13 febrero, 2006

JANE FONDA

Memorias
Jane Fonda. Trad. Gabriela Bustelo. Temas de Hoy. 2005. 605 páginas

Las autobiografías con frecuencia ponen al reseñista ante un problema de difícil solución: cómo distinguir la opinión que nos merece el libro de la que nos hemos hecho de la persona que lo ha escrito.


Es posible que la vida de la señora Fonda responda exactamente a la trayectoria de redención que muestra su autobiografía, y que muchos de los lectores a los que va dirigida piensen que sus experiencias son emblemáticas de las de toda una generación; pero lo que está claro, al menos para un partidario de la pura narración autobiográfica, es que estamos ante un libro tosco, ingenuo, sobrecargado de intenciones mal digeridas y de propósitos sospechosos.

Parecería natural, en fin, que las contradicciones de una persona pasaran con naturalidad a la narración de su vida. En ese sentido, podría escribirse una buena novela con el material que contiene este libro: los acontecimientos de la vida de una actriz famosa, hija de un mito de Hollywood y depositaria de la memoria familiar de tres generaciones: la de su padre, que vivió la Depresión y se hizo a sí mismo como actor durante los años en que Hollywood proporcionó al mundo un paradigma de clasicismo cinematográfico; la suya propia, abocada a vivir en primera persona las convulsiones de los 60; y la posterior, la de quienes hicieron del éxito económico su razón de ser.

La actriz supo representar los papeles correspondientes a estas tres etapas. Como hija de un astro del cine, vivió una infancia falta de afecto y experimentó los vaivenes emocionales correspondientes a una chica del gran mundo, hasta acabar casada con un personaje irónicamente sobrevenido a esos círculos: el oportunista y genialoide cineasta francés Roger Vadim. Vadim la convirtió en símbolo sexual (Barbarella) y la inició en la revolución sexual. Parece lógico que la actriz, con los años, haya llegado a tener una mirada poco complaciente con el hedonismo artificioso que practicaba la bohemia adinerada a la que pertenecía su marido. Con todo, la figura de Vadim resulta casi simpática al lado de los otros dos maridos de la actriz, en los que ésta vuelca su más encendida admiración: el rancio activista Tom Hayden y el magnate de las comunicaciones Ted Turner, ante cuyo magnetismo parecen apagarse todos los resortes críticos de esta proverbial contestataria. De la época de Hayden data, en fin, el controvertido activismo de la actriz contra la guerra de Vietnam, motivo de la segunda gran confesión arrepentida de este libro: la motivada por la foto en la que “Hanoi Jane” posa ante un cañón antiaéreo norvietnamita.

No extraña, en fin, que el libro culmine con una discreta conversión religiosa y una profesión de entrega a la filantropía. Suponen, una y otra, las necesarias guindas de este pastel de corrección política, adobado con infinidad de citas de libros de autoayuda y de catecismos pacifistas y feministas. No juzgamos la coherencia de una vida, sino la manera de trasponerla a un texto cuyo único objetivo aparente es complacer. En eso, la actriz que antaño se opusiera a Vietnam no se ha alejado mucho de las pretensiones de Barbarella. Ella misma lo dice: con unos retoques, la avejentada película de Vadim hubiera resultado un alegato feminista.

José Manuel BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural, 17 de noviembre de 2005