21 octubre, 2010

PRESENTACIÓN DE MACEDONIA DE RUTAS, de Antonio Rivero Taravillo. Editorial Paréntesis, Sevilla, 2010

Decir que es un placer y un honor para mí presentar un libro de Antonio Rivero Taravillo puede parecer un lugar común, dictado por la circunstancia en que nos encontramos. Pero lo cierto es que esta vez el cumplimiento de este trámite viene facilitado por el hecho de que el hombre, el escritor que tengo a mi lado, tiene mi edad, ha participado en muchas empresas literarias y culturales con las que yo también he tenido alguna relación y, más allá del parecido físico que algunos dicen que tenemos, exhibe gustos e inclinaciones que coinciden en gran medida con los míos, por lo que exponerlos y ponderarlos no me resulta en absoluto difícil.

Antonio Rivero Taravillo es autor de otros libros de viajes, cuyos meros títulos delatan algunas de sus querencias:
Las ciudades del hombre, que indica que estamos ante una de esas personas que, sin despreciar la naturaleza, encuentran motivos de celebración y gozo en el descubrimiento de esos laberintos inabarcables e inagotables que son las ciudades; y Viaje sentimental por Inglaterra, toda una profesión de fe anglófila, no incompatible con la declarada hibernofilia, o devoción por todo lo irlandés, que siente del autor. Que lo es también de algunos libros de poemas, el último de los cuales es El árbol de la vida (2007); y de una gran biografía de Cernuda, la mejor y más completa de las que se han escrito hasta ahora, de la que ya ha salido el primer tomo, Luis Cernuda: años españoles, que obtuvo el premio Comillas de Biografía de 2007, y de la que está a punto de salir el segundo. Es un traductor empedernido, premiado y –añadiría yo– imprescindible, porque no sólo ha facilitado el acceso del lector español a algunos grandes poetas en lengua inglesa, sino que incluso ha arrojado luz sobre alguno que no atravesaba sus mejores momentos en la estimación de los entendidos, como es el caso de Tennyson, el gran poeta victoriano, al que generaciones sucesivas no le han querido perdonar el éxito mundano y literario que conoció en vida. Recuerdo el momento en el que Antonio me hizo entrega, hace años, en pleno centro de Sevilla, muy cerca de la librería que entonces dirigía, del libro en el que recogía sus traducciones del gran poeta victoriano. Le elogié el atrevimiento de haber traducido a ese poeta en horas bajas; y él, modestamente, me dijo que algunos poemas suyos “estaban bien”. Y la verdad es que, después de leer los elegidos por él en esta ocasión, no hay más remedio que darle la razón. A ciertos poetas se accede a veces de la mano de quienes han tenido la paciencia y la intuición de encontrarles sus aciertos. Y éste fue el caso.

Ahora Antonio nos ofrece un nuevo libro de viajes, Macedonia de rutas. El lector no avisado podría pensar que estamos ante una especie de guía de viajes más o menos literaturizada, como tantas -algunas muy amenas y bien escritas- que andan por ahí. Y lo cierto es que, con este libro en la mano, una persona de ánimo viajero podría planear unos cuantos viajes apasionantes. Pero yo, que no soy tan viajero como Antonio, he encontrado en este libro algo que creo que es todavía mejor: valiéndose de él, también un lector absolutamente sedentario, como es mi caso, podría efectuar un extraordinario viaje mental y literario sin levantarse de su sillón; o, lo que es más interesante aún: levantándose muchas veces de ese sillón para acudir a otros libros y confirmar en ellos que, allí donde un lector común sólo encontraba un poema hermoso, pongo por caso, Antonio lee un pormenor vivísimo que él mismo ha podido constatar in situ; por ejemplo, cuando pasea por Cambridge y se acuerda del poema a un humilde gorrión que Claudio Rodríguez escribió en el periodo que pasó como lector en esa ciudad universitaria. En ese aspecto, Macedonia de rutas es un libro que no sólo transmite una experiencia ajena, la del escritor-viajero, sino que obliga al lector a revivir esa experiencia, porque lo enfrenta, si no a los lugares concretos, que a lo mejor desconoce, sí a otras muchas evidencias que el lector, por el mero hecho de serlo, se sentirá tentado de redescubrir por su cuenta y riesgo, aunque no sea más que haciendo un viaje en zapatillas a su biblioteca.

Con lo dicho no pretendo dar a entender que éste sea un libro de mera erudición literaria. Por el contrario, hay en él un ingrediente muy distinto a la erudición: la sabiduría vital y vitalista. En ese sentido, no creo que haya nadie que pueda leer el capítulo dedicado a los pubs londinenses sin sentir en su garganta la apetencia inmediata de tomar una pinta de cerveza tostada, tal y como la sirven en Londres: fresca, pero no fría, para que entre en el cuerpo y en el espíritu como un recio tónico reconstituyente. Ni creo que ningún amante de la belleza femenina no experimente una sensación de simpatía y asentimiento cuando Antonio habla de una rápida mirada cruzada con una desconocida en cualquier ciudad del mundo. Viajar es, en este libro, una manera de gozar, ya sea de la cerveza, de la música, de la literatura, de la belleza o de la buena comida. Y también del peligro, porque por este libro aparentemente tan contemplativo y apacible, tan cargado de placeres que presuponen serenidad y tiempo para apreciarlos, corre también, a veces, alguna que otra ráfaga estremecedora, que indica que no todo ha sido siempre tan idílico ni tan civilizado. El trasfondo violento de México D.F., por ejemplo; o la dolorosa evocación de cierta librería neoyorquina que se albergaba en los bajos del World Trade Center. Aunque a veces no es necesario ir tan lejos para confrontar la hostilidad y la incomprensión, como queda ejemplificado en la elegantísima crónica que Antonio hace de un homenaje a Agustín de Foxá que había de celebrarse en un local municipal sevillano y fue prohibido a última hora por una concejala intolerante. Que Antonio incorpore estas anécdotas de su faceta pública de hombre de letras sevillano a este libro cosmopolita nos depara, también, otra de las claves del mismo: su modo de equiparar lo cercano con lo lejano, para dar a entender que, como decía el humanista, nada humano le es ajeno.

Y con esto termino ya: que este libro se publique en una colección de narrativa no parece, en modo alguno, un despropósito. Otro autor más apegado a la ortodoxia genérica hubiera impostado un personaje autobiográfico al que atribuir todas estas andanzas y hubiese presentado el resultado como una especie de novela de iniciación. Yo creo que ya lo es, sin necesidad de disfrazar su verdadera naturaleza. Una apasionante novela de la que, además, cualquiera de nosotros podría ser el protagonista, sólo con que nos decidiéramos a seguir los pasos de su autor.

Biblioteca Provincial de Cádiz, 20 de octubre de 2010