25 abril, 2013

CARGAS DE PROFUNDIDAD

PLÁTICA

Fernando Ortiz.
Númenor, Cuadernos de poesía, Sevilla, 2012

Lo que voy a decir no es, desde luego, una apreciación científica, basada en arduos estudios estilísticos, sino una mera constatación que puede no tener fundamento; pero el caso es que tiene uno la impresión de que, desde la publicación de El verano, en 1992, o puede que antes, desde la de Recado de escribir, en 1986, la poesía de Fernando Ortiz entró en una fase en la que la bendita ligereza de la que se adornaban algunos de los poemas del autor, en alternancia con otros de más peso y calado, se hizo más explícita e incluso pasó a los títulos mismos de los libros; siendo Moneditas, quizá, su desenfadada colección de 1996, el ejemplo más acabado de esta nueva manera o maniera, que a partir de entonces se alternará con otros títulos que parecen querer presentarse como meros añadidos tardíos a una obra ya básicamente resuelta: Posdata (1999), Último espejo (2007) o Después del siglo XX (2012). 

En casi todos esos libros-apéndice encontramos, junto con ejemplos acabados de los modos más característicos del autor -el poema histórico, la reflexión circunstanciada, la evocación nostálgica y la seca constatación desesperanzada y lúcida-, otros poemas que podríamos denominar ligeros, casi siempre en versos de arte menor, con aire y sabor sevillanísimo, como si el autor quisiera corroborar en su obra poética la admiración que tantas veces ha declarado hacia ciertos poetas considerados "menores" de la escuela poética sevillana, desde Romero Murube a Rafael Montesinos, por ejemplo. Sé de lectores a quienes han desconcertado estas incursiones del veterano poeta en la vena aparentemente decorativa, festiva e intrascendente de la tradición en la que siempre ha querido insertarse. Pero lo cierto es que, sin esta querencia ligera, y también formalista y noblemente retórica, no podría entenderse del todo la actitud de Fernando Ortiz hacia la poesía en general, y su obra se vería privada del enriquecedor contraste entre el despojado verso blanco, de querencia conversacional e inclinación reflexiva, que caracteriza buena parte de la mejor poesía española de posguerra, y la poesía más enraizada en los recursos de una tradición todavía vigente.

También Plática, el último poemario de Fernando Ortiz, participa de esta dualidad. Lo abre el poema histórico que da título al conjunto, y que no es otra cosa que una hábil transposición al verso blanco de parte de la "plática" o discurso argumentativo con el que Fray Luis de León concluyó su exposición en la última oposición académica a la que concurrió en vida, y en la que el anciano poeta no se recató de llamar las cosas por su nombre y denunciar los favoritismos, cohechos y arbitrariedades de los que se valían sus rivales para conseguir las prebendas universitarias. Es este poema, como se ve, un monólogo al estilo de los que escribió Robert Browning e incorporó a la línea principal de la poesía española su traductor y émulo Luis Cernuda, a quien remite frecuentemente la poesía de orientación "culturalista" de Fernando Ortiz; y es cernudiano este poema en más de un sentido, porque, además de emplear la forma del monólogo dramático, se centra en uno de esos personajes que, por genio y figura, se erigen en representantes lúcidos de su tiempo y, además, en viva denuncia de las carencias e hipocresías de la sociedad con la que les tocó bregar; que, tanto en el caso de los monólogos de Cernuda -veáse el que puso en boca de Góngora- como en el de los de Ortiz, es siempre trasunto de la España contemporánea.

Pero a quienes conocen el humor poético de Fernando Ortiz no les extrañará encontrar, después de este severo poema censorio, una sucesión de sonetos aparentemente "de ocasión" -como otro poeta que coincide en más de un rasgo con el sevillano, Pablo García Baena, tildó una vez una colección de los suyos-. Incluye esta serie un homenaje a Manuel Machado, alguna estampa geográfica, un par de escenas familiares, etc. Y quizá uno podría limitarse a elogiar la perfección formal de estos sonetos deliciosamente "ocasionales", si no fuera porque en ellos el poeta esconde algunas de las demoledoras cargas de profundidad que incluyen este libro: las que incluye, por ejemplo, el poema llamado "El soneto que ves", escrito sobre burlona falsilla quevedesca, pero que en realidad es una exposición descarnada de la actitud del poeta ante la enfermedad y sus inapelables consecuencias: "Le quedan a lo sumo dos o tres [años]. / ¿Y qué hace el insensato? Pues cantar / y escribir el soneto que ahora ves."

A partir de esta piedra de toque, el lector no puede ignorar ya el peculiar estado de ánimo, desengañado y senequista, desde el que está escrito este poemario sólo aparentemente ocasional y menor, en el que la calculada falta de énfasis dramático y la superficial ligereza de factura no hacen más que poner de manifiesto el lúcido momento vital y literario desde el que está escrito. Pocos poetas lo han dicho de un modo tan elegante, tan serio y ligero al mismo tiempo, como lo hubieran dicho los anónimos autores de las coplas que canta el pueblo: "Por qué la vida se acaba / y uno se va de la vida / sin enterarse de nada". O enterándose de demasiadas cosas, lo que a la postre viene a desembocar en lo mismo.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

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