presentaba un abanico variopinto de historias, casi todas de amor, marcadas por la importancia del aquí y el ahora: los viajes del hombre a la luna, el exilio español, la inmigración africana en el Estrecho, el paso de Trotsky por Cádiz o los viejos vapores de línea hacia América proporcionaban fecha, lugar y razón de ser a humildes peripecias personales que, de no haber sido rescatadas o imaginadas por Ruiz Torres, apenas lograrían alzar contra la maciza concreción de la Historia y la Geografía su intransferible condición de únicas, evanescentes, olvidables.

Frente a la importancia del aquí y el ahora en aquella colección, llama la atención la práctica supresión de esos determinantes en los relatos que componen La cuerda floja, el libro que motiva estas líneas. No quiero decir que el autor haya sido incapaz de situar sus historias en un marco temporal y espacial creíble: sin eso, todo relato tiende al esquematismo de la fábula, y ya se sabe que no hay nada más antipático que una fábula descarnada, y que ese esquematismo es el que abre la puerta a lo más insoportable de las fábulas, la moraleja. Los cuentos de Ruiz Torres jamás corren el peligro de convertirse en fábulas. Tampoco tienen moraleja, aunque sí rezuman una cierta moral noble y escéptica, muy acorde con el talante de su autor. A lo que han renunciado, en definitiva, las historias de La cuerda floja es a ceder el más mínimo protagonismo a las grandes fechas y a la reconstrucción histórica, sustituidas ahora por modestas efemérides íntimas y por las subjetivas geografías en que se instala el sueño, la ilusión y la memoria de los personajes. "Acróbatas" y "Recordatoria", por ejemplo, presentan dos maneras de revivir un pasado intransferible: repitiéndolo ritualmente, como hace la pareja protagonista del primer relato, o interiorizándolo hasta recuperar indicios ambiguamente dolorosos, como ocurre en el segundo, lo más parecido a un relato "de época" que hallamos en este libro. Con estos mimbres ilusorios, fantasías y rituales íntimos se teje esa espinosa trama que los enterados llaman "identidad": así, en "Satay", un malayo nacido en Madrid puede soñar con reencarnarse en el espíritu de Emilio Salgari, el escritor de novelas exóticas que nunca puso el pie en Asia. Tampoco ha puesto aún el pie en Europa el protagonista de "Horizontes lejanos", que, antes de cruzar el Estrecho en una patera, sueña ingenuamente con llegar a una utopía acogedora. No hay moraleja en este relato, por más que la fantasía del inmigrante nos parezca más razonable que la injusta realidad. A veces, sólo a veces, nuestras fantasías tienen la sanción de la justicia. Pero eso no basta para hacerlas más sólidas o factibles.

Tanto el malayo como el africano, decíamos, se encomiendan a un tiempo ilusorio. Y eso es lo que tienen en común con los demás personajes de este libro: a fuerza de inventarse el pasado y el futuro, o de situarlos en un mismo limbo, acaban por no saber dónde tienen los pies, o en esa "cuerda floja" a la que alude el título: en una situación a la vez precaria y salvadora. El impresentable vecindario de "Perrera", por ejemplo, es capaz, en último extremo, de coincidir en un leve rasgo de sensibilidad compartida. El protagonista de "El jardín de las hortalizas" encuentra en la agorafobia los límites de su propio paraíso inventado. Y la novella que cierra la colección, un caso policiaco que podría haber resuelto el padre Brown de Chesterton o el "Plinio" del hoy poco leído Francisco García Pavón, pero que Ruiz Torres encomienda a un escéptico sargento de la guardia civil, también presenta una situación en que el ingente esfuerzo de cierto personaje por reinventar el pasado le lleva a olvidar o ignorar un presente en el que lo que se quiere ocultar no tiene ya importancia alguna... Lo más inquietante del número circense de la cuerda floja, ya se sabe, es que cruzarla no conduce a ninguna parte.

En ninguna parte es donde se suele estar al acabar de leer un prólogo. La promesa del libro sigue intacta ante el lector, que no tiene más que pasar página para desvelarla. Ése es su verdadero tránsito en el vacío. Y lo único que el prologuista puede decirle, para animarle, es que lo que encontrará al otro lado, esta vez sí, merece la pena.
JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA