22 septiembre, 2006

LOS DIARIOS DE ZENOBIA

DIARIO 3. PUERTO RICO (1951-1956)


Zenobia Camprubí. Edición de Graciela Palau de Nemes. Alianza Literaria / La Editorial, Universidad de Puerto Rico, Madrid, 2006. 418 pp.


Con la publicación de este tercer tomo de los Diarios de Zenobia Camprubí (que coincide con la reedición de los dos ya publicados, respectivamente, en 1991 y 1995), no sólo se pone al alcance del lector la totalidad de este excepcional documento biográfico, sino que se le proporciona la piedra angular del conjunto y la parte del mismo que faltaba para poder hacernos una idea cabal de muchas cuestiones que quedaron planteadas con la aparición de las otras dos y que, quizá, no fueron del todo bien enfocadas por quienes entonces se hicieron eco de ellas. Seguramente es a esto a lo que se refiere Graciela Palau de Nemes, la responsable de esta edición, en la enigmática “advertencia” que formula al final de su nota introductoria: “Habrá lectores que se valdrán del contenido de este triste Diario para desmerecer a Z. y al poeta, como ya lo han hecho con los anteriores”. Prevención excesiva, quizá, que delata, como mínimo, una cierta incapacidad para admitir que la vida y obra de Juan Ramón Jiménez son ya parte de un legado literario que lectores y críticos abordan hoy con un distanciamiento que, a veces, sí, puede redundar en una cierta impropiedad de tono, pero que también hace posible la frescura de una mirada desprejuiciada.

Aunque posiblemente sí tenga razón la editora de estos diarios al pensar que los juicios que suscitaron las entregas anteriores fueron un tanto precipitados. En efecto, hubo quien aprovechó la imagen que Zenobia daba de sí misma (con los pies en la tierra, atenta siempre a los asuntos prácticos y, en ocasiones, impaciente o displicente con las rarezas de Juan Ramón, agravadas por la creciente neurastenia de éste), para achacarle, muy injustamente, una cierta incomprensión de la valía de su marido y la importancia de su obra. Hubo también, cómo no, quien utilizó los escasos datos íntimos que proporcionaban estos Diarios (por lo demás, bastante discretos) para poner en solfa la propia imagen de Juan Ramón como poeta cuasi-místico, entregado a la pura idealidad inefable de la creación.

Unos y otros erraron. Aquella Zenobia todavía joven que, durante los años de estancia en Cuba (1937-1939) frecuentaba los ten cents (tiendas equivalentes a nuestros “todo a cien”) de La Habana, o aquella otra que, ya en los Estados Unidos, se entregó a la docencia universitaria como un medio de equilibrar la precaria economía de la pareja y garantizar al marido un milieu en el que su valía fuera reconocida y estimada, nunca dejó de ser una mujer que, como afirmará más tarde, necesitaba “escapar un poco a la depresión de J. R. para sostener mi propio ánimo en un punto en que sirva para levantarlo a él”. En ese aspecto, su sentido práctico, su feminidad e incluso su aparente ligereza en ocasiones no son, en modo alguno, impulsos centrípetos que la alejen del poeta ensimismado, sino el necesario complemento al carácter y circunstancias de éste, y un modo de impedir que éstos la asfixiaran y, con ello, terminaran privando al poeta de su mejor ventana al mundo y más devoto valedor. Lee uno esas páginas de los diarios I y II con la sensación de quien ve moverse, en un mundo ya convertido, para nosotros, en decorado de película (la Cuba y la América de la inmediata anteguerra, la guerra y la primera posguerra, con su creciente reafirmación conservadora, su incipiente consumismo, sus modales periclitados), a dos personajes a la vez cercanos y desconocidos, al espíritu de uno de los cuales debemos una inigualable obra poética que inútilmente intentaremos esclarecer a través de la mera indagación en los detalles de su vida.

Pero el conjunto, ya digo, cobra sentido en este último tomo de los Diarios de Zenobia, que abarca lo escrito en Puerto Rico hasta su muerte, a la que siguió la del propio Juan Ramón año y medio después. Es éste el tramo más continuado de estos Diarios, en el que su autora refleja, con un laconismo a veces estremecedor, la intensa rutina de dos personas enfermas (ella, de cáncer; Juan Ramón, de su ya larga y agravada depresión psicótica) que, sin embargo, se muestran insólitamente activas y eficientes en el desempeño de las muchas obligaciones aparejadas a la fama del poeta, el mantenimiento de su legado, las sucesivas publicaciones en marcha o en proyecto, etc. En el caso de Juan Ramón, sospechamos, el notable rendimiento intelectual que estas páginas constatan parece fruto, más bien, de la habilidad de su compañera para sacar el mayor partido posible de sus momentos lúcidos, que anota minuciosamente (“durante una hora ha sido él, sin sombra de intromisiones morbosas”); en el de ella, su frenética actividad como secretaria del poeta, organizadora de su legado y editora de las últimas publicaciones proyectadas o comprometidas por aquél, así como su curiosidad inagotable y su interés por los viajes, libros recientes, estrenos cinematográficos y teatrales, etc., nos revelan el apego a la vida y el sentido de la responsabilidad de una mujer que se ha hecho tempranamente esta terrible constatación: “Eso de bueno tiene el cáncer, que da algún tiempo”.

Claro que no éste el único destello acerado que encontramos en estos Diarios, escritos, por lo demás, sin pretensiones literarias (y en español en su mayor parte, a diferencia de los otros tramos, en los que se alternan español e inglés). A la agudeza de Zenobia debemos también algunos juicios tajantes sobre personas, como los referidos a los modales poco pulidos de Ricardo Gullón (“¡Estos españoles, qué mal educados son!”), a ciertas “damas cívicas” de Puerto Rico, que le parecen “espantosamente cursis”, al desaliño de su marido (“está hecho un Walt Whitman con creces”), al estilo de Ortega “cuando quería hacerse el hombre de mundo que no era”, a la antipatía que le merece Victoria Kent (“me pareció tan cerrada y estúpida como cuando estorbaba, a cada paso, las juntas del Lyceum”), o a la impresión que le causa Julián Marías (“horriblemente feo, pero buena persona”). También denotan cierta alegría de escribir las descripciones paisajísticas, casi siempre correspondientes a momentos de descanso y soledad contemplativa, o el buen pulso con el que desarrolla alguna que otra anécdota. Aunque a todo ello se sobrepone “la monotonía del dolor” –verdadero leit-motiv de este tomo– y el sentimiento de urgencia con que esta mujer, seguramente poco dada a las lamentaciones, anota los últimos e intensos días de su vida.

Nadie gana esa carrera. Tras la muerte de Zenobia, la incapacidad de decidir de Juan Ramón y ciertas reservas por parte de su entorno universitario puertorriqueño impidieron que cuajara uno de los últimos proyectos de ésta: llevarlo a España. Es la coda –escuetamente narrada y documentada por Graciela Palau de Nemes– a la vida de esta mujer avanzada, inteligente y activa que empleó todas sus fuerzas en hacer posible la entrega de su marido a una labor que ella sabía excepcional. Sobran los juicios de valor o la utilización caprichosa de los datos que proporcionan estos Diarios. Queda por dilucidar, en fin, la pertinencia, la razón de ser de éstos. Seguramente fueron parte de esa batalla que todos creemos tener ganada hasta que se impone la inevitable derrota.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado ayer en El Cultural