10 marzo, 2010

TROPPO VERO

Andrés Trapiello. Pre-Textos,
Valencia, 2009. 793 pp.

El diario-novela de Andrés Trapiello llega a su decimosexta entrega, y parece excusado a estas alturas entrar a discutir su modo de abordar el género o de imponerse a sí mismo sus propias pautas de verdad. Un diario personal, incluso un diario que quiere presentarse como novela en marcha o novela de una vida, es siempre verdadero, e incluso demasiado verdadero (troppo vero), si el autor acierta en el tono, en la elección de los hechos pertinentes, e incluso en la manera de pedir licencia para permitirse un margen más o menos amplio de invención.

Ni que decir tiene que estos diarios cumplen sobradamente estos requisitos. Vienen avalados por la propia verdad íntima del autor, por las abundantes páginas dedicadas a la vida pequeña, a los acontecimientos familiares, al recuerdo, a la introspección. Se acreditan por la mirada limpia que suelen exhibir cuando se refieren a hechos o personas anónimas: cuando dan cuenta, por ejemplo, de la apariencia y actitudes de un pordiosero, de una prostituta callejera, de un chamarilero, de unos albañiles ruidosos. Podría decirse que, en la economía interna de estos libros, las páginas dictadas por la propia intimidad y la observación desinteresada son las que prestan autoridad y convicción a esas otras, acaso más sabrosas para el lector ávido de carnaza, en las que el autor se mide abiertamente con la variopinta fauna que concurre en la llamada “vida literaria”. El propio Trapiello ironiza sobre esta faceta de su obra, que merece incluso la desaprobación divina, si hemos de hacer caso a lo que cuentan al respecto las hilarantes páginas dedicadas a cierta zarza ardiente que interpela al autor y le recomienda una mayor ecuanimidad a la hora de encajar los sinsabores del oficio.

No es que esa ecuanimidad haya faltado nunca en estos diarios. Podría decirse que, si se comparan las filias con las fobias enumeradas en los mismos, las primeras ganan por amplia mayoría. No hay demasiada malicia, en efecto, en los dos grandes retratos de personajes públicos que encontramos en esta entrega, el de una ministra de cultura y el de un polémico exvicepresidente del Gobierno: el autor, aun constatando las distancias que le separan de la una y del otro, les reconoce su condición de personajes entregados, como cualquiera, a sus propios y legítimos empeños. Y este efecto se consigue precisamente porque el autor los mira con los mismos ojos de asombro y curiosidad que dirige a los mendigos y a las mujeres de la calle. Es en estos retratos, quizá, donde mejor cumple el autor el mandato de la zarza. Que se permite ignorar en otras páginas no menos certeras, en las que Trapiello echa su cuarto a espadas en la sempiterna guerra literaria, y lo hace noblemente, a cuerpo y con bien fundados argumentos, aun a sabiendas de que así se expone a que otros se los apropien, como ha ocurrido, por ejemplo, con la reivindicación de Juan Ramón Jiménez, defendida en esta coyuntura por quienes representan justo lo contrario de lo que significó el poeta de Moguer; o con Ramón Gaya, que recibió ese año (2002), según cuenta este libro, el Premio Velázquez de Artes Plásticas, en medio de una amplia incomprensión.

Aunque estos empeños, insistimos, quizá tendrían menos valor si no vinieran avalados por un tono y un modo de hacer que destilan verdad. Año tras año estos diarios lo consiguen. Lo que, en un mundo en el que las zarzas ardientes rara vez se hacen oír, no deja de ser un pequeño milagro.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA