31 enero, 2013

PREGUNTAS SIN RESPUESTA

AYER NO MÁS 
Andrés Trapiello. 
Destino, Barcelona, 2012. 

El protagonista de esta novela –un hombre de sesenta años, historiador, de cierto prestigio académico y asendereada vida personal– asiste como testigo al encuentro casual entre su anciano padre y el hijo de un hombre asesinado por un piquete falangista del que el primero formó parte en las primeras semanas de la Guerra Civil. A pesar de los años transcurridos, el hijo de la víctima reconoce al presunto verdugo o cómplice del crimen. Y este perturbador acontecimiento coincide en el tiempo con la atmósfera política, periodística y académica suscitada por la tramitación de la Ley de Memoria Histórica y el intento –que hoy sabemos infructuoso– del juez Garzón de abrir una investigación general sobre los crímenes del franquismo. 

Ambas circunstancias, la coyuntura personal del protagonista –que aún no ha resuelto los malentendidos políticos y generacionales que le separan de su padre–, y la cuestión candente del momento –que para este personaje lo es aún más, por haber sido autor de algunos libros sobre la Guerra Civil y desenvolverse en un medio, el universitario, donde estos asuntos son la materia prima del trabajo diario, y objeto de no siempre ligeras controversias– se aúnan para crear un intenso drama en el que no solamente aflora el peso que la Guerra Civil todavía tiene sobre ciertos sectores de la sociedad española; sino, sobre todo, la catadura moral de los personajes, el temple de sus motivaciones, y su capacidad para alcanzar verdades válidas y conciliadoras en un contexto de insistente ruido mediático e intereses políticos e intelectuales mal definidos y de dudoso calado.

Los párrafos precedentes no son más que un apresurado intento de enunciar algunos de los muchos asuntos que toca Ayer no más, la última novela de Andrés Trapiello. Y por lo hasta ahora dicho, es fácil que se suscite la pregunta: ¿Otra novela sobre la Guerra Civil? ¿Una más, una de tantas, y escrita, quizá, con la alegre ligereza de quien compone la figura a toro pasado? No, definitivamente. Cierto que la reflexión sobre lo sucedido en esa guerra ocupa muchas páginas de este libro. Y que en ese discurso no faltan los pormenores sangrientos, ni la aplazada indignación –entre otras emociones– que todavía suscitan esos hechos. Pero lo que esta novela pone bajo su punto de mira no es lo sucedido en la España de hace setenta años, sino lo que se piensa y discute, y lo que resulta de esas cogitaciones y discusiones, en la España de hoy. Y hay que decir que el retrato resultante no es nada halagüeño.

Sería, desde luego, arriesgado -y por eso este crítico prefiere precaverse- sentenciar que la ciudad que sirve de fondo a esta novela responde detalle por detalle a lo que de ella dice el protagonista, a quien no nos cuesta mucho identificar en parte –por su edad, por su trayectoria intelectual, e incluso por algunos detalles biográficos– con el propio autor. Más bien quiero pensar que la ciudad de León, que es donde transcurre la historia, no es ni mejor ni peor que cualquier otra capital de provincia. Y que es la Provincia española en general, como medio diferenciado, la que es enjuiciada en este libro. Y, sobre todo, el peso que la inercia tiene en ella, y cómo esa inercia ha llevado a extraños pactos de silencio en torno a aspectos del pasado que todavía conforman la realidad actual de estas ciudades.

