29 marzo, 2013

LOS PEORES MODOS

EL PAN A SECAS

Mohamed Chukri.
Traducción de Rajae Boumediane El.Metni.
Cabaret Voltaire, Barcelona, 2012.


Es difícil apostillar nada a una novela como El pan a secas -con este título se publica ahora una nueva traducción del árabe del texto que el lector español había conocido hasta ahora como El pan desnudo-. Vale sólo asentir o volver la cara, dependiendo -no hago juicios de valor- del modo de ser de cada uno, de la sensibilidad particular ante determinadas cuestiones y de la capacidad que cada cual tenga de compadecerse, indignarse o escandalizase, según. Lo que está claro es que, ante un texto de esta clase, y ante la innegable presunción de verdad que lo precede, resultan un tanto improcedentes las estrategias habituales de la crítica literaria.

He dicho "novela" y no creo que nadie venga a contradecirme. Se lee como tal, y como tal se presentó al mundo en 1973, cuando la apadrinó y tradujo al inglés el norteamericano Paul Bowles, que trató a Chukri (1935-2003) en medio de esa especie de inspirado caos que fue el Tánger de finales de los sesenta y setenta, cuando la ciudad conocía, de mano de la contracultura europea y americana, su último avatar cosmopolita, antes de convertirse en la todavía animada pero ya un tanto provinciana ciudad casi puramente marroquí que es hoy. Sería luego Tahar Ben Jelloun quien la traduciría al francés en 1980, y aún habrían de pasar dos años más para que se publicara su versión original en árabe, que fue inmediatamente prohibida en Marruecos, donde no se autorizó su publicación hasta el año 2000. En alguna ocasión Chukri (o Šukrī, Choukri o Shukri, según la transcripción que se elija) se lamentó del tortuoso camino que debieron seguir sus textos para llegar a su público natural, consecuencia, decía, de haber sido escritos en una lengua cuyos hablantes eran, en su inmensa mayoría, analfabetos, y de circunscribirse su ámbito a países donde la libertad de expresión estaba -y está aún hoy, aunque más sutilmente- severamente limitada. Estas condiciones particulares determinaron también, de algún modo, las relaciones del autor con su propio milieu intelectual, e incluso con sus valedores. A Bowles, por ejemplo, lo acusó, muy fundadamente, de haberse arrogado la titularidad de nada menos que el cincuenta por ciento de las ganancias que produjera la traducción de su novela, en lo que pareció, y parece todavía, un acto impune de explotación abusiva por parte del poderoso aparato editorial occidental sobre un autor entonces desprotegido y desinformado. Las circunstancias, como se ve, han querido convertir a este asendereado escritor en mártir de muchas causas, puede que demasiadas. Lo que quizá no ayude a una apreciación desprejuiciada y serena de su obra.

No creo que el autor pusiera objeciones a que una simple reseña adelantara al lector el contenido de su novela, incluido el desenlace. En las entrevistas que concedió, él mismo lo resume en pocas líneas : cómo una de las hambrunas que azotaron el Rif en los años cuarenta obligó a su familia a emigrar a Tánger, donde malvivieron de los beneficios de un modesto puesto de verduras en el Zoco Grande, mientras el autor se iniciaba en la mala vida callejera de la entonces "ciudad internacional" y aprendía de oído el árabe marroquí -la lengua materna del autor era el dialecto rifeño- y el español de los andaluces y gitanos que compartían la miseria del bidonville en el que vivía; y cómo, después de un breve intervalo iniciático -especialmente en lo sexual- en Orán, y una nueva temporada en el Rif, bajo la férula de su muy violento padre, vuelve definitivamente a Tánger, donde malvive del robo y el contrabando y se ejercita, como dijo cierto poeta español, "en los modos peores de ganar la vida", en un ambiente de violencia, alcoholismo, drogas y prostitución, hasta que le llega el momento iniciático en que, tras un humillante incidente en un café, toma la resolución de aprender a leer y escribir.

Éste es el argumento, más o menos. Pero lo que importa no es tanto la historia, como la verdad y oportunidad de todos y cada uno de los episodios -callejeros, tabernarios, prostibularios e incluso carcelarios- que la componen, la elusiva causalidad que los engarza, más allá del principio de simple acumulación que parece regirlos, y el estilo directo, sin adornos, brutal en ocasiones, en el que están narrados. Estilo, por otra parte, no exento de ciertos primores y audacias, como lo son la recurrencia a todo tipo de comparaciones sorprendentes o el empleo de interpolaciones parentéticas en las que el autor de cuenta de los pensamientos que no se atreve a exteriorizar en un diálogo con otros, por ejemplo. El resultado es un texto sorprendente, vagamente emparentado con la tradición picaresca española y con el tipo de autobiografismo descarnado que pusieron en boga Jean Genet y Henry Miller. A favor de la "autenticidad" -horrible palabra- de lo narrado juega el evidente desinterés que el autor muestra por enaltecer o simplemente justificar a su personaje: más bien se complace en mostrar cómo éste va absorbiendo la violencia del entorno, o asume sin tapujos un absoluto desprecio hacia la mujer, a la que sólo trata como víctima de los malos tratos de otros -los que el padre inflige a la madre, para empezar- o como prostituta embrutecida, o se forma un peculiar sistema de valores regido por la desconfianza, la deslealtad y la venganza. Quien busque en esta novela algún rasgo tranquilizador, algún mensaje de redención social, va mal encaminado. Si acaso, la decisión final que el personaje toma de ir a la escuela podría apuntar a una conclusión de esa clase; pero, como comprobará quien tenga fuerzas para leer las demás novelas del ciclo autobiográfico de Chukri, lo que vendrá después no será más que un trasvase de esa dureza básica de la existencia a otras esferas.

Posiblemente el personaje que, a partir del éxito internacional de esta novela, se sentó a administrar la publicación de los manuscritos acumulados y a disfrutar su sobrevenida buena fortuna -que no le permitió, sin embargo, alejarse demasiado de una ya digna pobreza-, había aprendido a relativizar esa dureza y a proyectar sobre la existencia una mirada algo más ecuánime. Eso sí: no la quiso plasmar en sus libros, quizá para no ahorrarle al lector el esfuerzo que requiere alcanzar por cuenta propia ese compromiso.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro      

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ESTE BLOG ASPIRA A SER UN LUGAR DE INTERCAMBIO DE IDEAS ENTRE INTERLOCUTORES QUE SE EXPRESAN EN IGUALDAD DE CONDICIONES. POR TANTO, NO SE PUBLICARÁN COMENTARIOS ANÓNIMOS.