14 febrero, 2013

CUENTAR


Presentación de Nabokovia Peruviana
de Fernando  Iwasaki Cauti.

La isla de Siltolá, Sevilla, 2011

Repasando para la ocasión los libros que tengo de Fernando Iwasaki, la verdad es que más de una vez he sentido la tentación de renunciar a escribir estas cuartillas y, en su lugar, leer una página suya. Porque lo cierto es que, si a algunos escritores les sienta bien que los expliquen otros, Fernando Iwasaki se explica maravillosamente a sí mismo. Un ejemplo es la página que antepone a los cuentos suyos que lo representan en Pequeñas resistencias, una antología del “nuevo cuento español” publicada en 2002. En esa poética del cuento, explica Iwasaki cómo, ante la insistencia de un editor para que escribiera novelas en vez de cuentos, se propuso cuentar una novela, o escribir una novela cuentada, que no es otra que la que tituló Libro de mal amor. A lo que añade que su vocación, o estrategia de supervivencia a partir de ese momento, fue cuentarlo todo. Es decir, cuentar columnas, cuentar ensayos, cuentar artículos, cuentar pregones, cuentar prólogos, cuentar presentaciones y –por supuesto– cuentar novelas.

En esta frase se define el autor: toda su literatura se construye en torno a la poética del cuento; y del cuento, no entendido como un artefacto intelectual, que apela sólo al ingenio y a la inteligencia, o a la cuadratura de las casualidades bien resueltas; sino entendido, sobre todo, como un texto que divierte y emociona, o que emociona precisamente porque divierte. El humorismo, aliado a la lucidez crítica, y la voluntad de contar son los dos ingredientes principales de toda la literatura de Fernando Iwasaki, tanto cuando escribe ficción como cuando sus textos adoptan el disfraz utilitario del artículo periodístico o la semblanza literaria. Y eso son los textos reunidos en Nabokovia peruviana: semblanzas literarias narradas con el excelente pulso y el agudo sentido del humor que caracterizan la literatura toda de Fernando Iwasaki, contador de historias.

Acabo de unir las palabras “humor” y “lucidez” porque estoy convencido de que lo uno conlleva lo otro y viceversa. Se incide en el humor cuando se tiene una visión lúcida de las cosas, y por tanto se es capaz de verlas despojadas de la solemnidad o la falsa importancia que algunos quieren darles o darse a sí mismos; y se es lúcido cuando se practica el humor como actitud ante la vida, y anda uno prevenido y autoinmunizado contra la seriedad del burro. Por eso el humorista es temido y, con frecuencia, menospreciado, igual que el escritor ameno a veces es tenido en poco, en contraposición a los solemnes y pesados. Por fortuna, Fernando Iwasaki parece haberse librado de esas maldiciones que pesan sobre los de su estirpe literaria: sus libros se leen y reeditan –Ajuar funerario, una colección de microrrelatos de terror no exentos de humor, va ya por su séptima edición; y acaba de publicarse Papel carbón, que reúne los dos libros de relatos con los que se estrenó literariamente, y que fueron publicados en Perú en la década de los ochenta–, y su presencia pública es innegable como articulista de opinión, e incluso como escritor que ha dado el paso, no muy frecuente en estos tiempos, de definirse políticamente. A quien no conozca el “método Iwasaki” de acercamiento a la realidad yo le aconsejaría que leyera esos artículos, que leyera la ya mencionada novela El libro de mal amor, donde demuestra que el humor bien entendido es el que se aplica en primer lugar a uno mismo, o que se sumergiera en las páginas de España, aparta de mí estos premios, uno de los pocos libros con los que me he reído a carcajadas desde los tiempos en que esas carcajadas me las provocaban, en mi infancia, los tebeos de Mortadelo y Filemón; y, a la vez, uno de los libros más desoladores que se han escrito nunca sobre la supervivencia literaria en España, sobre la gente que maneja el cotarro literario y sus implicaciones políticas, y sobre la sonrojante indiferencia que hace posible que ese estado de cosas continúe.

El libro que hoy nos ocupa, Nabokovia peruviana, participa de muchos de estos rasgos generales de la escritura de Fernando Iwasaki: son semblanzas literarias “cuentadas”, en el sentido de que el lector queda atrapado por mecanismos propios de la narrativa breve, tales como la caracterización de un personaje en pocas líneas y el relato de una peripecia singular, como lo son las de la mayoría de los escritores de los que aquí se habla.

Nabokovia peruviana responde, confesadamente, a la pulsión de coleccionista que ha llevado a Iwasaki a guardar o anotar todas las referencias a autores peruanos que encuentra en las obras de otros autores; y por eso este libro da cuenta de las apariciones de escritores como José Santos Chocano, Felipe Sassone, Xavier Abril y su hermano Pablo Abril, Ventura García Calderón, Alberto Hidalgo, Alberto Guillén, etc., en las obras de Cansinos-Asséns, César González Ruano o Ramón Gómez de la Serna; u ofrece semblanzas de “raros y olvidados” como Clemente Palma, autor de XYZ, una curiosa proto-novela de ciencia ficción, o los ya mencionados Alberto Guillén y Alberto Hidalgo, que medraron algo en los mentideros de la literatura española de su época y dejaron, como el Tenorio, “memoria amarga” de su paso por los mismos, pues ambos escribieron sendos libros de entrevistas literarias en los que los entrevistados salían bastante malparados, con frecuencia por culpa de su propia vanidad y de la malévola indiscreción de los entrevistadores. 

También incluye este libro la solución a algún acertijo literario, como, por ejemplo, el que lleva al autor a concluir que el personaje de Jupien, el fiel criado del barón de Charlus en En busca del tiempo perdido, no es sino un trasunto del peruano Gabriel Yturri, que en la vida real fue secretario del aristócrata Robert de Montesquiou, modelo para el mencionado barón de la novela de Proust.

Toda esa deleitosa erudición, ya digo, está servida desde el gusto de contar, la curiosidad contagiosa y la más exquisita ironía; porque quizá la gran lección que encierran estas páginas es que la gloria que persiguieron todos estos escritores, la mayoría de ellos olvidados –no todos, porque la nómina se cierra nada menos que con César Vallejo– era tan inconsútil ayer como hoy; que los males de la sociedad literaria –la vanidad, la ceguera para reconocer el talento ajeno, la malevolencia o la envidia– siguen siendo los mismos hoy que hace cien años; y que, pese a todo, estos talentos malogrados siguen deparando, a quien tiene la curiosidad de rastrearlos, la felicidad del hallazgo.

La misma que le habría causado a Nabokov haber encontrado una de esas mariposas para las que ya tenía pensados los nombres, y a las que Iwasaki añade, en homenaje al novelista ruso-norteamericano, el de la hipotética Nabokovia Peruviana que da título a este volumen; y que, por no existir, es el mejor ejemplo posible de la clase de pasiones fútiles de las que se habla en él.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Presentación leída 
en la Feria del Libro de Cádiz, 
mayo de 2012.
Texto no publicado previamente.

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