29 agosto, 2006

CELA

CELA, EL HOMBRE QUE QUISO GANAR
Ian Gibson. Aguilar, Madrid, 2003. 381 pp.

Supone uno que a Cela algún día se le leerá o se le dejará de leer por razones estrictamente literarias. Mientras tanto, seguirán proliferando declaraciones, polémicas y libros que incidirán en tal o cual faceta pintoresca del personaje, pero que poco ayudarán a la causa general de la literatura, tan desasistida en este país. Molesta que estas polémicas ofrezcan elementos de burla y escarnio a quienes rara vez leen un libro. En ocasiones, sin embargo, sí merece la pena ahondar en el entorno de determinadas personalidades de nuestra vida literaria, sobre todo por la luz que esto pueda aportar al conocimiento de las condiciones que rigen la literatura como negocio y campo de enfrentamiento político y social.
El libro de Ian Gibson que hoy nos ocupa participa de estas dos facetas: ofrece unos pocos ejemplos de excelente sociología literaria (las crónicas –así quiero llamarlas, por su tono eminentemente periodístico- sobre la muerte del escritor gallego o sobre las reacciones que siguieron a su obtención del premio Nobel) y algunos capítulos que no podemos dejar de leer como simples aportaciones de segunda o tercera mano a polémicas ya periclitadas, como las muchas suscitadas por la peculiar facundia del biografiado. Este contenido heteróclito viene precedido por lo que nos parece una ajustada evaluación de la obra celiana, en la que el autor de este libro no deja de reconocer unas cuantas aportaciones valiosas a la literatura del siglo veinte. Salvando esos logros, a los que dedica aplicadas recensiones de cierto sabor escolar, el resto del libro consiste, en su mayor parte, en una rebusca continua en las declaraciones y actitudes del escritor gallego, sin perdonar ocasión de añadir alguna apostilla crítica por parte del biógrafo.
Así, a Cela se le reprocha, entre cargos de mayor fundamento, otros como no saber inglés, no declarar sus creencias religiosas (lo que se considera –pág. 83- una grave “deslealtad” hacia el lector) o padecer un “enorme, tenaz egoísmo” (pág. 94). Uno no acaba de ver qué pueden tener que ver estas imputaciones con cualquier intento serio de arrojar luz sobre el personaje y su entorno.
El libro se cierra con una cumplida exposición de la polémica suscitada por la denuncia de plagio que recayó sobre La cruz de San Andrés, novela con la que Cela ganó el Planeta en 1994. El asunto se prestaba a permitir una oportuna reflexión sobre las interioridades de la industria editorial española, pero de nuevo el autor prefiere enumerar y apostillar antes que ahondar en las desazonantes conclusiones que, de todos modos, extrae el lector. Y es que, pese a sus defectos, éste es un libro que da mucho que pensar. Y que incluso invita a leer otros libros. Que ya es algo.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural, 5 de junio de 2003.