14 marzo, 2013

LA BUENA

ANTOLOGÍA DE LA POESÍA ESPAÑOLA E HISPANOAMERICANA (1882-1932).

Federico de Onís.
Edición y estudio introductorio de Alfonso García Morales. 

Edición facsímil. 
78 + XXXVI + 1212 pp.


Si se tratara simplemente de opinar sin argumentar, lo primero que se me ocurriría decir de esta Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932) es que es la buena, en contraposición a todas las demás que se hicieron en la primera mitad del siglo pasado, y apuntando muy directamente a la otra, la de Gerardo Diego, que es la que indefectiblemente desempeña, en casi todos los relatos que se han hecho del devenir de la poesía en español en ese periodo, el papel de piedra angular. Lo fue sólo por su oportunidad, por su declarado carácter tendencioso –sea esto dicho, si es posible, sin intención peyorativa–, y porque ninguno de los poetas que vieron redoblada su proyección por haber sido incluidos en la misma se atrevió a ponerla en entredicho –sólo Cernuda, quizá, indirectamente, al cuestionar el concepto mismo de Generación del 27; y el agrio Domenchina, que nunca perdonó al antólogo que lo excluyera de la segunda edición de la misma. 

Pero lo que precede no basta para justificar el inmenso valor de la de Federico de Onís, que lo tiene por sus propios méritos, y no solamente por contraposición –involuntaria, en este caso– a una hábil maniobra de promoción generacional. También sería injusto atribuir a Diego la maquiavélica intención de dejar sentado para siempre cierto punto de vista particular sobre lo que había sido la superación del Modernismo y la eclosión de las nuevas promociones poéticas. Los hombres –los antólogos– proponen y luego es el azar, la Historia –que en este caso compareció en forma de una tremenda Guerra Civil que modificó para siempre nuestra imagen de los destinos individuales que convergieron en ella– y la siempre imprevisible y variable evolución del gusto lector quienes realmente disponen y deciden el lugar que cada uno ha de ocupar en esa novela sin argumento que es la Historia de la Literatura. 

Quizá el veredicto de ésta sería más ponderado, y tendría una mayor sustentación en los hechos, si dependiera en primera instancia de hombres a un mismo tiempo laboriosos y sensibles, informados y con criterio propio, rigurosos y, a la vez, decididos a la hora de dar sus propias opiniones. Federico de Onís fue uno de esos hombres. Discípulo de Menéndez y Pelayo, heredó de éste el prurito de exhaustividad y el rigor documental. Pero demostró, como no podía ser menos en un hombre más joven, y más abierto también a la efervescencia intelectual de su tiempo, una mayor amplitud de juicio, un excelente tino estético –a veces un tanto oscurecido por el ya aludido afán de exhaustividad– y una clara conciencia de la significación del momento literario del que le tocó en suerte levantar acta. 

Éste fue el Modernismo, visto ya, no como una corriente polémica e innovadora, sino como un movimiento asentado que había dado sus mejores frutos, y que había durado lo bastante como para que se pudieran constatar en él las fases que la metodología positivista enseñó a apreciar en la evolución de los estilos. Onís le toma el pulso al Modernismo cuando los presupuestos esenciales de éste habían sido puestos ya en cuestión por sus propias figuras señeras –entre ellas, significativamente, el propio Darío–, y después de que toda una constelación de poetas menos significados –aunque no “menores”– hubiesen buscado la superación de éste a través, o bien del ahondamiento en sus posibilidades, o bien de la negación de algunas de sus premisas. La nómina resultante es impresionante. Onís pone en valor a algunos poetas postrománticos españoles e hispanoamericanos que anticiparon el Modernismo; entre ellos, algunos cuya lectura sigue siendo muy grata hoy, como puede ser el caso de Manuel Gutiérrez Nájera o Julián del Casal, por no mencionar al nunca olvidado José Martí; coloca a Rubén Darío en una posición a la vez fundacional y cenital dentro del movimiento, y sitúa en su estela, en el apartado titulado “Triunfo del Modernismo”, al que todavía hoy podemos considerar el grupo de poetas más destacados que ha dado la literatura en español del siglo XX: entre los españoles, Antonio Machado y Unamuno; entre los americanos, Leopoldo Lugones o el delicado Enrique González Martínez, por ejemplo. 

