04 mayo, 2006

ALEJANDRA PIZARNIK: UNA BIOGRAFÍA

ALEJANDRA PIZARNIK

César Aira. Ediciones Omega. Colección “Vidas Literarias”. Barcelona, 2001.

La vida de la poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972) mezcla de tal manera la insignificancia y la tragedia que una biografía suya lo mismo podría inclinarse hacia un extremo que hacia el otro, y resultar la crónica de una vida en blanco, volcada en en un proyecto literario más o menos estrecho, o la de una existencia atormentada, abocada a la autodestrucción. Ésta de su compatriota, el destacado narrador César Aira, parece decantarse por la primera opción. Con notable desparpajo y un más que evidente afán de mantener las distancias, Aira cuenta el esfuerzo que esta muchacha de clase media realizó para crear un personaje y una obra a la altura de su ideal literario. Cuál fuera éste no queda del todo claro. Lo que sí hace Aira, mezclando afán didáctico y suave ironía, es describir con precisión el medio literario en el que se formó la Pizarnik. Por debajo de los grandes nombres indiscutibles (un Borges, por ejemplo), la poesía argentina de los años cincuenta vivía a la sombra de unas pocas convicciones heredadas mayormente de la vieja vanguardia europea, y suavizadas por una especie de provincianismo de buen tono.

La Pizarnik trató a algunos de los personajes más destacados de este mundillo, sin ser propiamente discípula de ninguno, salvo quizá del ya entonces un tanto olvidado Antonio Porchia. Agudamente, Aira reconoce en el estilo de su biografiada los rasgos de los aforismos poetizantes y sapienciales de Porchia. En efecto, los brevísimos poemas de la Pizarnik tienen algo de aforismo estilizado. No son los textos de una visionaria, sino de una sofista hábil, que sabe jugar con las distorsiones de la lógica hasta producir en el lector la ilusión de una irrealidad poéticamente plausible: “ahora / en esta hora inocente / yo y la que fui nos sentamos / en el umbral de mi mirada”.

Cuenta Aira sin aspavientos la estancia de su biografiada en París, su amistad con Octavio Paz (y la inquina, transmutada en literatura, que le tomó la entonces mujer de éste, Elena Garro), sus trabajos literarios de poca monta, sus vueltas a una obra perfecta y, sin embargo, dolorosamente limitada. Pasa sobre ascuas sobre la enfermedad mental de la autora y las circunstancias de su suicidio. Evita, en fin, la esperable conversión de su breve narración biográfica en hagiografía. Agradece el lector esta contención y esta lección de respetuoso descreimiento. Y echa de menos, quizá, tanto en la biografía propiamente dicha como en la breve antología que la acompaña, algunas páginas dedicadas a uno de los aspectos más sorprendentes de la obra de esta autora: su ingenio y su salvaje sentido del humor, tal como se manifiestan, por ejemplo, en sus cartas o en obras como Los poseídos entre lilas. Un tanto perentoriamente, Aira dice de la Pizarnik que “su personalidad, su estilo y su historia eran refractarios al humor”. Y eso sólo es cierto a medias.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado en El Cultural, 19 de diciembre de 2001