24 febrero, 2006

UNA AMISTAD ANDALUZA. CORRESPONDENCIA ENTRE JULIO CARO BAROJA Y GERALD BRENAN

Traducción, introducción y notas de Carmen Caro. Caro Raggio, Madrid, 2005. 239 pp.

Apenas tres años después de publicarse la traducción española de El castillo interior, la monumental y casi definitiva biografía de Gerald Brenan a cargo de Jonathan Gathorne-Hardy, la edición de esta correspondencia entre el hispanista británico y Julio Caro Baroja viene a documentar una de las muchas tramas que confluyeron en la vida del primero y a arrojar alguna luz sobre la polifacética y un tanto enigmática personalidad del segundo.


Las cartas del erudito español, en efecto, sorprenden por el tono confidencial que mantienen desde el principio, antes incluso de que ambos corresponsales se conocieran y se trataran en persona. Parece como si Caro Baroja intuyera desde el primer momento que el inglés era el interlocutor adecuado para confiarle sus cuitas, su visión escéptica del ambiente intelectual español de la época (años cincuenta y sesenta) y su problemática filiación a ese medio sin comprometerse con una carrera académica o funcionarial al uso. “Un catedrático español y un mandarín chino son cosas que se parecen mucho, pues se forman de manera análoga”, afirma en la segunda de las cartas suyas aquí rescatadas. Esta posición antiacadémica encuentra reflejo en la mantenida por Brenan, que no duda en definir la Historia como “una forma de literatura”, aunque con limitaciones propias, y en afirmar que el género no ha hecho sino decaer desde las alturas alcanzadas por Heródoto y Tucídides. Estos juicios serios, emitidos en forma de broma ingeniosa, marcan el tono de esta espaciada conversación epistolar, en la que también hay cabida ocasional para un par de tramas domésticas: la constituida, por ejemplo, por el secreto alcoholismo de una amiga de Brenan, delatado por una indiscreción de su interlocutor español, o la articulada en torno a la conducta poco clara de los intermediarios que intervinieron en la adquisición de la casa malagueña de éste.


También hay algún lugar para los acontecimientos históricos. Pero que estos dos recalcitrantes conservadores vean posible, y casi inminente, el final de Franco en 1959, o que se escandalicen por la manipulación oficial de la muerte de Ortega, después de una sorprendente “reconciliación” con la Iglesia, no dejan de ser añagazas, meras distracciones eruditas de quienes vivían, por vocación propia, bien lejos del devenir histórico y añoraban el tiempo sin tiempo del folklore y la tradición.


El tiempo, lo sabemos por El castillo interior y las propias memorias de Brenan, acabaría por sorprender a éste en forma de mujeres jóvenes y desinhibidas que acudían a España a rebufo de la naciente contracultura y contestación juvenil. Mujeres como Joanna Carrington o “Hetty”, que irrumpen en el retiro de Brenan para depararle trabajosas fantasías de anciano enamorado. Naturalmente, la huella que estas sombras fugitivas dejan en la exquisita correspondencia del intelectual es muy discreta: quejas del caos doméstico que acompaña la visita de la primera, o una escueta crónica de su alocada escapada a Marruecos con la segunda. En un discreto y paciente segundo plano se mantiene Gamel Woolsey, la compañera de Brenan desde 1930, cuya muerte en 1968 marca el clímax emotivo de la vejez del escritor. Al poco tiempo, este incurable mujeriego acoge en su casa a quien sería la compañera de sus años finales, Lynda Pranger. Para alguien que no conociera de Brenan nada más que la educada superficie que aflora en esta correspondencia, estos nombres no serían más que sombras amigas, discretísimos figurantes en una trama cuyo principal ingrediente sería el trabajo intelectual. Y, posiblemente, este lector poco informado captaría la verdad esencial. Porque de algo sí podemos estar seguros: en una correspondencia como ésta, los interlocutores muestran exactamente la imagen que quieren proyectar al exterior. Y, seguramente, estos dos artífices de sí mismos –el apasionado Brenan, el melancólico Caro Baroja– querían ser como se mostraron en estas cartas: ecuánimes, especulativos, desinteresados, distantes; sin otra relación con la vida, en fin, que la que mantiene el estudioso con la turbia materia de la que extrae sus teorías.


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural, jueves 16 de febrero de 2006