17 mayo, 2013

DÍAS DE CINE


Lo que cuenta es la ilusión.
Ignacio Vidal-Folch
Destino, Barcelona, 2012

Ignacio Vidal-Folch gusta de aparecer en su fotos con cara de agente doble de algún país del Este que pide a gritos ser envenenado con polonio.

Algo de espía o de conspirador tiene ese afán suyo de embarcarse en viajes a países y regiones imposibles, de esos que el lector a duras penas sabría situar en el mapa. No sólo son las páginas soberbias sobre Barcelona, Lisboa, Cabo Verde o Praga, también las inolvidables dedicadas al imposible viaje al Mar de Aral con Isabel Coixet y al pueblo fantasma de Muynak, pueblecito de pescadores antes de la retirada del mar que ahora se encuentra en la linde del desierto en la República de Uzbekistán (p. 191).

Aunque vaya bien acompañado, el lector no lo nota pues en el relato no hay  rastro de nadie, ni tan siquiera del propio autor, que se preocupa muy mucho de que sea un relato cinematográfico con planos, secuencias y amplias panorámicas. Esta concepción y presentación del diario como una serie de secuencias de cine confieso que es novedosa para mí, no lo había visto en ningún otro diarista. Las entradas o asientos vienen marcados por números corrientes (lo que en biblioteconomía se llama numerus currens) y no por fechas diarias, aunque hoy casi nadie de los que escriben diarios, por veleidades estilísticas quizá, acude en sus entradas a esa vieja costumbre inaugural. Aquí, como digo, los días han sido sustituidos por una numeración correlativa; se inicia el diario con el 18.801 y finaliza con el asiento 20.008, lo que nos lleva a suponer que todo el material anterior a esta entrega está inédito y que, de ser así, habría suficiente para ocho o diez volúmenes como este. Cada entrada así enumerada  corresponde a una imagen o a una secuencia de una historia que solo conoce el autor. La imagen que aparece ante nosotros es una imagen limpia, narrativa, sin adherencias extrañas al propio relato, de manera que el lector se encuentra ante historias desnudas, verdaderas, transparentes. Historias como la de Shiranjit, la joven esposa india fugitiva que ha de regresar a su país para regularizar su situación (p. 283). Es éste un magnífico reportaje sobre la situación de los emigrantes en ese abigarrado crisol de la Barcelona oculta que no se muestra al turismo. En veinte páginas escasas cabe una historia de dolor y desarraigo, como tantas otras que andan perdidas por los rincones más oscuros de las grandes ciudades y son invisibles para sus habitantes. Aquí el barrio es el Raval y la visión panorámica que ofrece al lector es inquietante: "Vivía en el Raval,  barrio de llegada de nuevas comunidades étnicas que lo comparten con los vecinos de siempre, las familias modestas, algunos jóvenes más o menos bohemios, lumpen,  yonquis, vendedores de drogas y prostitutas: ladrones, hacendosos pakis, comerciantes indios que han abierto entre los burdeles y bares de toda la vida sus colmados, videoclubs, taquillas de internet y teléfono, carnicerías halal, tiendas de telefonía móvil, peluquerías...".

Otro aspecto de esa Barcelona oculta se nos muestra en una incursión equivocada (toma el autobús que no debe, el 38, "vehículo mágico porque el viaje aunque breve me ha llevado al otro mundo", apunta) a un alucinante escenario de la vida terminal "que es Can Tunis, tétrico páramo de chabolas que son zoco de la droga, sin competencia en toda Europa en cuanto a la relación calidad precio" (p. 68). La panorámica que muestra ante la llegada de la unidad de la Cruz Roja con el suministro semanal de jeringas, vasitos y pomadas en medio de aquel erial es bíblica: "Y en torno a ese núcleo blanco el desierto se puebla de siluetas cóncavas; un espectro emerge desde detrás de un talud, otro, de un socavón, otro, de unos arbustos, otros, de las carcasas de coches calcinados, en fin, de todas partes los yonquis confluyen hacia la camioneta blanca como los apóstoles al reclamo de Cristo: "Deja todo lo que tienes -deja el colchón con sus chinches, deja los mojados cartones, la lata quemada y la papelina vacía y el dolor infinito y el corazón encogido-  y sígueme" (p. 69).

La crónica  (apuntes 19.202 y 19212) sobre la vida de Patricia, Gisselle y Adriana, tres prostitutas brasileñas, viene a ser una novela romántica concentrada en cuatro páginas. Al concluir que "hasta cierto punto me aprovecho de ella" (se refiere a la historia de Patricia), apunta y aclara: "pero me parece que soy en este apunte más honesto, aunque desde luego menos romántico y encantador, que lo fueron Isherwood y Capote con fenómenos humanos parecidos, de los que extrajeron magníficas piezas literarias altamente sentimentales" (p. 65).

