29 septiembre, 2009

CARTAS DE VICENTE ALEIXANDRE A JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS (1937-1984)

Edición de Irma Emiliozzi. Transcripción y colaboración de Mª del Carmen Martínez Pereira. Pre-Textos, Valencia, 2005. 563 pp.

Parece claro que la publicación de un nuevo epistolario no va a cambiar la historiografía literaria española. Pero hará bien el lector de estas cartas en confrontar lo que de ellas se desprende con los tópicos aprendidos en los manuales; y verá que todo está sujeto a matiz, a revisión. No la figura de su autor, claro, cuyas conocidas generosidad, independencia de criterio y ecuanimidad quedan plenamente confirmadas. Tampoco la importancia decisiva de su influjo en las letras españolas tras la Guerra Civil. Con característica reserva, desgrana Aleixandre a su interlocutor algunos detalles de la génesis y andadura editorial de sus libros de posguerra, desde Sombra del paraíso a Diálogos del conocimiento. Se percibe que el futuro premio Nobel se sabe en un tiempo literario distinto, derivado de un clima moral muy diferente del que vio nacer, por ejemplo, La destrucción o el amor, en plena República. De ahí las dudas (con su punto de coquetería) sobre la oportunidad de dar a la imprenta los poemas nuevos; pero también la certeza de tener algo que decir en un panorama poético dominado por la “neo-retórica”; y la satisfacción de que sus poemas inéditos circulasen de mano en mano entre los jóvenes no afectos a la estética imperante. Todo ello desmiente, en fin, el tópico que ha querido ver en Aleixandre un “exiliado interior”, aislado del ambiente opresivo circundante y guardián de las esencias poéticas de un pasado mejor. Nada más lejos de la realidad. A pesar de la reclusión impuesta por su mala salud crónica, Aleixandre se relaciona con lo mejor y más activo del panorama literario de su tiempo, influye en revistas, colecciones y premios literarios, y hasta acepta con irónico fatalismo que lo nombren académico.

No hay en estas cartas, lógicamente, ninguna comprometedora toma de posición crítica frente al régimen. Aleixandre, para disgusto de algunos (entre otros, la responsable de esta edición), saludó con alivio la victoria “nacional” en 1939, después de haber sufrido detención en una cárcel republicana y pasado parte de la guerra refugiado en casa de un pariente. Sobre esas circunstancias se extiende largamente en las cartas fechadas en el “Año de la Victoria”. No hay que extrañarse que en ellas hable de los “asesinos rojos”, o que lamente el saqueo y destrucción de su casa. De estas palabras no se desprende ni siquiera rencor: sólo una dolida constatación de los sufrimientos padecidos. Ahora son otros los que sufren: su amigo Miguel Hernández, por ejemplo, de cuya penosa situación carcelaria trata insistentemente en muchas de estas cartas, hasta llegar a las doloridas cuartillas (2/4/1942) en que traslada a su corresponsal su dolor por la muerte del poeta oriolano. Preocupación constante de Aleixandre será velar por la viuda y recabar de sus amigos ayuda económica para ésta. Peticiones que adivinamos puntualmente satisfechas por un no menos generoso José Antonio Muñoz Rojas.

Y es que una de las muchas virtudes de estas cartas es la de reflejar ampliamente las reacciones y actitudes del interlocutor. Casi no se echan en falta las cartas de éste: las de Aleixandre reflejan cumplidamente cualquier novedad en su historia personal (noviazgo, boda, nacimientos de hijos y nietos) o literaria (la aparición de los sucesivos libros del antequerano, entre los que Aleixandre justamente destaca el fundamental Las cosas del campo). No puede evitar el poeta mayor una cierta idealización de su amigo más joven: ve en él la energía, la salud, la decisión que a él le faltan; y, si acaso, con el tiempo llegará a reprocharle que haya arrinconado un tanto su carrera literaria, en aras de otras responsabilidades. En las “cartas agosteñas” que se agrupan en la segunda parte de este epistolario, la figura de un Muñoz Rojas a caballo por sus tierras llegará a convertirse en un esperanzador emblema vitalista, en el que Aleixandre proyecta sus propios deseos de perduración digna en la vejez.

Son éstas, quizá, las cartas más líricas de este epistolario, las que explicitan el verdadero sentido de este diálogo extendido en el espacio y el tiempo: dejar constancia de lo que permanece y lo que huye. Entre lo primero podemos contar ya estas cartas y, sobre todo, lo que encierran: el mejor testimonio de una bella amistad.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural -en versión algo más breve- el 3-06-2005