17 enero, 2013

INFANCIA Y TRANSICIONES

LA FUENTE Y LA MUERTE 

Pedro Sevilla. Renacimiento, Sevilla, 2011. 331 pp. 

Se leen estas memorias de Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959) con creciente emoción y con sincera admiración. Su prosa, después de un par de notables probaturas novelísticas de carácter también autobiográfico, se ha depurado y alcanzado una evidente eficacia expresiva. Y casi da reparo pensar que este libro, acogido al siempre comprometedor marbete de memorias –que acaso parezca desmesurado para el mero relato de la infancia y primera juventud de un hombre todavía joven– pueda entrar en la misma categoría que las de tantos personajes del chalaneo nacional (políticos, escritores mediáticos, etc.)...

No, esto es otra cosa, o quizá más de una cosa al mismo tiempo. Hay en este libro al menos dos libros, porque la parte referida a la infancia tiene entidad propia y podría figurar con todo merecimiento en una lista ideal de títulos que incluyera las Elegías andaluzas de JRJ, Las cosas del campo de Muñoz Rojas y Las estaciones de Francisco Bejarano, entre otros. Las personas aquí retratadas, empezando por el propio protagonista de estas memorias, tienen vida y carácter: la madre y el padre, destacadamente; pero también la abuela, sobre la que gravita buena parte del relato, las tías, “tan lacias”, etc. A pesar del carácter íntimo de mucho de lo aquí relatado, no tiene el lector sensación de intruso entre estas vidas ajenas, ni de receptor de confidencias no pedidas y acaso demasiado comprometedoras, porque lo que estos retratos de personas reales obran es una clarificación de unas cuantas verdades universales referentes a los seres que nos rodean y nos arropan en la infancia.

Entre la del autor y la de este reseñista, por supuesto, hay algunas diferencias, como las habrá sin duda entre este relato y el que cualquier lector se haga de ese tiempo íntimo e intransferible. Pero, con todas las especificidades que quepa identificar en éste, sigue siendo esencialmente reconocible el clima de la época, y casi es posible distinguir sus colores y respirar sus olores característicos, que eran los de la pobreza digna y los de una también dignísima aspiración al cambio social y a la redención de desigualdades e injusticias seculares. También es reconocible el trasfondo político y social. Todo ello trascendido por una muy lúcida y nada pretenciosa, por natural, reflexión sobre el tiempo sin tiempo de la infancia, y sobre otras grandes realidades que escapan al tiempo, como son las del dolor, la muerte, el amor, la maternidad –rasgo definitorio de las grandes figuras femeninas que comparecen en el relato– o la proverbial inexpresividad casi totémica de la figura paterna.

Sigue una segunda parte más urgente, casi periodística, aunque trascendida de nuevo por una suma de dolores de distinto cuño. Porque el relato que Pedro Sevilla hace de la adolescencia en los tiempos de la Transición es, sobre todo, la crónica, no sé si intencionada, de un derrumbe. Cuántas cosas murieron entonces, no ya por el devenir histórico, tan ciego como lo fue siempre, sino por la trágica coincidencia de que la liquidación de la infancia propia y la irrupción de la mano destructora del tiempo en el propio entorno coincidieran con la liquidación de un periodo histórico –el franquismo– con el que, evidentemente, el protagonista de estas memorias no se identifica, pero cuyos estertores amplifican y prestan un matiz peculiar a la dolorosa e inevitable metamorfosis personal del narrador. Hubo, en ese otro incipiente tiempo nuevo, una esperanza general de libertad y un sinfín de malentendidas libertades recién estrenadas con las que muchos no supieron, o no supimos, qué hacer. No hace falta decir más. Lo que en este libro se dice la violencia interiorizada y la autodestrucción de muchos resulta suficientemente elocuente.

Es éste, en definitiva, un libro grande, verdadero, necesario. Puede achacársele, quizá, que en ciertas partes el autor haya literaturizado en exceso los conflictos de su alter ego autobiográfico, y puesto unas pizcas de ficción enaltecedora –o autoimprecatoria, que también– allí donde la verdad bastaba. Pero, más allá de estas ocasionales disonancias, estas memorias se imponen por la fuerza de sus hondas verdades y por la convincente llaneza con que están narradas. Otros memorialistas, muy a nuestro pesar, siguen justo el camino contrario.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para este blog

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