04 mayo, 2006

ALEJANDRA PIZARNIK: DIARIOS

DIARIOS

Alejandra Pizarnik. Edición a cargo de Ana Becciu. Lumen, Barcelona, 2003. 507 pp.

Lo primero que hay que decir de estos “diarios” es que lo son de verdad; es decir, son auténticos diarios íntimos, no destinados a ser publicados, por más que su autora, según se dice en el prólogo de esta edición, formulara alguna vez el deseo de ver impresa una versión convenientemente purgada y reescrita. De ahí que produzcan cierta desazón en el lector; o, al menos, la certeza de estar ante un texto que no sólo cuenta cosas que la Pizarnik no destinaba al conocimiento general, sino que ni siquiera “suena” a lo que debería sonar un texto de su autora.

Porque, en efecto, lo que más sorprende de estas anotaciones, que se extienden desde 1954 a 1971, es lo poco que se parecen a los textos publicados en vida por Alejandra Pizarnik. Ella misma era consciente de esa diferencia: “Esta prosa de mi diario se parece a una prosa normal. ¿Por qué, cuando escribo, no trato de apelar a ella?” (p. 465). En esta “prosa normal”, tan alejada de su habitual escritura imaginística y visionaria, la autora va glosando estados de ánimo, confidencias sentimentales, lecturas, cuestiones de taller, desencuentros sociales y familiares, manías (su preferencia por escribir en “papel extranjero”, por ejemplo) y dudas sobre el fundamento y alcance de su propia escritura. Llama la atención que apenas haya espacio para la habitual hojarasca informativa que llena tantos dietarios de escritores: en estos diarios, lo anecdótico brilla por su ausencia. Tampoco puede decirse que proporcionen muchos datos sobre la proyección literaria de su autora, que –no hay que olvidarlo- durante esos años publicó una docena de títulos, entre poesía y prosa, y alcanzó cierta notoriedad. Leyendo estos diarios, por el contrario, llegamos a la errónea conclusión de que la Pizarnik no llegó a ultimar más que un puñado de esbozos poéticos insatisfactorios, amén de un buen puñado de prosas escritas por encargo.

Queda claro, pues, que estos diarios no eran, para su autora, un lugar de autoglorificación: más bien todo lo contrario. A lo largo de sus páginas, la Pizarnik va ahondando en la idea, profundamente desalentadora, de que, a pesar de sus escritos publicados y de su más o menos activa “vida literaria”, apenas se siente dueña del idioma en el que escribe, y mucho menos parte de su tradición: leer a Garcilaso, a Quevedo o a Rubén Darío le resulta penoso; Aleixandre le parece “tonto, casi tanto como Alberti” (p. 476); Borges y Cortázar le inspiran desconfianza, lo mismo que Neruda; Lugones le produce irritación... Su verdadera tradición la forman Kafka, Jarry, Lautréamont y otros autores más o menos responsables de la formidable implosión que las literaturas europeas cultas experimentaron en los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del XX. En esto, como en otras cosas, la Pizarnik se mostró como una autora periférica y epigonal, aferrada a un vanguardismo caduco y poco receptiva al renacido pulso que las literaturas hispanoamericanas recobraron en la segunda mitad del siglo XX.

Por todo ello, este diario es la crónica de un doble fracaso: personal y literario. Claro que, en literatura, ciertos fracasos han de ser entendidos como éxitos. No deja de serlo que los muy resabiados y presurosos lectores de hoy podamos encontrar atisbos de frescura en los atormentados textos de esta casi apátrida escritora argentina que se suicidó en 1972.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Publicado en El Cultural, 4 de marzo de 2004