05 enero, 2013

UN RARO


LA PATRIA IMAGINADA DE MÁXIMO JOSÉ KAHN

Vida y obra de un escritor de tres exilios. Mario Martín Gijón. Pre-Textos en coed. con la Fundación Amado Alonso, Valencia, 2012. 350 pp.


El caso de Máximo José Kahn (Fráncfort del Meno, 1897 – Buenos Aires, 1953) pone a prueba la capacidad de la literatura española para trascender sus esquemas escolares y ubicar a autores que, como éste, en su vida y circunstancia rehuyeron furiosamente cualquier intento de encuadramiento. Coetáneo de los principales autores del 27, este escritor judío alemán se aclimató a la lengua y a la cultura españolas en la década de los veinte; es decir, en medio de lo que los historiadores han querido denominar Edad de Plata de nuestras letras. Como alemán asentado en España, escribió en diversas publicaciones alemanas –no sin cierta displicencia– sobre lo más granado del movimiento intelectual español de su tiempo, a la vez que hacía lo propio en publicaciones españolas sobre la producción literaria de su país de origen. Esta labor de intermediario duró lo que permitieron las circunstancias; porque, en efecto, y a pesar de los esfuerzos del doble reseñista por mantenerse al margen de la controversia política, a comienzos de la década siguiente, y coincidiendo con el ascenso de Hitler al poder, su condición de judío lo llevó a perder sus colaboraciones en la prensa alemana y a experimentar un no deseado proceso de extrañamiento respecto a su cultura de origen. Coincidió esta evolución con una creciente fascinación por los rastros de la vieja cultura sefardita, entonces en proceso de redescubrimiento por una parte de la intelectualidad española; por lo que el resultado de este doble proceso de pérdida de una identidad y adquisición de otra fue una palpable identificación con la tradición judía en su versión netamente española; que para él, además, tenía su expresión en la inmediatez del pasado judío de Toledo, la ciudad en la que se instaló.

En la biografía que el profesor Mario Martín Gijón ha trazado de este “raro” hay poco espacio para la vida propiamente dicha, en contraposición a la información exhaustiva que se ofrece de su obra. Ha querido el destino que, más allá del recuerdo que Kahn dejó en amigos como Rosa Chacel y Juan Gil-Albert, y de la escasa huella documental aparejada a esas amistades, su rastro biográfico se reduzca a las vicisitudes de su producción intelectual. En su trasfondo, no obstante, se adivina un personaje de indudable atractivo, algo amigo de la mistificación –como testimonia la nota biográfica, aparecida en La Gaceta Literaria, en la se presenta como aviador en la Gran Guerra; o la carta en la que tienta a Lorca con falsas ofertas de publicar poemas suyos en la prensa alemana–, enamoradizo y lo suficientemente bien relacionado como para participar desde un primer momento en destacadas empresas culturales y literarias.

A estos hechos “externos” –que convertirían a Máximo José Kahn, en cierto modo, en uno de tantos egregios figurantes en el panorama intelectual del momento, al modo del ágrafo Pepín Bello, por ejemplo–, se une la singularidad de sus propias querencias, que lo llevan a desbrozar caminos hasta entonces intransitados por la cultura española; y es de esa singularidad de la que nacen libros tan inclasificables y originales como los que fue publicando en el exilio americano. Son libros –a juzgar por las detalladas recensiones que el profesor Martín Gijón hace de ellos– que se sitúan un poco más acá o un poco más allá de la tradición española; y que, por eso mismo, añaden a ésta modulaciones absolutamente novedosas. En las novelas, por ejemplo –Año de noches, Efraín de Atenas– resuena el acento del Expresionismo centroeuropeo, tan ajeno al intelectualismo esteticista que cultivaron mayoritariamente los prosistas del 27; y en los ensayos históricos –Apocalipsis hispánica, La Contra-Inquisición, o el inédito Arte y Torá– se trascienden o subvierten no pocas categorías orteguianas, anticipando el pensamiento paradójico de Emmanuel Lévinas, por ejemplo.

Libros, en todo caso, que merecen una urgente reimpresión, con la que quedaría parcialmente amortizada la deuda que nuestra poco acogedora literatura tiene todavía con uno de sus “raros” más singulares. Porque, pese al triple exilio –de Alemania, de España, de la soñada identidad judía– al que lo condenaron las circunstancias, un hecho permanece: este inquieto superviviente de las conmociones europeas eligió escribir su obra más personal en español.


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en El Cultural,  
nº 102, noviembre-diciembre 2012

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