21 febrero, 2013

EN LA SELVA URBANA


HISTORIAS DE NUEVA YORK
O. Henry.  
Traducción de José Manuel Álvarez Flores. 
Nórdica Libros, Madrid, 2012.

Editorial Nórdica nos ofrece la oportunidad de acercarnos a una selección de relatos de William Sidney Porter, de seudónimo O. Henry, autor norteamericano de finales del siglo XIX y principios del XX, en una cuidada traducción de José Manuel Álvarez Flores. O. Henry murió 1910 en Nueva York, a consecuencia de una cirrosis hepática –el alcohol fue su acompañante más fiel hasta el final-; en esa ciudad pasó los últimos años de su vida, y a ella y a sus gentes dedicó muchos de sus mejores relatos.

La azarosa y atribulada vida de este pionero de lo que hoy entendemos como gran relato corto norteamericano, que ya entrado el siglo XX cultivarían Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner, Capote o Carver, tiene resabios cervantinos por su itinerancia, por las dificultades de tipo económico por las que pasó, y por más de un tropiezo con la justicia que lo puso entre rejas en varias ocasiones. En la cárcel, al parecer, aprovechó para dar forma a algunos de sus relatos, que escribía para poder mantener a su hija, una vez fallecida su primera esposa. Pero en la peripecia vital no se queda el parentesco cervantino de nuestro autor: en su acercamiento a las vidas insignificantes de sus contemporáneos hay mucho de la mirada entre compasiva y risueña del autor de las Novelas ejemplares. (También, en algún momento de sus cuentos, nos llega la resonancia del primer cronista que podemos considerar moderno de la vida  madrileña y española, Mariano José de Larra).

Esta colección de relatos, editada bajo el denominador común de desarrollarse todos en la ciudad de Nueva York a principios del siglo XX, acoge verdaderos tesoros del relato breve. Muchos de ellos son fugaces estampas en las que se entrecruzan personajes que intentan abrirse paso en un entorno urbano en creciente expansión que los sume en la insignificancia y el anonimato. Pero el azar interviene con frecuencia para dar un giro inesperado a sus vidas y así dejar al lector con la sensación de que nada es seguro o previsible para quienes habitan en la gran urbe.

El cochero que se apiada de la clienta que no puede pagarle y finge ser su esposo cuando está a punto de entregarla en comisaría; el vagabundo que augura un final feliz para un joven que espera la respuesta de su amada contrariada por tantos engaños; la mecanógrafa que consigue, como una Cenicienta en la gran ciudad, a su príncipe azul; la pareja que sacrifica sus bienes más preciados para hacer al otro su regalo de Reyes Magos; la monotonía de la vida de pareja en un ruidoso bloque de vecinos… son algunas de las historias que se suceden a lo largo del libro. En algunas de ellas, especialmente conmovedoras, O. Henry profundiza con singular sensibilidad en la fragilidad del destino humano: “La habitación amueblada”, con indudables resabios románticos, es un relato redondo tanto en su desarrollo como en su resolución; “La puerta verde” es un despliegue de peripecia y azar en la nueva selva urbana de Nueva York, que aparece como nuevo ámbito para la incierta aventura humana; “La última hoja”, probablemente es el más emotivo de todos, por la delicadeza con que está tratada la situación límite de la protagonista y el papel desempeñado por la solidaridad humana en un entorno hostil.

Junto a las vidas insignificantes que quedan reseñadas, la otra gran protagonista de la colección es la ciudad de Nueva York, una urbe en expansión que el narrador describe entre el asombro ante la imparable modernidad y la ansiedad del individuo por sentirse engullido en la gran urbe. La mirada de O. Henry es seguramente de las primeras que retrata esta visión de la gran ciudad que luego desarrollarán Dos Passos y otros autores europeos y norteamericanos a lo largo del siglo XX. Sin llegar a la “geometría y angustia” del Poeta en Nueva York, hay en estos relatos certeros fogonazos de lucidez sobre la pérdida de la identidad individual en la vida urbana moderna. Para reflejarla, O. Henry recurre a imágenes naturalistas que transmiten su inquietud ante el incipiente tráfico motorizado, o la belleza de la iluminación nocturna: “…Aullaban los coches y rugían los trenes elevados como tigres y leones merodeadores buscando un sitio para entrar”. La vida en la gran ciudad podía ser más peligrosa que en el salvaje y legendario Oeste en la que transcurría paralelamente la otra gran aventura americana.

“La gran ciudad de piedra y hierro” se convierte para el O. Henry de los últimos años en el ámbito propicio para el desarrollo de sus historias, protagonizadas por gentes vulgares y con frecuencia en situación precaria. “Las llaves de Manhattan pertenecen a aquel que puede con ellas. O eres el huésped de la ciudad o eres su víctima”. Nuestro autor ha sido sin duda pionero en mirar a la ciudad moderna como nuevo laberinto en el que tantas vidas humanas buscan su parcela de felicidad o la simple supervivencia. Personajes inestables, errabundos, itinerantes, perfiles efímeros de la efímera consistencia del hombre moderno en la nueva selva urbana. El narrador, que aparece como un vecino más, un observador y un testigo que convive con ellos y los comprende, despliega una mirada a veces irónica, a veces lírica, siempre alejada de un costumbrismo de cartón piedra.

En 1968, en una selección del Reader´s Digest titulada Joyas del cuento norteamericano, que José Manuel Benítez Ariza, hospitalario autor de este blog, tuvo la gentileza de facilitarme hace poco, Fernando Quiñones incluyó uno de los cuentos que volvemos a encontrar aquí, bajo el título “El policía y el salmo”; tal vez, nuestro llorado Quiñones fue también pionero en rescatar en lengua española al narrador de Carolina del Norte. Allí escribía el escritor gaditano: “es un Balzac o un Galdós norteamericano, amante y testigo del vivir de los humildes.” Eran tiempos de mirada a los grandes maestros del realismo norteamericano para renovar el cuento en español. Esperamos que esta cuidada selección de Nórdica permita la recuperación para un público amplio de un gran narrador, uno de los primeros que desde la ciudad se preocupó de las vidas particulares de sus asendereados habitantes.

SALVADOR HERNÁNDEZ.
Reseña escrita expresamente 
para CRÍTICA

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