24 noviembre, 2006

BAROJA

DESDE LA ÚLTIMA VUELTA DEL CAMINO III (MEMORIAS)

Pío Baroja. Tusquets Ediciones, Barcelona, 2006. 823 pp.


Hasta la recentísima publicación de los dos últimos tramos de las memorias de Baroja, el lector de éstas podía tener la impresión de que el caudal de la escritura barojiana circulaba ya con poca fuerza en las últimas entregas disponibles. Y que buena parte de éstas (Reportajes y Bagatelas de otoño) rozaba peligrosamente esa zona de nadería y lugar común a la que tan abocada parece la obra del escritor vasco cuando pierde su nervio característico. No es que no haya páginas estimables en estas dos entregas (que abren este tercer tomo de la edición que comentamos). Lo es, por ejemplo, el primer capítulo de Reportajes, titulado “Lo que desaparece en España”: una de esas incalificables misceláneas barojianas que mezclan la nostalgia, la memoria selectiva y ese curioso don de la gratuidad con el que el vasco sabe ganarse al lector cómplice. También hay algo de esto en las Bagatelas…: una conversación evocada en cuatro trazos, la coquetería disfrazada de protestas de insignificancia, vejez y pobreza, la reducción de toda una trayectoria intelectual a un puñado de anécdotas voluntariamente intrascendentes… Puro Baroja, sí, pero cansado ya de hacer girar el manubrio o “enjaretar” –magnífico verbo– materiales dispersos, en un intento un tanto mórbido de ponerlos a salvo del olvido.


Pero cuando Baroja asume el propósito de ordenar sus recuerdos de la Guerra Civil y su breve exilio, su escritura parece recobrar sentido y pertinencia. Esto es especialmente evidente en la entrega titulada La guerra civil en la frontera: una mezcla, no siempre bien avenida, de textos escritos al hilo de los acontecimientos y añadidos tardíos, pero referida a un mundo que Baroja siente como territorio literario propio, al que aplica la misma mirada distanciada que adoba muchas páginas de Memorias de un hombre de acción o La selva oscura. La guerra es vista como un espectáculo ajeno, bárbaro y cruel; ambos bandos comparten un mismo fondo de violencia sectaria; ambos suponen una amenaza, en fin, para quien, como Baroja, se define como individualista liberal y librepensador en sentido lato.
Evidentemente, el relato barojiano de los acontecimientos carece de rigor y, a veces, incluso de coherencia. Pero, paradójicamente, eso es lo que hace creíble su inmediatez. El hecho de que, a veces, no sepamos siquiera a ciencia cierta a qué bando se refiere supone una eficacísima manera de transmitir que, en el fondo, ambos le merecían idéntica opinión. No hace falta hilar muy fino, de todos modos, para comprobar que esa ecuanimidad en el rechazo es sólo aparente: la inquina barojiana contra el comunismo, y su rechazo de la democracia, sólo son equiparables a los reparos que le merecía una reacción extrema de signo clerical, como la que preconizaba el carlismo; pero el hecho mismo de que sus críticas al bando “nacional” se centren en esta facción, o que sólo genéricamente aluda de cuando en cuando a los “fascistas”, dándole a la palabra su valor de uso en el vocabulario político de anteguerra, indican que Baroja, con matices, podía acomodarse, como lo hizo, a la situación resultante de una victoria del bando nacional.
Naturalmente, esto no gusta a muchos, a quienes no bastan las protestas barojianas de independencia. Si a ello unimos la inevitable labor de pesquisa cuasi policial que, en ocasiones, supone la labor de historiadores y críticos, inevitablemente surge la cuestión de si los olvidos y omisiones de Baroja son interesados. Y quizá la respuesta esté en la siguiente tramo, el titulado Rojos y blancos: en él la guerra pasa a segundo plano, y vuelve a emerger el Baroja aparentemente arbitrario y displicente que, al reconsiderar su exilio parisino y su último viaje a Suiza, consigue “enjaretar” un cumplido y completísimo centón de sus opiniones y actitudes más características, presentadas de manera aparentemente desordenada y casual, aunque unidas por el milagro del tono, la dicción sostenida (pese al origen heteróclito de los materiales empleados) y la pertinencia.
No es de extrañar que a muchos, todavía hoy, irrite esta especie de reafirmación en medio del naufragio. Sin caer en la cuenta de que ese Baroja que considera “conservadores” a los de “tendencia federal”, por ejemplo, tiene aún mucho que decir sobre la realidad española, de entonces y de hoy.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA.
Publicado en El Cultural, jueves 23 de noviembre de 2006.