16 febrero, 2006

VITTORIO GASSMAN

UN GRAN FUTURO A MIS ESPALDAS

Vittorio Gassman. Trad. de Celia Filipetto. El Acantilado, Barcelona, 2004. 343 pp.

Hacia el final de este libro se pregunta Gassman “si la estructura ideal de una biografía no se encuentra a mitad de camino entre una especie de dictado automático a lo Bréton y unos jocosos versos fesceninos”. Lo dice a modo de arrepentimiento por el curso quizá demasiado convencional que sus memorias han seguido hasta entonces, y aprovecha las páginas que le quedan –un chispeante capítulo dedicado a la vejez y la muerte- para disfrazar su prosa de experimento vanguardista, eliminando la puntuación y entregándose al libre fluir de las ideas. Pero, como él mismo afirma, citando a René Clair, “todo cambia menos la vanguardia”, y quizá estas páginas finales son las que más contribuyen a fijar este libro en los esquemas resabiados, pedantescos y presuntamente rupturistas en los que gustaba expresarse la intelligentsia europea de los años sesenta y setenta. He aquí la única prevención con la que leemos este libro: la sospecha de hallarnos ante un artefacto levemente demodé (y disculpen el extranjerismo, contagiado del propio Gassman) y ante un personaje brillante, sí, pero demasiado propenso al exhibicionismo y, confesadamente, a cierto energumenismo.

Imputaciones de las que, no obstante, lo absuelven su sinceridad y su querencia hacia la autocrítica, que extiende a su país, a su oficio y a su época. Buena muestra de ello es la respetuosa ironía con que cuenta su visita al santuario del entonces famoso gurú Aurobindo, en 1971, en pleno auge de las filosofías orientales en Occidente, o los frecuentes retratos de grupo en los que describe a amigos y colegas como una pandilla de vagos despreocupados, aunque básicamente inteligentes y bienintencionados... También se salen de lo previsible sus constantes muestras de respeto y admiración hacia la profesionalidad de los actores y cineastas norteamericanos (y esto, pese a su pésima experiencia en Hollywood), y su recurrente fascinación por los Estados Unidos, a contrapelo de la idea que muchos intelectuales europeos solían (y suelen) hacerse del coloso americano.


En todo demuestra Gassman una amplia independencia de criterio, al igual que una clara tendencia hacia la incorrección: aun hoy, habrá quien lea con incomodidad sus indiscreciones respecto a las mujeres, o sus juicios un tanto temerarios sobre los méritos físicos y mentales de algunas de ellas. Claro que todo eso forma parte, digamos, de las premisas ambientales en las que llegamos a aprehender lo que se nos cuenta: noches de disipación en lujosas mansiones, entre derroches de vino, comida, inteligencia y afectos cruzados... Un trasunto, si se quiere, de La dolce vita felliniana, con idénticas dosis de despego y melancolía.

Y, sí, también se habla de teatro y de cine en este libro. Menos, quizá, de lo que podíamos esperar, pero con enorme lucidez: la que derrocha, por ejemplo, para denunciar la falsedad esencial de Arroz amargo, el melodrama presuntamente “neorrealista” que coprotagonizó con Silvana Mangano; o la que utiliza para describir la arriesgada aventura que supuso su Teatro Popular Italiano, aquella especie de circo ambulante con el que se propuso recorrer Italia representando a los clásicos.

Porque lo cierto es que un exhibicionista nato como Gassman no puede hacer otra cosa que correr riesgos. También lo hace en estas páginas. Y, como casi siempre, sale bien librado: al llegar a la última le hemos tomado afecto, y casi nos ponemos en su lugar.
JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural, 27 de mayo de 2004