20 febrero, 2008

PABLO GARCÍA BAENA EN EL MUSEO

PRESENTACIÓN DE PABLO GARCÍA BAENA EN EL CICLO “VOCES EN EL MUSEO”, MARTES 19 DE FEBRERO, 2008

A quienes acuden a esta cita en la que concurren la palabra “museo” y la presencia de Pablo García Baena, tal vez les haya venido a la memoria un breve poema del último libro del autor, Los campos Elíseos: el que se titula precisamente “Museo”, y que empieza:


Había un vaso con lilas
pintadas, goteantes
en aquel lienzo de la Frick Collection.


Un lector superficial, o apresurado, podría detenerse aquí y pensar: “otro poema sobre una visita a un museo, o las reflexiones de un hombre profesionalmente inclinado a lo bello ante un objeto de cultura”. Y, efectivamente, hay algo en la poesía y la prosa de Pablo García Baena, una cierta profusión, nunca gratuita, de palabras bellas por sí mismas y que, además, aluden a objetos bellos, que podría llevarnos a pensar que Pablo bien pudiera ser uno de esos poetas cuyo elemento natural es el museo; es decir, el lugar donde esos objetos bellos son preservados y guardados para que el turbión acelerado de la vida no los atropelle y destruya. Tal es la querencia declarada de muchos poetas, y cabría pensar de ellos que, al elegir ese universo temático, ellos también están mostrando un deseo más o menos explícito de acogerse a ese refugio al margen del tiempo; de optar a esa relativa eternidad bajo custodia de la que disfrutan ciertos objetos de arte.


Pero sigamos con el poema. Una vez nombrado el vaso con lilas, y ubicado en un conocido museo neoyorquino, el poeta cambia de tercio. Esas lilas, dice,

No eran las que compraba
mi madre, recién alba,
en el huerto de Cobos.

Es uno de esos contrastes a los que nos tiene acostumbrados la poesía de Pablo: del museo cosmopolita, con sus resonancias prestigiosas, a la humilde evocación de un huerto familiar. Y no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que la fuerza con que se presenta este nuevo dato da también idea de su importancia en el universo de este poeta: si cabe rastrear cierta ironía, incluso cierto retintín burlón, en la mención del museo neoyorquino, no hay más remedio que asentir a la gravedad y al cariñoso respeto con que el poeta menciona “el huerto de Cobos”.

Pero tampoco hay que pensar que estamos ante una nueva versión del viejo tema clásico del “menosprecio de corte y elogio de aldea”, transmutado aquí en desdén por el mundo de la cultura y loa del círculo familiar. Leamos unos versos más:

Mas olían

–esas lilas de museo, que son las que el poeta tiene ahora efectivamente delante–

a infancia y a pupitre,
abriendo alguna puerta
a ese país secreto, amargo y dulce.

Yo creo que ésta es la función más digna que podemos otorgar al arte –y por tanto, a los objetos “artísticos” contenidos en un museo–: la de ser una puerta al país secreto de la infancia, de la juventud, del amor; de esos territorios donde nos reconocemos y reencontramos. Hay poetas que se quedan con la función puramente ornamental de los objetos de arte, y que cuando los mencionan o utilizan como asunto de sus composiciones, no nos ofrecen más que una impresión de segunda mano, que lo más que puede causar en nosotros es el deseo de ver el objeto sin mediaciones, tal cual es, sin que nadie nos lo glose en palabras. A estos efectos, esos poemas cumplen el papel de una buena guía turística. No es el caso de los de Pablo García Baena: sus poemas son siempre puertas practicables, pasadizos transitables, y no meras descripciones de lo que podemos encontrar tras esas puertas o al final de esos pasadizos. Podemos transitar por ellos, acompañar al poeta en su redescubrimiento, reconocer que también nosotros hemos sentido a veces la emoción de reencontrar, en una imagen, ese olor a infancia y a pupitre, ese país secreto, amargo y dulce al que sólo podemos acceder cuando la belleza nos abre, como en un conocido cuento de H. G. Wells, una puerta en un muro; una puerta que nos ha salido al paso por casualidad, cuando no la esperábamos, y que quizá no volvamos a encontrar si nos empeñamos en ir en su búsqueda.

