09 febrero, 2006

BYRON

EN LA ESTELA DE DON JUAN


Además de modelar su complejo y abigarrado personaje, Byron tuvo tiempo de elaborar una obra poética no menos compleja y abigarrada, de inmediata trascendencia en su tiempo y de largo efecto en la evolución posterior de las letras inglesas y, por extensión, europeas. Resulta complicado intentar formular un juicio más o menos objetivo sobre en qué medida esa influencia sigue siendo palpable en la literatura contemporánea. En la española, sin ir más lejos. Cualquier lector español de poesía recordará las dos estrofas del Don Juan que Jaime Gil de Biedma puso al frente de sus Poemas póstumos, y en las que se enumeran un buen número de temas característicos de la poesía del catalán (los efectos de la “bárbara edad media del hombre”, por ejemplo, o la persistencia del amor en esa edad en la que no se es ni joven ni viejo...). A Gil de Biedma, a Cernuda y, en un registro diferente, a Juan Ramón Jiménez, se les asigna un buen número de ascendentes literarios anglosajones. Sin embargo, entre ellos raras veces aparece el nombre de Byron. Habría que preguntarse por qué. O a qué se debe el que, al hablar de ciertos rasgos de la última poesía española (el tono coloquial, la ironía y autoparodia, etc) los críticos prefieran acordarse de Philip Larkin antes que de Byron. Tal vez lo que los críticos suponen es que ningún poeta contemporáneo ha leído a Byron. O tal vez son ellos los que no lo han leído.

Y el caso es que las aportaciones de Byron gravitan sobre nosotros. Su poesía más típicamente romántica (Manfred, por ejemplo, de 1817) parece desafiar nuestra paciencia, y se nos muestra definitivamente envejecida, por más que un crítico como Harold Bloom insista en defender el entronque de poemas como el citado Manfred o el menos conocido Cain con los temas mayores de la poesía de su tiempo: la conquista del yo mediante una especie de autodestrucción penitencial, y la consiguiente apertura de la imaginación humana a horizontes inconcebibles en su estado anterior... En el lector actual, apresurado y un tanto dado a la condescendencia, posiblemente no hagan gran efecto estas complicadas historias donde el incesto, el satanismo y la parafernalia gótica se alían para mostrar algo que, en el fondo, puede afectar hasta al más humilde de los seres humanos: la desesperación ante los propios límites, y el afán de trascenderlos.

La peregrinación de Childe Harold, publicado entre 1812 y 1818, muestra un Byron que nos es más próximo, aunque no sea más que en su condición de hastiado turista que contempla la enrevesada Europa post-napoleónica desde el prisma de su también enrevesada personalidad. El viaje como recorrido iniciático, si bien nace con La Odisea, encuentra su primera decantación contemporánea en este desigual poema, que hoy se lee bien en fragmentos escogidos.

Pero donde Byron inaugura un tono, una dicción y hasta una manera de hablar de sí mismo que permanecen plenamente vigentes es en su poema Don Juan. Lo curioso es que, literariamente hablando, Don Juan es una regresión, una vuelta a la dicción elegante y desenfadada (y, por lo mismo, ya desacreditada en tiempos del propio Byron) de la poesía dieciochesca inglesa. Sin embargo, Byron acierta al inaugurar un procedimiento que tardará casi otros cien años en adquirir carta de naturaleza en poesía: la reducción del personaje a la insignificancia, el descreimiento hacia la historia y hacia la manera de contarla, y la consiguiente ironía convertida en exhibición descarnada de la subjetividad del autor. En la estela de Don Juan están Corbiére y Laforgue, está todo el modernismo hispanoamericano (que contaba con el antecedente de un buen número de imitadores románticos de Don Juan) y toda la tradición contemporánea que hace de la desconfianza hacia el hecho literario mismo un punto central de sus planteamientos. No podemos ser otra cosa que byronianos (como, en cuanto hispanohablantes, no podemos ser otra cosa que rubenianos). Y casi no lo sabemos.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Diario de Sevilla, suplemento Culturas, 1 de julio de 1999