04 abril, 2013

EN LA NOCHE OSCURA


SEGUNDA OSCURIDAD

Andrés Trapiello.
Pre-Textos, col. La Criz del Sur, 
Valencia, 2012

Segunda oscuridad es el octavo libro de poemas del novelista, poeta y ensayista Andrés Trapiello, publicado en la colección La Cruz del Sur de Editorial Pre-Textos (2012), y comprende poemas escritos entre 2004 y 2012. Su título proviene de un fragmento de la Historia de la conquista de México de Antonio de Solís (Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda oscuridad), citado por el propio Trapiello como apertura de su poemario.

De estos primeros pasos el lector avisado puede deducir que esta imagen poética tradicional de la noche oscura va a dar licencia al poeta para desnudar su conciencia y practicar una escritura que explora lo íntimo del ser con la clarividencia huidiza que es solo dominio de la poesía. Ya el poema augural, Mesa, tiene un logrado valor programático; el poeta vacía su mesa de todos sus útiles de trabajo como escritor, dejándola desnuda durante cierto tiempo, y "cuando pasó esa prueba, / traje el otoño, el mar y unos caminos", que actúan como "lapiceros", fuente a la par que instrumentos de su inspiración, así como el lenguaje corriente: "Vino también la muerte, celosa de tal orden, / y me sirvió de vaso: puse en ella una rosa"; ese nuevo ámbito creador y tales compañeros son los prefigurados por el poeta para su creación más acendrada, en el marco de la noche y el silencio revelador (El traje de tintero quedó para la noche, / y el silencio pidió el del ruiseñor). 

La creación poética resulta, pues, para Trapiello un terreno distinto a cualesquiera otros, ámbito de sinceridad, descubrimiento y generosidad (No me importa, poema, quién te escriba / ni cuándo ni en qué sitio / ni si no fuera yo). Tal maravilloso instrumento le permite al poeta volverse sobre sí mismo, y recuperar jirones de su lejano si mismo como en el poema Lo no visible (Cuanta más lejanía hay en vosotros, / más cercanos os siento al devolverme, / como improntas de cuadros / en la pared vacía y polvorienta, / lo no visible pero no invisible.). Esta plácida lucha contra el olvido propio, se refleja en composiciones tales que Mota de polvo y Madreselva, llenas de felices imágenes (...Tal perfume, / al fin lo he comprendido, / es la cuerda del arco, y la memoria la más extraña flecha, / ya que va hacia el pasado/ [...] / Y cuanto más se aleja, está más cerca, / y cuanto más veloz, tanto más tarda, bellísima recreación de la paradoja eleática de la flecha, cuya única clave la posee "la arquera madreselva"-).

Trapiello pone su consumado dominio del endecasílabo y el heptasílabo (versos mayoritarios en sus poesías, en las que la rima, sentida como añadidura musical superflua, está escasamente presente), al servicio de esta percepción aguda y desinteresada de su entorno, vivido poéticamente en un presente atemporal, que subsume pasado y presente (Dos naranjos, Las tres gracias, El carillón de Las Bóvedas, Una meditación). En ocasiones, el poeta da voz a la naturaleza, que dota al poema de una cierta ironía, hija de la certeza de lo incomprensible, y del siempre fallido puente entre humanidad y naturaleza (Gorriones del rastro, Hormiga, Agropecuaria (Poética), Lámpara, insectos); en este sentido, es una constante en el autor la evocación de espacios desaparecidos total o parcialmente, como en Una carretera (Como atesoran otros el oro y los honores, / yo en el armario guardo / algunas carreteras secundarias); esta introducción horaciana le permite al poeta intensificar la misteriosa relación de la humildad de los recuerdos, intransferibles, (La llama de un candil son los recuerdos. / Me alumbran sólo a mí, como luciérnaga / que guiara la punta de mis pies.) con lo inefable de la auténtica dicha que evocan (Por no tener, ni nombre tiene apenas, / igual que casi todo lo bueno que nos pasa.). 

Esa aguda conciencia del tiempo es la única que hace al poeta hablar de su dicha amorosa en El despertar (Si este trozo de dicha lo saco a plaza pública / es sólo por los días en que tú / y yo amaneceremos sin tenernos, / sin mis abrazos tú, yo sin los tuyos, / en la noche sin fin y sin principio / de la que nadie ha vuelto); el poeta que ha vivido todas las fases de esa conciencia, los días que son siglos en la vivencia del niño, los meses precipitados del adulto, dispersos en mil afanes efímeros, lucha por superar la certeza final del futuro ya pasado -del futuro reglado que nos vende la Realidad establecida-, y de la carrera inmisericorde hacia el final, (no en cuanto obvia lucha inútil contra lo inevitable, sino como consecución de un estado de síntesis y aceptación vital de una posibilidad de eternidad vivida en lo inmediato), y cifra su última esperanza en el olor de unas lilas: De pronto la ebriedad de este perfume /[...] / ha conseguido ser más que memoria, / que el niño y el adulto y quien ya soy / en un punto se encuentren siendo iguales, / siendo plena conciencia de tal fuga, / sintiéndola al vivirla como eterna, / lilas de abril fuera del tiempo."

JOSÉ  MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL,
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro

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