18 abril, 2013

CANCIÓN


PÁJARO NEGRO,
Ángel Mendoza.
Siltolá, Sevilla, 2010

La palabra no tiene una frecuencia inusual en este libro de ritmo heptasilábico (el de las endechas y los hemistiquios de los melancólicos alejandrinos) que es Pájaro negro de Ángel Mendoza , merecedor del II Premio de Poesía Fundación ECOEM. “No”, “negro”, “endecha” son términos que comparten connotaciones, las que se corresponden con una estoica aceptación del poder arrasador del tiempo en la consciencia de que la vida, ese pájaro negro, no se detiene.  Sin embargo, no por abundar en los símbolos sutiles de la muerte (oscuridad, otoño, tarde…) este libro resulta obvio ni prescindible; muy al contrario, Ángel Mendoza maneja a la perfección la iconografía común para construir emociones reales y vívidas, ahondando en el dolor que todos reconocemos, ése que nos produce saber que ha de venir el momento "cuando se pudra el día", como escribe en "Nada", porque en esas vivísimas y muy acertadas imágenes, junto al ritmo perfecto de los versos, está la clave de un buen libro de poesía y éste, sin lugar a dudas, lo es.

El pájaro era ya un símbolo personal de Mendoza, autor que tiene una sólida trayectoria poética que incluye libros como Pequeñas posesiones (Renacimiento, Sevilla, 2000), Cercanías (Pre-Textos, Valencia, 2002) u Horario de Invierno  (Pre-Textos, Valencia, 2006) además de varios cuadernos, incursiones en la  literatura infantil y  premios prestigiosos de poesía. Con la recurrencia a este símbolo, Ángel  siempre había evocado la vida; sus pájaros venían siempre  acompañados de luz, estaban captados en pleno vuelo, en pleno canto. El transcurso de los años les ha ido quitando esa luz y nos los muestra también en sus sombras.

Sin embargo, Pájaro negro no es un libro oscuro. Otro símbolo que es marca también de Mendoza atraviesa estas páginas, estos versos: la canción (la música, el cantar) como motivo recurrente que va pespunteando muchos de los poemas con un hilo que anuda el presente al pasado feliz, las noches de hospital, al momento de la juventud esplendorosa (“viejo latido de futuro nuevo” reza el verso que cierra el libro). Ponen así un contrapunto luminoso a la negritud esas “músicas / que fueron aire y agua donde tú respiraste” ("Cintas"), esas “canciones / en las radios antiguas” ("Cielo chocolate"), esa “lejana música / son el eco más cierto, el sonido más claro, el himno roto” ("Seis suites"),  ese tiempo en el que “Repasabas canciones que en la orilla, al relente, / quemarías por ella” ("Sábados de amor").  Desde aquel primer cuaderno editado por Mendoza que se tituló “La canción del verano”, la  canción viene haciendo en su poética particular esta función de evocación radiante.

El vuelo del pájaro y la canción recordada son los hilos de Ariadna con los que Ángel Mendoza visita su pasado. A este cabo, el presente: el padre anciano y enfermo, el ansia de ilusiones; al otro cabo, la juventud y sus fantasmas más vívidos.  Entre ambos extremos traza el pájaro negro el itinerario de la vida y el hombre maduro lo observa con resignación sabia. Valga este poema como muestra.

            PRIMA LUCE

             Los días ya no vienen
             con rumor de bandera,
             con nombre de país reconquistado
             a los colmillos de la tierra negra.

             No porque yo no sueñe
             con sus flamantes telas
             rasgando el gran azul, temblando el aire,
             latiendo de verdad, dejando señas
             del regreso del sol, de que sus armas
             fulminarán con luz cualquier tiniebla.

              No porque no me deje la vida en esperarlos.
              No porque yo no quiera.

INMACULADA MORENO 

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