La vida y la obra de Pablo García Baena testimonian su entrega a esta búsqueda que tiene tanto de azarosa como de laboriosa y sistemática. A lo largo de su trayectoria ha conocido la exaltación juvenil, con su promesa de rendir al mundo con el talento propio, y la oscuridad resignada, seguida de la serena aceptación del reconocimiento debido. No es éste el momento de glosar una historia que es parte ya de la Historia, con mayúsculas, de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, y que contiene no pocas de las tesituras y paradojas que se dieron en ese intervalo particular de la vida y la cultura de nuestro país. Recordemos, de pasada, que, mientras en otras latitudes y bajo otros presupuestos estéticos, la poesía española de la inmediata posguerra marchaba por derroteros que parecían ignorar no sólo los esplendores de las generaciones inmediatamente precedentes (modernistas, “noventayochistas”, “novecentistas”, poetas del 27, etc.), sino los logros permanentes de la mejor poesía española de todos los tiempos, un grupo de poetas cordobeses, reunidos en torno a la revista Cántico, proclamaba desde su ciudad la devoción, no sólo por la palabra bella y sonora, como se ha dicho, sino por el valor de los mundos personales, sensoriales y sentimentales a ella asociados. Los poetas de Cántico no eran estetas aislados, que daban la espalda a las grandes cuestiones de su tiempo; sino, por el contrario, grandes creadores intuitivos que supieron no perder el rumbo en un tiempo confuso. Pablo García Baena, Ricardo Molina, Mario López, Juan Bernier, Julio Aumente no sólo supieron aplicar su oído a lo mejor de la Generación del 27, entonces oscurecida y dispersa, sino que extendieron el alcance de su búsqueda al Modernismo, a la prosa de Gabriel Miró, a la melancolía de Bécquer y Garcilaso o la ductilidad de Fray Luis de León.

Lee uno Rumor oculto, el primer libro de Pablo García Baena, publicado en 1946, y se asombra, no ya de encontrar estas influencias –lo asombroso era que las corrientes más visibles de la poesía española las hubiesen olvidado–, sino de verlas tan bien avenidas y asimiladas, tan serenamente asumidas por un poeta de provincias de poco más de veinte años.

Habría que decir algo sobre esa condición, la de “provinciano”. Incluso hoy día, en los tiempos de las telecomunicaciones y de Internet, cuando parece que uno está en contacto directo y permanente con el ancho mundo desde el rincón más recóndito, el alejamiento de los centros de influencia y poder literario hace que muchas voces notables sean postergadas o consideradas meros satélites del acontecer principal, que se concentra en Madrid y, mientras lo permita la triunfante ceguera regionalista, en Barcelona. En los años cuarenta, como es de imaginar, esta sensación de desconexión debía de ser más pronunciada. Pero también, por eso mismo, los convencidos y entusiastas eran capaces de desplegar una asombrosa capacidad de iniciativa, mantenida con una convicción y un entusiasmo que difícilmente encontraremos, hoy día, en muchos quejumbrosos pretendientes al reconocimiento capitalino. No sólo en Córdoba: en Cádiz, en Málaga, en otra cuidades aparecieron grupos de poetas que, precisamente por parecer algo anticuados o retraídos respecto a lo que entonces se hacía en Madrid, hoy se nos aparecen como adelantados. Pienso en la revista gaditana Platero, o en la malagueña Caracola… Y un poeta señero vinculado a la primera, nuestro recordado Fernando Quiñones, da cuenta, en un poema de sus Crónicas de mar y tierra, de 1968, de la fluida intercomunicación que existía entre estas tentativas aparentemente aisladas e inconexas:

en el verano de aquel mismo año
entre las tapias blanqueadas y los jardines de las bodegas
soplaba el Sur sus nocturnas trompas enervantes
con la brisa del mar cercano y los viñedos
sobre los hombros breves de Pablo García Baena
y la mirada maliciosa de Miguel
y estaba Juan
Valencia
Pepe Caballero
Rafaelito Bonald
Vicente
todos con la alegría
del magnífico vino de siempre y la visita
de los poetas cordobeses…

El resto es historia conocida. La de Pablo dice que, después de Rumor oculto, publicó con cierta continuidad otros cuatro libros: Mientras cantan los pájaros, Antiguo muchacho, Junio y Óleo, este último de 1958. Y que luego el cansancio, la decepción y el alejamiento de las sensibilidades literarias dominantes lo llevaron a un silencio casi total de veinte años, definitivamente roto por la publicación, en 1978, de Antes que el tiempo acabe, uno de los grandes libros inaugurales del periodo cultural que se iniciaba con la muerte del dictador en 1975. Este renacer vino precedido por la publicación, en 1976, del libro de Guillermo Carnero El grupo “Cántico” de Córdoba, un auténtico desmentido de quienes creen que la historia de la literatura es incapaz de enmendar errores y olvidos. Con este estudio-antología de Carnero, la poesía de Pablo y sus amigos quedaba definitivamente reconocida y servida a las nuevas generaciones, que la acogieron con un inusual respeto y simpatía. Siguieron otros dos libros de poemas de Pablo –Fieles guirnaldas fugitivas, de 1990, y el ya citado Los campos Elíseos, de 2006–, entre los que se insertan algunas compilaciones y algunos libros de prosa. A este género pertenece, precisamente, la última publicación de Pablo de la que tengo noticia: Selva varia, subtitulado Sobre poesía y poetas, de 2007.

Éste es el autor que hoy viene a departir sobre los Ángeles turiferarios de Zurbarán que acoge nuestro museo provincial. Creo que no me equivocaré si les anuncio ya que nuestro invitado hará de estos ángeles gaditanos, como de las lilas de la Frick Collection, otra puerta abierta a un mundo personal que, por suyo, es también nuestro, de todos los que tenemos la fortuna de leerlo y escucharlo.

Con ustedes, Pablo García Baena.

(Museo Provincial, Sala Zurbarán, Cádiz, 19 de febrero 2007)