08 enero, 2006

SOBRE FELIPE BENÍTEZ REYES

DESLUMBRAMIENTOS

Tener casi la misma edad que Felipe Benítez Reyes y haber leído su obra conforme ésta iba haciéndose depara al que esto escribe una perspectiva privilegiada sobre el autor y sus libros. Una perspectiva, si se quiere, no del todo desinteresada, y un tanto desviada de lo que se supone que deben ser los intereses de un simple lector. Al lector, como al cliente que acude a un experto en cualquier oficio, le interesan los resultados, y sólo tangencialmente los procedimientos. Al lector que además escribe, como es mi caso, le interesa también el cómo, y mucho, y con frecuencia eso limita su capacidad de disfrute desprejuiciado de la literatura de sus coetáneos, a los que supone ocupados en las mismas cuestiones que le absorben a uno. A mí, en fin, me interesaron siempre las cuestiones de procedimiento que planteaban los escritos de Felipe Benítez Reyes. El que éstos viniesen, desde un principio, adornados de una gracia que les era propia no hizo más que agudizar esa preocupación. Leía uno, pongo por caso, el poema "La juventud", de Paraíso manuscrito, y se decía: "Bien está. Pero artificios como el que sustenta este poema (recuérdese: una desconfiada enumeración de referencias literarias a la juventud, reunidas por quien todavía era muy joven) no admiten la repetición, no alimentan ese catálogo de maneras adquiridas que llamamos estilo, al que todo escritor aspira". Leía uno, digamos, una semblanza sobre Jimi Hendrix publicada en el suplemento literario de un periódico jerezano, y pensaba: "Bien está. Pero el oficio de articulista requiere maneras más sufridas, ese estilo confianzudo del que arriesga una "opinión", y no esta cascada de imágenes y greguerías con las que el autor descarga en el lector sus dudas, sus deslumbramientos, sus estupores". Esta era, más o menos, nuestra reacción al recibir los primeros -y ya logrados- intentos de Felipe Benítez en cada uno de los géneros en los que iba iniciándose. Por supuesto, esta preocupación por la viabilidad de las maneras de otro sólo se entiende en quien también tenía sus dudas sobre la viabilidad de cuanto él mismo escribía; dudas que se hacían aún mayores cuando uno atinaba a escribir algo que merecía el juicio favorable, o simplemente benévolo, de sus escasos lectores. Nada más preocupante para un escritor que un acierto, que siempre amenaza con ser el último que la fortuna le depare.

No sabía uno aún, pero ya empezaba a intuirlo, que Felipe Benítez Reyes no aspiraba tanto a instalarse en unas maneras capaces de deparar "aciertos", como a reinventar todos y cada uno de los géneros a los que se asomaba. Y, efectivamente, acabó por escribir novelas que no se parecían a ninguna otra, y artículos que apenas tenían que ver con ninguno de los modelos de artículo más o menos vigentes, y poemas que hace años ya que escapan a las escuelas y categorías generacionales en las que se quiso encasillar la labor poética de Benítez Reyes desde sus inicios, y relatos que vienen tocados de una magia muy particular, ajena a ese reconocible aspecto de artefacto de relojería que tienen casi todos los ejemplos del género. Léanse, si no, poemas como "Estampa matinal", de su libro Escaparate de venenos, o relatos como "El vendedor de naranjas", de Maneras de perder, o la novela La propiedad del paraíso, o cualquiera de los artículos que Benítez Reyes publica regularmente en diferentes periódicos. Todos los ejemplos aducidos son, en primer lugar, testimonios de que su autor ha preservado, contra esa especie de encallecimiento de la sensibilidad que implica el trato frecuente y crítico con la materia artística, una envidiable y particularísima capacidad de asombro. Que el mundo sea un milagro permanente, maravilloso o atroz, es un mensaje difícil de vender. Y Felipe Benítez lo consigue, entre otras razones, porque, en vez de la retahíla palabrera y trucada del vendedor, es capaz de articular literariamente el discurso maravillado de un niño que ve por primera vez las cosas. A ese vendedor ambulante de zumo de naranja que Benítez Reyes encuentra, o imagina encontrar, en una calle marroquí no le hubiésemos dedicado, sin su mediación, más que una mirada desconfiada de turista cargado de prejuicios; sorprende, en cambio, que un narrador que ha bebido en Borges y en Chesterton sea capaz de contarnos esa sencilla anécdota sin que asomen los modos cultistas o la contagiosa retranca intelectual de sus maestros. También la "estampa matinal" de la que da cuenta el poema del mismo título parece captada como si el autor hubiera podido desprenderse de ese hastío previo que nos vuelve insensibles a la renovación de esa infinidad de pequeños misterios cotidianos con que se inicia cada jornada.
Lo que, en cierto modo, nos sitúa en la misma coyuntura entre admirada y expectante en la que nos colocaban las primeras entregas de Benítez Reyes. Una vez vencido el reto de no parecerse a nadie, de haber hecho de cada género una creación personal, de haber proyectado una mirada inconfundible sobre cuanto ha merecido su curiosidad o su atención, apenas puede uno adivinar a dónde se dirige esta literatura, qué caminos tiene marcados, qué nuevas y felices sorpresas nos reserva su autor. Sí adivina uno un previsible, digámoslo así, destino de clásico de la lengua: algunos rasgos de su estilo pasarán, están pasando ya, al acerbo común del idioma, como ya ha pasado a éste el uso que Borges, resucitando a Quevedo, ha devuelto al verbo "fatigar" (esforzarse desmedidamente en algo). Cuando eso ocurra, si es que ocurre, cabe suponer que su autor estará muy por delante de sus imitadores, encantándonos con nuevas y frescas maneras de recrear el mundo. Mientras nosotros, sus lectores, seguimos haciéndonos las mismas asombradas preguntas que nos hacemos hoy.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Ecuación de tiempo,
monográfico de Litoral dedicado a Felipe Benítez Reyes,
Málaga, 2001. pp. 169-171