Lo mismo cabe decir del otro gran escenario donde transcurre esta historia: la universidad. Pocas novelas españolas contemporáneas, que yo sepa, la describen en términos tan acerbos. Y no porque en ella suceda nada extraordinario, ni se practiquen sevicias innombrables. Más bien todo lo contrario: lo que se respira en el Departamento de Historia al que pertenece el protagonista es una estremecedora autocomplacencia. Que se le haga el cerco al recién llegado no obedece solamente, entiendo, a que éste traiga consigo la polémica, sino, simplemente, a que sus compañeros lo ven como un serio competidor en el exiguo mercado de vanidades en el que consisten los logros y alcances de la investigación histórica local. Que, además, el recién llegado le arrebate inadvertidamente la amante a su superior en el escalafón no es, al fin y al cabo, sino un humanísimo pormenor, casi sin importancia. Como lo es, en fin, que la perra de presa del Departamento, la profesora que más celo y rabia pone en la defensa de las presas cobradas –aunque éstas sean a despecho de la paz de espíritu de los sobrevivientes de una lejana guerra–, sea precisamente la despechada e insatisfecha mujer de ese superior jerárquico… No carga la mano Trapiello, no obstante, en estos pormenores de alta comedia: se limita a  dejarlos aflorar en el discurso de los personajes, que a veces incluso se contradicen abiertamente entre sí; sugiriendo, quizá, que, si no acertamos siquiera a atisbar la verdad de hechos que nos atañen tan directamente, difícilmente podremos sentenciar los de un pasado lejano.

Hay otros soterrados detalles de comedia en este intenso drama, más allá de las incidencias del enredo amoroso que protagonizan sus personajes o lo burdo de sus ambiciones puestas al desnudo. Hay frases en las que se advierte una retranca que recuerda la que Trapiello gasta a raudales en sus conocidos diarios: por ejemplo, cuando la ambiciosa Mariví, que no ha conseguido colocar su libro en una editorial potente, afirma orgullosamente que se lo va a publicar “una editorial de León, nueva, más seria…, Ediciones El Bieldo”; y el sarcasmo está, quizá, en el adjetivo enaltecedor que la hablante, inasequible al desaliento, aplica al aminorado destino de su libro. También roza el sarcasmo el retrato que se hace de un tal Clemente Lillo, camaleónico intelectual que, a despecho de sus antecedentes republicanos, sobrenada la posguerra poniendo su talento, e incluso su simpatía personal, al servicio de las fuerzas vivas del nuevo orden. Quién no conoce al Clemente Lillo de su respectiva provincia -los hubo a puñados, y entre ellos, por supuesto, algunos grandes escritores- . O quién que haya pisado una universidad española no pone cara a la incontinente Mariví, al santurrón de su marido, a la veleidosa "adjunta", o incluso al atribulado recién llegado que pone las cosas momentáneamente patas arriba...

Pero este soterrado sarcasmo es sólo uno de los matices de la mirada que el autor proyecta sobre los personajes. Las más de las veces, ésta es compasiva. Todos ellos, parece decirnos el autor, albergan un fondo de humanidad suficiente para que, en algún momento, llegaran a entenderse y explicarse. Pero las dificultades para ese entendimiento esclarecedor son enormes. Y queda a juicio del lector establecer si, después de las pruebas a las que han sido sometidos, alguno de estos personajes ha mejorado o aprendido algo. Tampoco el lector las tiene todas consigo: ¿esto es así?, se pregunta. ¿Sigue tan flagrantemente abierta la herida de la Guerra Civil como parece sugerir esta historia? ¿Tan lejos la necesaria ecuanimidad que ha de llevar a la reconciliación? ¿Siguen siendo excepciones los personajes que, como el protagonista de esta novela, pretenden aplicarla a resolver sus propios malestares consigo mismo y con su pasado y el de los suyos? Más bien nos inclinamos a pensar que este drama sólo es posible en las acotadas condiciones –edad, antecedentes familiares, intereses profesionales e intelectuales– que Trapiello ha dispuesto para sus personajes; y que la inmensa mayoría de la sociedad española, aunque sea por olvido o ignorancia, no dedica ya ni un minuto de sus vidas a pensar en estas cuestiones. Y la prueba es que ya casi nadie habla de los hechos políticos –Ley de la Memoria Histórica, actuaciones del juez Garzón– que enmarcan la acción.

Pero esto es sólo una apreciación personal. claro, que en nada invalida el alcance y pertinencia del conflicto planteado en esta novela; ni, por supuesto, de su capacidad para replantear sobre fundamentos novedosos lo que hasta ahora, para muchos, era una simple cuestión de buenos y malos.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para este blog.

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