25 octubre, 2009

EL CUENTO DE SIEMPRE ACABAR, de Medardo Fraile

EL CUENTO DE SIEMPRE ACABAR

Medardo Fraile. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2009. 617 pp.

Aunque ha tocado, y no sin fortuna, casi todos los géneros literarios, es en el cuento donde reside la gran aportación de Medardo Fraile (Madrid, 1925) a la literatura española. Y es el don de contar, de sintetizar una situación en unos pocos detalles, el que brilla en las mejores páginas de El cuento de siempre acabar, este recién publicado tomo de memorias.

Abarcan éstas desde su infancia, a caballo entre Madrid y Úbeda, hasta su llegada a Southampton como lector de español en 1965. Son, por tanto, unas memorias parciales; y, a tenor de lo que efectivamente contienen, el lector bien puede echar de menos lo que ha quedado por escribir, de lo que sólo se ofrece un apretado resumen en el “Cierre” que las culmina, y que se reduce prácticamente a un rápido repaso de los hitos que han ido marcando la resurrección editorial y el reconocimiento alcanzados por el autor en su madurez. Aunque tampoco faltan en esta sección las pinceladas certeras para retratar a determinados personajes: a Ian Gibson, por ejemplo, con su andaluz impostado y su devoción “de labios para afuera” por Lorca, mientras que, a quien quisiera escucharlo, le decía que el mejor poeta del mundo era T. S. Eliot… También se perciben en este “Cierre” algunas ausencias: la del dramaturgo Alfonso Sastre, por ejemplo, amigo y compañero de aventuras literarias del autor desde la adolescencia de ambos, y con respecto al cual Fraile hace constar no pocas reticencias literarias y personales, aunque sin entrar jamás a juzgar la deriva ideológica del amigo hacia las posiciones extremistas que sostiene hoy. Lo que llama la atención porque, desde las primeras páginas de estas memorias, el autor deja bien claro su escepticismo político, y su no llamarse a engaño respecto a determinados cantos de sirena ideológicos. En este aspecto, su retrato del Madrid republicano durante la Guerra Civil no deja lugar a dudas.

Y es que en unas memorias, como en un buen relato breve, lo que se calla es tan importante como lo que se dice. Lo que no va en detrimento, en fin, del valor, en este caso muy elevado, de lo que efectivamente se cuenta. A la vívida crónica que estas páginas ofrecen del Madrid sitiado durante la guerra, habría que contraponer, como imagen de un paraído perdido, la Úbeda anterior al conflicto, donde el autor tenía parientes y donde su familia mantenía una mutuamente satisfactoria relación ancilar o clientelar con una hacendada local. Y aunque el autor evita las disquisiciones analíticas, y prefiere narrar, queda establecido un vínculo explicativo entre esta infancia con referentes sociales y políticos muy mezclados y la actitud de distanciamiento e independencia con la que luego se movió el autor en un medio cultural progresivamente politizado.

De la crónica de su paso por este medio cabe destacar su vinculación al grupo Arte Nuevo, junto con Sastre y un entonces inquieto y renovador Alfonso Paso; y, sobre todo, su colaboración con la editorial y revista Ágora, en cuyo relato cabe rastrear una verdadera novela barojiana de iniciación, a la que no es ajena la personalidad singular de los artífices de dicha empresa, el matrimonio formado por Mario y Concha Lagos, fotógrafo y poetisa respectivamente.

Hay otras “novelas” más o menos implícitas en este fluido relato autobiográfico; pero quizá las más sugerentes sean, como suele ocurrir en este tipo de testimonios, las de todos esos personajes que el autor retrata en el cenit de sus ambiciones, y de los que cita incluso algunos frutos logrados, pero de los que apenas queda ya un levísimo rastro en los anales literarios. Personajes como el prolífico novelista Alejandro Núñez Alonso, al que el autor dedica algunos matizados elogios, u otras figuras que mantienen hoy su fama y vigencia, pero respecto a las cuales el juicio del autor tampoco coincide necesariamente con la opinión más o menos generalizada; como, por ejemplo, cuando se muestra reticente respecto a El Jarama, la famosísima y todavía hoy estudiada y leída novela de Rafael Sánchez Ferlosio.

La frescura y novedad que destilan estas páginas apuntan a que la verdadera historia literaria de esos años necesita una urgente revisión de sus tópicos más asentados. Y constatan, también, una premisa frecuentemente ignorada: la probidad e intensidad del esfuerzo literario en una época –el primer franquismo- difícil, y la esencial continuidad de la cultura española de posguerra respecto a la anterior. Dan la sensación de llenar un vacío que, quizá por haberse mantenido demasiado tiempo, es ahora fuente inagotable de hallazgos.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Publicada en
El Cultural, viernes 23 de octubre 2009