09 febrero, 2006

CAVAFIS

DEL ORIENTE MEDITERRÁNEO

C.P. Cavafis, Poemas. traducción y prólogo de Ramón Irigoyen, Círculo de Lectores, Barcelona, 1999

Cuentan los biógrafos de Cavafis (Alejandría, 1863-1933) que en casa de éste se hablaba preferentemente en inglés, y que él mismo escribió un puñado de poemas -al parecer, mediocres- en ese idioma. No hubiera sido extraño, por tanto, que este hijo de comerciantes afincados en Londres hubiera terminado, con más razón incluso que el español Blanco White o el polaco Conrad, acogiéndose a la hospitalaria lengua inglesa para escribir su obra. O que, como Pessoa o Nabokov, hubiera repartido su trayectoria literaria entre la lengua que le correspondió por herencia y la que le vino dada por las circunstancias. No fue así. Y, sin embargo, uno sospecha que este poeta de expresión griega le debe algunas cosas a su condición de ciudadano del imperio británico. Buena parte de la poesía del alejandrino celebra un mundo (el de los reinos helenísticos y el helenizado Oriente romano) cuya temperatura vital podemos imaginar similar a la del cosmopolita mediterráneo inglés del siglo XIX. El novelista Lawrence Durrell, que hizo el esfuerzo de reconstruir este vasto telón de fondo en su Cuarteto de Alejandría, acertó al menos en una cosa: en intuir la fragilidad de ese mundo. El mal del siglo -el triunfo de los estados nacionales- acabó por diluir la rica diversidad de las distintas alejandrías que sobrevivían en Oriente: Jerusalén, Nicosia, Beirut... En ninguna de ellas, tal como son ahora -provincianas, fanáticas, cerradas en sí mismas, divididas- imaginamos la figura de un Cavafis paseando por sus calles.

Y si el personaje no parece hecho para este mundo simplificado, tampoco el poeta es de los que se admiten una lectura superficial; que lo reduzca, por ejemplo, a cantor de amores efímeros con efebos o a artífice de estampas culturalistas ambientadas en el mundo griego y bizantino. Tampoco una lectura apresurada, que no vaya más allá de poemas tan contundentes y redondos como “Ítaca” o “El dios abandona a Antonio”, le haría justicia a este gran poeta en el que parecen darse la mano la Antigüedad y el siglo XX.

Porque Cavafis -el Cavafis que todavía puede sorprender, y hasta hacer cambiar de opinión, al lector que padezca alguno de los prejuicios señalados- es un poeta cuya variedad de registros y matices sobrevive, incluso, al inevitable empobrecimiento resultante de las distintas traducciones en las que han venido sirviéndonoslo. No estoy muy seguro de que la que motiva estas líneas sea mejor que otras, pero al menos logra conjurar a ratos nuestra impresión de que los traductores no saben hacer otra cosa con la poesía de Cavafis que prosificarla. O lo que es peor, igualarla a la dicción y maneras de los que, hasta ayer mismo, hacían en España esa poesía que eufemísticamente se tildaba de “cavafiana”: mala prosa partida, rebosante de pedantería y de calentura (la calentura, en poesía, no suele dar buen resultado, sea cual sea el objeto que la provoca).

Y es que Cavafis, decíamos, es mucho más. Junto al poeta de las soberbias estampas griegas o bizantinas encontramos al que canta los recuerdos que no se dejan atrapar (“Lejos”), o al que contempla el mar con el anhelo de dejar a un lado, aunque sea por un instante, la conciencia de sí mismo (“Mar matinal”); al que es capaz de hacer un lúcido balance de su vida en el poema de una mañana (“Desde las nueve”), o anticipa sucesivos autorretratos futuros que coinciden en la aspiración a conjurar la decrepitud con la sabiduría arrancada a la experiencia y a los sentidos. Un poeta, en definitiva, de ineludible lectura, y al que la poesía española ha de pedir disculpas por algún exceso cometido en su nombre.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Diario de Sevilla, suplemento Culturas, 23 de abril de 2000.