Tras dedicar capítulo aparte a Juan Ramón Jiménez, segunda cumbre del Modernismo y renovador radical –cuando no detractor– de sus presupuestos más característicos, entra Onís en lo que quizá es su mayor aportación al conocimiento de ciertas zonas en sombra de las literaturas hispánicas: su periodización y categorización de la amplia nómina de poetas dispersos que se alejaron de la sensibilidad modernista más ortodoxa sin ceder a los cantos de sirena de la vanguardia; y entre ellos, muy destacadamente, aquellos a los que englobó bajo el marchamo “Reacción hacia el prosaísmo sentimental”: una fertilísima veta de la que no han dejado de beber todos los poetas españoles e hispanoamericanos que ha querido devolver a la palabra poética su condición de discurso circunstanciado, su deseable querencia hacia una naturalidad “conversacional” o su engarce con las condiciones particulares del hombre urbano y moderno. En este aspecto, estas páginas de la antología de Onís son un verdadero manifiesto soterrado, nunca reivindicado como tal pero muy frecuentado por todos los poetas que de alguna manera se han sentido disconformes con el relato “oficial” del devenir de la poesía española de los últimos cien años. 

Por eso mismo, es también interesantísima la nómina –que en cierto sentido complementa el apartado anterior– de los poetas que Onís engloba en el apartado de “Transición del Modernismo al Ultraísmo” –entendiendo por este último, no el breve episodio vanguardista hispánico que adoptó ese nombre, sino toda la poesía marcada por la significación y procedimientos de las vanguardias europeas en general–. Todavía no se explica uno que un licenciado universitario en Filología Hispánica, por ejemplo, pueda acabar sus estudios sin conocer, entre los americanos, la poesía del grandísimo Ramón López Velarde, o la del chocante pero casi siempre tan perturbador como certero Oliverio Girondo, o la del innovador Luis Palés Matos; o, entre los españoles, la del casi desconocido Francisco Vighi, cuya originalidad y frescura sorprenden todavía hoy. 

Se ha acusado a Onís con frecuencia de no haber ampliado lo suficiente la nómina de los poetas que empezaban a despuntar en la época en la que cerró su antología. Pero ahí también se muestra riguroso y certero; y, aunque falten en su selección nombres que luego serían fundamentales en la poesía española –Cernuda, por ejemplo–, lo cierto es que, hacia 1932, los ya afianzados eran los aquí señalados –entre ellos, García Lorca, Vallejo o Borges–, y no otros. 

Muchos otros méritos cabría destacar en esta imprescindible antología: la sutileza, por ejemplo, con la que da cuenta de los entonces insoslayables poetas “regionales”, al estilo de Gabriel y Galán, a los que otorga un sitio en su muestra, pero de los que destaca acertadamente el enorme -y "monótono", dice- parecido que hay entre todos ellos, hasta el punto de que lo escrito por uno de estos poetas nacido en la Pampa argentina o uruguaya, por ejemplo, se parece como una gota de agua a otra a lo escrito por uno de Extremadura o de Castilla. En cambio -dice, con admirable retranca- la personalidad regional aparece nítida e inconfundible, como un acentuado rasgo de carácter, en los poetas "universales y cultos", a saber: el vasco Unamuno, el catalán Marquina, el andaluz Machado, el asturiano Ayala, el gallego Valle-Inclán, etc. Hay también una cierta malvada sutileza en la caracterización que Onís hace del gran descontento de entonces con su suerte, que no era otro que el desigual Salvador Rueda, que se creyó el Darío de este lado del océano y buscó durante toda su vida el reconocimiento que creía merecer… 

Son sólo dos ejemplos, ya que la enumeración de todas y cada una de las pinceladas acertadas que incluye esta magistral antología acaso derivaría en una reseña tan extensa como el libro del propio Onís. Y siempre será mejor leer el original.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva de La Ronda del Libro

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