26 mayo, 2009

UN VERBO INTRANSITIVO

Mundar, de Juan Gelman. Visor Libros, colección “Palabra de honor”. Madrid, 2008. 138 pp.
En vano buscará el inocente lector la voz “mundar” en los diccionarios, y hasta es posible que, en su desespero, la atribuya a alguna lengua bárbara, como las que dejan su rastro en las toponimias imaginarias de Robert E. Howard o en las ficciones filológicas de Tolkien. En realidad, la solución al enigma está mucho más próxima: basta recordar que la terminación –ar define una de las tres conjugaciones verbales existentes en español; y que los verbos, como bien saben los filólogos, revelan su comportamiento en función del “régimen” por el que gobiernan sus complementos. De este “mundar” que aquí nos ocupa sabemos que es verbo intransitivo y que admite un locativo, tal como lo vemos en el poema “Sépase”: “¿a dónde fue (…) el visible que munda en otra parte?”. Y que, por tanto, podemos colegir que su significado se aproxima al de los otros verbos y locuciones que en castellano acotan el campo semántico de vivir, habitar, ocupar, estar en un sitio; a los que une, quizá, un matiz de identificación o fusión cordial con el sitio habitado.

Disculpará el lector de estas notas la digresión que antecede. La justifico en la creencia de que quizá este libro no sea otra cosa que un tratado sobre el modo de habitar el mundo sin experimentar ese distanciamiento con el que nos desligamos de los fenómenos apenas nos erigimos en observadores de ellos, aun cuando seamos nosotros mismos los sujetos de esos fenómenos. De ahí las dificultades que este poemario puede plantear, de entrada, al lector de poesía habituado a otros registros más explícitos. No es que Gelman los rehúya: en esta colección pueden rastrearse todos y cada uno de los grandes temas tradicionales de la poesía, desde el amor a la nostalgia, pasando por la evocación de la infancia perdida, el recuerdo de los seres queridos, la reflexión sobre la naturaleza de la propia poesía, y la protesta social y política como expresiones de una disconformidad más radical, que afecta a la conciencia misma del vivir y a la permanente búsqueda de sentido en un mundo difícil. Pero estos temas, estos enunciados recurrentes en la poesía de todas partes y todos los tiempos, están tratados aquí con un distanciamiento crítico que afecta a los modos de expresión, a la continuidad misma del discurso y a los puentes comunicativos que la mayoría de los poetas dan por sentados en su trato con el lector.

Naturalmente, todo es cuestión de grados, y este radical extrañamiento del discurso poético que practica Gelman se relaja a veces lo suficiente para que el lector se sienta transitar por los senderos de una poesía más discursiva y unívoca: ocurre, por ejemplo, en “Baires”, donde, una vez resuelto el pequeño enigma del título (que no es sino el apócope con el que los bonaerenses designan su ciudad), las imágenes se ordenan con claridad meridiana en función de la evocación sentimental y la nostalgia, en la que comparecen incluso una borgiana “barriada / al crepúsculo” y el “tango que fue en los pies de la muchacha más linda del salón”, en un tiempo en el que parecía que la muerte “nunca iba a llegar”.

No es ésta la única pieza de este Mundar en la que Gelman, a contrapelo de la textura poco común de sus poemas y de la a veces curiosa disposición gráfica de los mismos, transita por los terrenos de la inteligibilidad, digamos, clásica. En “Es”, por ejemplo, se acoge a su propia versión descarnada del soneto para poner en pie lo que no podemos dejar de entender sino como una nueva y sorprendente versión del tema lopesco de la definición del amor: “el caballo escondido que crece en el viento/ es amor/ la cuchara que revolvió antifaces y cambió la sopa de la vida/ es amor…”; poema que no rehúye siquiera un final de un ternurismo que no hubiera disgustado a los poetas populares de su tierra, al modo de Evaristo Carriego, con los que el también argentino Juan Gelman mantiene un soterrado diálogo a lo largo de todo este poemario: “y amor es la niña que despierta la calle con su manita llena de caricias/ contra la nada limpia/”.

