09 febrero, 2006

JOSEPH CONRAD

UN CLIMA MORAL

-CIEN AÑOS DE LORD JIM-


Bien pudiéramos trasladar a los inicios de la centuria anterior las mismas dudas intrascendentes que nos han sacudido en los comienzos de este bendito 2000: ¿primer año de un nuevo siglo o último del que acaba? Ignoro si 1900 se vio envuelto en esta polémica. En todo caso, dicen los historiadores que el verdadero cambio de siglo -de clima- advino con el comienzo de la Gran Guerra y el estallido súbito e incontrolable de todas las contradicciones y tensiones acumuladas en las décadas anteriores. De la biografía de Joseph Conrad (1857-1924) lo menos que podía decirse, a la altura de 1900, es que estaba bien imbricada en las turbulencias del siglo que acababa. Hijo de un noble polaco resistente al poder ruso, durante quince años ininterrumpidos fue ciudadano de una patria más amplia y acogedora que cualquier parcela de tierra acotada por fronteras: el mar, que Conrad navegó bajo distintos pabellones hasta ser adoptado, ya para siempre, por el británico, que lo acogió como pleno ciudadano en 1886 y le brindó un hogar definitivo y un idioma en el que contar lo mucho vivido y reflexionado durante los intensos años precedentes. En 1900 Conrad es ya un escritor consolidado, que ha publicado libros importantes como La locura de Almayer (1895) y El negro del "Narciso" (1898) y se dispone a dar a la imprenta su gran novela Lord Jim.

De la obra de Joseph Conrad se ha dicho que parece la de un Stevenson reescrita por un Henry James. La observación no deja de tener su miga, y conviene no malinterpretarla: no es que Conrad venga a enaltecer la “materia” de la que se nutría Stevenson con una sobrevenida exigencia estilística equiparable a la del gran novelista norteamericano. El estilo de Stevenson es tan cuidado como el que más, y cuando se aviene a ser sencillo (como en La isla del tesoro), no hace otra cosa que exhibir la seguridad de aquel pintor renacentista que, para probar su maestría, se limitó a dibujar de un trazo un círculo perfecto. Lo que Conrad consigue infundir a la materia marina y aventurera es una complejidad moral que tampoco, por cierto, tiene mucho que ver con el laberinto de tiquismiquis y prejuicios que envuelve a los personajes de James, y sí con el pathos de la tragedia griega. De una tragedia griega humanizada, donde el Destino no es más que mala suerte, pero ésta basta para sacar a relucir el verdadero temple de los hombres. Tal es el caso de Jim. La mala suerte le ha brindado la ocasión de descubrir que no está a la altura de sus propios ideales. Antes de hundirse, literalmente, con su propio barco, da un vergonzoso salto que lo equipara a los cobardes que desde el primer momento lucharon a brazo partido por hacerse con el único bote salvavidas. Jim los despreció entonces y se desprecia ahora a sí mismo por haberse unido a ellos en un último gesto irreflexivo. Vivirá para purgar la falta. Y para demostrar que, debilidades aparte, es, sigue siendo, “uno de los nuestros” (de los que todavía creemos conservar nuestra integridad moral, mientras no se demuestre lo contrario).

Con la distancia que dan los cien años transcurridos desde la publicación de Lord Jim, piensa uno que el siglo diecinueve tuvo una justa despedida y balance con este libro. Frente al optimismo de Kipling, que aún creía que los destinos individuales, por abocados al fracaso que parecieran estar, eran los ladrillos con los que se construía un grandioso designio histórico (el Imperio inglés y su misión civilizadora), Conrad entrevé los límites de este ideal y prevé su fracaso último. Tanto Conrad como Kipling saben que la empresa colonial es, en primera instancia, puro bandidaje organizado: entre el “caballero Brown” y sus piratas, que irrumpen en Patusán para acabar con el sueño de redención de Jim, y los protagonistas de El hombre que quiso reinar no hay apenas diferencia. Sólo que, para Kipling, sus personajes cumplen una tarea que supera ampliamente su rapacidad y estrechez de miras, mientras que la situación de los de Conrad es justo la contraria: perdido el paraguas de la civilización, han de contar sólo con lo que son. Y, con frecuencia, sucumben a fuerzas más oscuras y elementales. Occidente no tardaría en experimentar en sus carnes, y en grandes proporciones, esta sombría lección, y aún en fecha tan tardía como 1979, la del estreno de Apocalypse Now, pudimos comprobar que un cineasta como Francis Ford Coppola había encontrado en el clima moral conradiano (en concreto, el de El corazón de las tinieblas) un buen trasunto del reciente fracaso norteamericano en Vietnam.

También desde un punto de vista estrictamente literario, Lord Jim es una buena despedida del siglo diecinueve. Conrad es, junto con Henry James y no sé si con Proust, el último de los herederos de Flaubert, el último de los cultivadores críticos de la novela realista. Luego vendría Joyce a romper la baraja y a dejarles a todos los novelistas por venir el desairado papel de estar jugando con materiales de derribo procedentes de lo que fue un gran edificio. Conrad delega los impresionantes poderes sobre vidas y situaciones que se arroga el novelista decimonónico en un variado elenco de personajes secundarios que comparece ante el narrador ficticio, el impagable capitán Marlow, para aportar lo que saben de Jim y, de paso, para dejarnos sus propias historias. Uno cierra el libro con la sensación de que ninguno de ellos sabe más de lo que humanamente les corresponde, de que apenas si rozaron la historia de Jim mientras atendían a sus propios designios, como lo hubiéramos hecho nosotros... Un novelista de una generación posterior -un Unamuno, por ejemplo- se hubiera tomado quizá la libertad de interpelarnos directamente. Lo que no es seguro es que hubiera logrado hacernos sentir lo que Conrad: que todos vivimos, de algún modo, en la misma tesitura moral que Jim, y que eso es lo que lo convierte en “uno de los nuestros”.


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Diario de Sevilla, suplemento Culturas, 3 de febrero de 2000