17 enero, 2010

JAIME GIL DE BIEDMA

JAIME GIL DE BIEDMA

Miguel Dalmau. Circe, Barcelona, 2004. 510 pp.

Está de más plantear la cuestión de si esta biografía es pertinente o no: cualquier lector de Gil de Biedma sabe que en su obra hay repliegues, silencios, veladuras, que apelan directamente a la curiosidad. No a la que reclama conocer intimidades de alcoba, sino a otra más legítima, e indisociable de la genuina apreciación literaria: la que despiertan, por ejemplo, poemas como “Intento formular mi experiencia de la guerra”. Ante un texto como éste, que evoca la felicidad de un niño en medio de circunstancias públicas adversas, el lector tiene todo el derecho a desear saber más, a preguntarse cómo la memoria juega con frecuencia a contradecir el testimonio histórico y el juicio moral. Naturalmente, la poesía de Gil de Biedma suscita otras preguntas: a qué se debe su asombrosa eficacia, de dónde viene la sensación de novedad que causa y, a la vez, la clara impresión de que muchas de sus afirmaciones son parte de un acervo común de confidencias lúcidas que el lector –vanidosamente, quizá– siente como propias.
La biografía que hoy nos ocupa satisface en buena medida la curiosidad legítima del lector y le proporciona datos relevantes para el buen entendimiento de los poemas, de su génesis y circunstancia y, en algún caso, de los modelos que el poeta tuvo en cuenta al componerlos. Quizá en este último aspecto no alcance la exhaustividad de las grandes biografías anglosajonas. Y, lo que es más importante: en las apreciaciones literarias que contiene quizá podamos echar de menos una clara definición del punto de vista crítico desde el que se abordan, e incluso del que sustenta determinados juicios de valor sobre la literatura española contemporánea, como esta llamativa afirmación, contenida en una pregunta retórica referida a los poetas jóvenes que visitaban a Gil de Biedma: “ese juego de ambigüedades, cuando no de favores de alcoba, era habitual en la escala de ascensos de la poesía española”.

Y es que éste es un libro escrito con una curiosa mezcla de despego –de ironía, también– y aplicación. Concebido como un tríptico, según el modelo de un conocido cuadro de Bacon, sus tres relatos presentan sucesivamente al biografiado en su condición, primero, de persona civil (hijo de buena familia, estudiante, abogado, hombre de empresa...), luego como poeta y, finalmente, en el papel que el biógrafo en algún momento denomina, en expresión no del todo afortunada, “Gil de Biedma erótico”. El primer “panel” es un esbozo de lo que podría haber sido una correcta “biografía autorizada” del poeta, en la que quedan abiertos significativos huecos de misterio donde el lector puede ubicar esas legítimas curiosidades de las que hablábamos antes: sobre literatura y sobre las posibilidades de que una persona culta y de buena posición pudiera burlar las limitaciones que le imponía la sociedad española de su tiempo. El segundo “panel” esboza la actuación literaria de Gil de Biedma. Y el tercero, su ajetreada trayectoria sentimental y sexual y las penosas circunstancias de su muerte.

Son muchas las páginas de esta tercera parte que, en buena ley, deberían pertenecer a la segunda, por explicar la génesis y el sentido de determinados poemas. Lo que nos sitúa ante la cuestión principal que ha de plantearse el biógrafo de un artista: si lo que nos interesa de la vida de éste es sólo lo que explica su obra, o si también viene al caso lo que el biografiado consideraba materia estrictamente privada. En la dramática carta –aquí incluida– que el poeta dirigió a Dionisio Cañas para disuadirle de explicitar la orientación sexual de su poesía amorosa, Gil de Biedma señalaba que esta clase de cuestiones nunca preocupó a los estudiosos de su obra ajenos al ambiente literario español. En ese sentido, su poesía es más que ambigua: reduce a la irrelevancia la cuestión del sexo de sus referentes eróticos, lo que hace que cualquier lector se reconozca inmediatamente en ella sin necesidad de engorrosas transferencias.

A tales efectos, está claro que este libro, bien documentado y bien escrito, ayuda bastante a entender al personaje, pero quizá no a que leamos mejor su poesía. Al fin y al cabo, el poeta fue, en palabras del biógrafo, un “inteligente y sagaz administrador de su propio silencio”. Silencio que debe entenderse, no sólo referido a la decisión de no escribir poesía a partir de determinado momento, sino también a la de no añadir a lo escrito innecesarias aclaraciones. Pero tampoco podemos culpar al biógrafo por contar lo que sabe; aunque, como lectores, optemos por no tenerlo en cuenta.

Publicado, en versión algo más breve, en El Cultural, 9/12/04