09 febrero, 2006

RAMÓN GAYA

CARTAS A UN AMIGO

Ramón Gaya, Obra completa, tomo IV (Correspondencia de Ramón Gaya a Juan Guerrero Ruiz). Edición, introducción y notas de Nigel Dennis. Ed. Pre-Textos, Valencia, 2000.


Los cuatro tomos que ocupan, hasta ahora, la Obra Completa de Ramón Gaya han sido, para sus lectores, otras tantas ocasiones gozosas de sumergirse en una prosa que no puede leerse más que como confidencia directa, como elocuentes y meditadas intervenciones de su autor en un diálogo en el que están en juego sus convicciones más profundas. Ante esta prosa apasionada el lector no puede mostrarse indiferente. Se siente uno, más bien, profundamente halagado al saberse objeto de este sincero interés de Gaya por hacerse comprender, por exponernos sus razones, por convertirnos, casi, a su manera de entender la belleza y el arte. Que, como dice Gaya, o es vida o no es nada. Cierto que hay obras de arte que suscitan nuestra admiración sin llegar a alcanzar esa deseable condición de cosa viva. Son, dice Gaya, meros artefactos, autómatas o maniquíes que imitan toscamente la vida verdadera, la de los seres que son dueños del espacio que ocupan y del aire que respiran. Gaya ve -y nos hace ver- la vida que alienta en los cuadros de Velázquez, de Tiziano, de Giotto. Nos hace comprender los motivos de su superioridad, de su excelencia. Nos hace sentir, incluso, algo menos vivos que las criaturas que habitan esos lienzos pintados. La pregunta, ante una de estas obras, no es la que formuló Teófilo Gautier al contemplar Las Meninas: “Pero... ¿Dónde está el cuadro?”. La pregunta, ante la obra de arte, es “¿Dónde está la vida?”, dónde está esa vida que tan buenamente creemos gozar los que estamos al otro lado de la pared invisible que nos separa del mundo bullente, aéreo, pleno de sentido y de aliento, que vemos en el lienzo.

El cuarto tomo de esta Obra Completa está dedicado a la correspondencia que Gaya sostuvo con su paisano Juan Guerrero Ruiz. La figura de Guerrero Ruiz ha merecido recientemente la atención de lectores y críticos a raíz de la publicación de su Juan Ramón de viva voz, volumen que recoge buena parte de las conversaciones que el poeta de Moguer mantuvo con el que fuera amigo y secretario oficioso suyo. Guerrero supo apreciar, desde el primer momento, el precocísimo talento de Ramón Gaya para la pintura, y lo ayudó decisivamente mediante diversas gestiones e intercesiones que facilitaron la formación del joven pintor, sus contactos con otros artistas de la época (entre ellos, el mismo Juan Ramón Jiménez), sus primeros viajes. Guerrero, además, publicó algunos escritos de Gaya en las publicaciones murcianas que él creó y alentó, tales como el suplemento literario del diario La Verdad y la revista Verso y prosa. Puede considerarse, en fin, como uno de los primeros en percibir el buen pulso literario del jovencísimo pintor y su personal modo de expresar con calor y emoción experiencias estéticas que en otros no hubieran suscitado más que un frío comentario crítico o una glosa redundante. Así lo entendió Guerrero, que no dudó en publicar en Verso y prosa alguna de estas cartas; en concreto, la fechada el 19 de mayo de 1929, en la que Gaya da cuenta de su viaje a París. La carta, que el paladar de Guerrero supo apreciar en lo que valía, inaugura ese modo característico que tiene Gaya de transmitirnos sus impresiones ante una obra de arte. En un estilo telegráfico, pero que tiene ya el desparpajo y el sabor de sus escritos maduros, Gaya despacha sus opiniones sobre un buen número de pintores cuya obra ha podido contemplar en París. No faltan, siquiera, esos característicos puntos suspensivos suyos, en los que el lector capta siempre una inflexión, un deliberado gesto de aplazamiento que no dudamos que corresponde, exactamente, a una pausa del pensamiento de Gaya en busca de la palabra exacta o del matiz preciso: “Van Gogh me interesa enormemente. ¡Tan cálido, tan claro, tan... fino a veces!”.

Estas cartas de Gaya a Juan Guerrero, ordenadas cronológicamente, son, también, un completo registro de la evolución de la escritura de Gaya, desde sus frutos más tempranos (la mencionada carta parisina, o su “visita a Juan Ramón Jiménez”, datable a comienzos de 1928) hasta los que lo muestran ya, años después, dueño de un estilo y de un firme criterio que expresa con el mismo convincente aplomo que gasta en sus escritos destinados a la difusión pública. Son, por tanto, un excelente complemento de lo ya publicado en las tres primeras entregas de esta Obra Completa, e introducen en ella una especie de escala cronológica, útil al lector que quiera indagar en el proceso de maduración de una obra que, por otra parte, parecía nacer ya madura. Porque lo cierto es que el lector, en los tomos anteriores, apenas si advertía diferencias considerables o desniveles de estilo y juicio entre escritos entre los que mediaban decenios. Se ceñían aquellos tres primeros tomos al propósito expreso de su autor de “recoger lo que buenamente se pudiera y meterlo todo en una especie de caja, o de saco, sin más, con la fecha de cada uno de los textos como única orientación”. Después de haber recorrido, de la mano de este criterio que no lo es, sus obras “maduras” (Sentimiento de la pintura y Velázquez, pájaro solitario), recogidas en el tomo I, de haber entrado gozosamente a saco en el relativo totum revolutum de escritos varios que constituye el espléndido tomo segundo y de haber recordado, en el tercero, su justamente celebrado Diario de un pintor y otros escritos aforísticos y autobiográficos, la lectura de estas cartas a Juan Guerrero Ruiz nos confirma nuestra impresión primera de que Gaya respira por su prosa y pone en ellas la misma ligereza y la misma impresión de verdad que recogen sus cuadros.



JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Diario de Sevilla, suplemento Culturas, 16 de noviembre de 2000



JUICIOS CONTUNDENTES


Como los de su admirado Juan Ramón Jiménez, los juicios críticos de Gaya, tanto sobre pintura como sobre literatura, sorprenden por su claridad y contundencia. Juicios, por otra parte, que parecían poco menos que inconcebibles en la época en que fueron escritos: por ejemplo, la rápida y certerísima caracterización de los escritores de la Generación del 27 que hace en su “Carta a José María” de 1979, verdadero anticipo del estado de ánimo y de juicio con el que algunas (escasas) mentes lúcidas asistieron, en los años que siguieron, a la apropiación acrítica, interesada y complaciente de dicho grupo de escritores por parte de toda clase de “autoridades” políticas y académicas. Ramón Gaya, que no tiene empacho en explicar lo que le disgusta del frío y distante Leonardo de Vinci, tampoco lo tiene en denunciar, en plena juventud, ciertas imposturas que luego se han celebrado como “gracias” de una época idealmente iconoclasta y vanguardista: “Dalí y Buñuel le escribieron una carta a J.R.J. diciéndole que su obra estaba “vieja, podrida, muerta” (...). Todo esto me suena a tan pobre y mezquino como una cosa de Joaquín. ¡Qué provinciano!”, decía ya en una carta del 15 de febrero de 1929. Hoy día, en que toda una clase de cumplidos cortesanos ríe y celebra estas irreverencias caducas, la sinceridad de Gaya asombra y convence al lector tanto como debió de asombrar y convencer a su mentor de entonces, el probo Juan Guerrero.

J.M.B.A.