09 febrero, 2006


Homenaje a Venecia, 1976


Decía Gaya, en la entrada de su diario correspondiente al 25 de enero de 1953, que, entre las muchas posibles, había al menos dos Venecias muy marcadas: “la de cristal, fantasmal, tornasol, transparente” que vio Turner y “otra un tanto cochambrosa, lujosa, carnosa, casi... realista”, que es la que sintió Tiziano. Y señalaba, a continuación, que uno casi estaba obligado a escoger. De ahí, quizá, el aparente desorden de este cuadro, y la clase de prisa, de urgencia, que induce en la mirada del espectador. Cinco vasijas dispuestas sobre una superficie –una mesa, un aparador, una repisa- de manera poco armoniosa, sí, pero con un orden que les es propio y del que se desprende alguna clase de significado. Una de las vasijas, la más grande, posiblemente un bote para limpiar pinceles, contiene un ramillete de rosas puestas en agua. Las rosas son el centro de la composición y el elemento más estable de la misma. Lo demás –especialmente el muy desasistido lado derecho del cuadro- queda borrado por el torbellino visual en el que se sume el espectador en cuanto acepta el punto de vista del pintor. El jarrón de la derecha casi no tiene asiento sobre la tabla: más bien flota en el aire, en esa nube ajena a toda lógica en la que la realidad se sume apenas queda desplazada de nuestro punto de mira, apenas hemos escogido –recuérdese, era cuestión de escoger- ponernos en el lugar del pintor y apoyar con nuestra mirada esa modesta ofrenda de unas pocas rosas túrgidas y frescas. Estamos en el lado Turner del cuadro, en la Venecia de cristal. Al frasco de las rosas lo acompañan una copa tranparente y una jarrita de una futilidad casi conmovedora. Por ella nos acercamos al otro lado del cuadro, el lado Tiziano, podríamos decir: contundencias y opacidades de cerámica, la otra Venecia. Hay también, entre todas las vasijas, un sutil contraste de categorías, calidades y utilidades: de la delicadeza aérea de la copa a la tosquedad del frasco, de la futilidad de la jarrita a la disponibilidad del lavafrutas. Al fondo, dos vedutte (vistas) venecianas: la de abajo, palpitante de vida callejera; la de arriba (situada, por cierto, en una posición un tanto extraña, sin que podamos decir si está apoyada, colgada o superpuesta a alguna otra cosa que no vemos), mostrando la otra tentación del paisaje veneciano, su querencia natural a ordenarse en volúmenes y juegos de formas casi abstractas. Carnalidad frente a transparencia. Realidad cruda frente a ordenación mental de la misma. Evidentemente, hay maneras de esquivar la elección, y la más honesta es simplemente la de enfrentarse con la mirada clara a todas las alternativas posibles (por más que nuestra mirada, como la de Gaya, se vaya hacia el lado de la transparencia, que es por donde el cuadro se abre y se airea). En cualquier caso, hay un gesto de aceptación en el mero hecho de abandonar la mirada entre esos objetos desordenados. Y, si se quiere, un acto de suprema tolerancia, como los que sólo puede dictar el amor.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Díptico "Los cuadros de las estaciones", 7 de mayo - 20 de junio 2004.
Museo Ramón Gaya, Murcia.