No es éste el único momento en que Gelman parece evocar, no sin ironía, sus antecedentes más cálidos y cordiales. La “costurerita” que, de la mano de la midinette mallarmeana, remata el poema “Pérdidas”, parece hermana gemela de aquella otra que “dio aquel mal paso” en el conocidísimo poema de Carriego. Pero no es esta tradición popular, urbana y sentimental la única con la que dialoga Gelman en este poemario. El sabor lapidario al que tienden muchos pasajes de este libro, por ejemplo, recuerda a la poesía sentenciosa de Antonio Porchia: “El nudo ata hilos para que no insistan en su pretensión de coser”, afirma, al modo de este último, en “Hilos”. Sólo que Gelman, a diferencia de su paisana Alejandra Pizarnik, eleva esta poesía gnómica a su más alto grado de intensidad, antes que reducirla a la gratuidad y al sinsentido.

No es extraño que estos diálogos soterrados afloren en un poeta que demuestra haber reflexionado mucho sobre el sentido y la finalidad de la palabra poética, y que se enfrenta a su propia tradición desde la desazón resultante de estas reflexiones. El campo en el que se dirime la poesía es “un papel lleno de imposibilidad”, en el que el poeta se las ve consigo mismo y con una tradición que, por paradójica y contradictoria (y por estar teñida, también, de complicidades con los aspectos más oscuros de la Historia), más que brindar respuestas, abre un sinfín de nuevos interrogantes. De ahí que ciertas encarnizadas polémicas literarias (por ejemplo, la aludida en el poema “Par impar”, entre el verso “par”, como el octosílabo popular o el decasílabo medieval, y el “impar”, de tradicion culta), se presten a ser zanjadas con una salida cómica: “Un gato se ofrece a ser poema”. Estas reducciones al absurdo no son ajenas al hecho de que, en ocasiones, el seguimiento servil de una tradición agotada pueda ser simplemente una máscara de la abyección, como la de esos poetas que “pisan la poesía, su fuego, por un puestito”, y “nada alcanzan a nombrar”. Aunque a eso precisamente, a “nada”, es a lo que se reduce cuanto sabemos del poema apenas indagamos lo suficiente en su esencia, como hace el propio Gelman en “¿Qué se sabe?”: “Del poema, nada. Llega, tiembla, y rasga un fósforo apagado”. Con lo que, en un giro que resulta muy característico de este Gelman último, venido de la poesía combativa y directa a los terrenos de la máxima exigencia expresiva, el rigor poético deriva del rigor ético, y viceversa.

Naturalmente, este grado de exigencia tiene sus riesgos, y hay pasajes y poemas en este Mundar que apenas rinden el sentido mínimo que el lector requiere para dar por bien empleado su esfuerzo; o, lo que es peor: el sentido que rinden es a veces tan obvio que no justifica los medios empleados. Pero la poesía, tal como la concibe Gelman, es una lucha que no siempre tiene por qué acabar en victoria; o, en todo caso, esta victoria no tiene por qué ser absoluta, lo que en poesía frecuentemente se convierte en la imposición de una nueva clase de elocuencia. A ese poco apetecible triunfo llegó, por ejemplo, la poesía de Neruda. Los fracasos (parciales) de Gelman son la mejor vacuna posible contra esa deriva indeseada. Poemas como “El pato salvaje”, plenos de aciertos en todos los órdenes (rítmico, imaginativo, retórico) bien podrían ser los paradigmas de un “estilo Gelman” al que tanto el poeta como el lector podrían fácilmente acomodarse. Pero no parece ser ése el designio del autor, ni eso lo que buscan sus lectores. Su probada capacidad para concebir imágenes atinadas y efectivas, su sentido del ritmo y de sus necesarias atenuaciones, su habilidad para el contrapunto coloquial, su equilibrio entre la evocación gratificante y la dificultad de lo apenas expresable, demuestran uno de los talentos poéticos más maduros y exigentes de las últimas décadas.

Así lo prueba este Mundar que, incluso en sus dificultades, es un libro que eleva la tensión de la palabra poética a un nivel poco frecuente en estos tiempos, y plantea al lector el difícil reto de renunciar a los hábitos adquiridos y elevarse a este nivel de exigencia. El sólo hecho de que un reto así haya llegado a formularse en esta época tan poco propicia dice ya mucho a favor de la oportunidad y necesidad de este libro.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado en Campo de Agramante. Revista de literatura,
nº 11, primavera-verano 2009