La incursión que hace en la ritualizada mecánica del hospital de Bellvitge (apunte 19.225), donde pasa una semana hablando con médicos, enfermeras y pacientes, para un reportaje que no se llegó a publicar, no es menos desconocida, pero logra darle el tono justo, sin desmesuras sentimentales ni pinturas expresionistas.
El apunte que dedica a "los trovadores preferidos de mi generación" (19.332) es desternillante. Se refiere a los Dylan, Cohen, Lou Reed, Tom Waits...: "Volando  por los cielos de España, de festival en festival, recuerdan a Los viejitos voladores,  uno de los últimos cuentos de Bioy Casares, a propósito de esas provectas eminencias de las artes y las ciencias que se pasan la vida viajando de una ciudad a otra para recibir homenajes, tributos, títulos honoríficos, premios, etcétera, un tipo de vida extenuante y que a partir de cierta edad puede ser letal".

El relato que hace del encuentro con Miquel Roca Junyent (asiento 19.387) en un paseo nocturno por la Diagonal, merecería figurar entre las mejores crónicas políticas de un Pla, un Xammar o un Gaziel.
Sorprenden los conocimientos musicales de Vidal-Folch: no sólo le interesa la alta música, la música culta, innumerables son las óperas que disfruta en el Palau, también le apasiona la música popular, el flamenco por ejemplo y ese mundo tan para iniciados del que conoce y trata a figuras como Rafael Riqueni, un genio al parecer. El apunte 19.570, sobre Pericón de Cádiz y Chano Lobato, no tiene desperdicio.

Magnífica la descripción (19.417) de la visita a Beceite (Teruel). El paseo por el pueblo con suave llovizna y "una luminosidad malva de acuarela empapada" en el cielo. Y sobrecogedor el relato que hace de la buitrera  de los alredeores del Mas de Buñol.

No menor encanto e interés ofrecen aquellos asientos dedicados a libros y colegas que lee en el momento. Así el apunte 19.198 que dedica a Casi unas memorias de Ridruejo, recordándonos la peripecia de Ramón Ruiz Alonso, responsable de la muerte de Lorca, y la de sus hijas. O cuando en el 19.174 lanza la idea de que "algunos libros se construyen para una sola página", argumentándola a renglón seguido con obras como El Paseo de Walser, Reencuentro de Ulhman, Un pedigrí de Modiano, La impaciencia del corazón de Zweig o El archipiélago de Hölderlin. Dos entradas le dedica a Cirlot, poeta por el que siente una especial debilidad: en una de ellas (19.451) visita su casa de la calle Herzegovina 23 como si de un recinto sagrado se tratase, un monasterio lleno de fetiches medievales que su hija Victoria le muestra. Ángel Crespo, Savater, J. Gracq, Mishima, Houellebecq, Proust por el que siempre guardó una especial devoción o Aleksander Wat cuya obra, tan monumental como desconocida, Mi siglo, primer testimonio del mundo concentracionario soviético, donde entre otros viejos recuerdos, cuenta una conocida anécdota de Unamuno y "Barojo" en el Ateneo madrileño: "Que curioso es ver en ese infierno a... a Unamuno y Barojo de camino al Ateneo de Madrid, decir un diálogo tan breve y agudo, y a continuación hacer mutis por el foro". O cuando en el 19.477 cuenta, al hilo de las memorias de I. Agustí, la anécdota del primer Nadal prometido a César González Ruano y concedido finalmente a C. Laforet. Cuando Agustí y otros miembros del jurado fueron a la casa de Ruano que por entonces vivía en Sitges con la incómoda papeleta de comunicarle que no le daban el premio a él sino a una perfecta  desconocida, no les quiere abrir la puerta, pero finalmente cuando le explican que Nada era mejor que su obra La terraza de los Palau, González Ruano replica: "Pero, vamos a ver, ¿desde cuándo se dan, en España, los premios a las mejores novelas? ¡Los premios, en España, desde siempre, se dan a los amigos, gracias a Dios y faltaría más!".

Hay dos entradas imprescindibles, la 19.218 y la 19.711, para entender su postura ante aquellos que hacen del catalanismo una bandera y una barricada.

Su pasión por la literatura checa y búlgara queda patente cuando acompaña a su amiga  Vasilka Filípova, novelista y autora de una Antología de la poesía búlgara, al hospital de Sofía, proporcionándonos una dolorosa visión del precario sistema hospitalario búlgaro, donde todo funciona a base de sobornos. O el apunte que dedica (19.954) al escritor esloveno Boris Pahor, superviviente de 97 años de los campos, con ocasión de la presentación de su libro Necrópolis en Barcelona, cita a la que acuden quince personas.
Museos del mundo, exposiciones (imprescindible la visita al museo de Nápoles, apunte 19.475), calles anónimas de ciudades con sus bares y tipos; el retrato social que hace de Praga, por ejemplo, en el apunte 19.707; el desplome de las bolsas, el hundimiento del euro, la quiebra de empresas, el paro ("Tres millones de desempleados en España..." dice en 19.458), la crisis... y, casi al final, la sentida glosa a su profesor de Arte y Cultura en el bachillerato, Ignacio Félix de Travi, se convierte en un relato inolvidable... nada escapa al ojo de este conspirador silencioso y sentimental que por modestia se aparta y desaparece dejándonos libros tan fascinantes e inteligentes como este diario.

JOSÉ LUNA BORGE
Reseña previamente publicada en la revista Clarín

2 comentarios:

  1. gatoflauta14:57

    Muy buena reseña. Señalar sólo que a "Hölderling" le sobra la "g".

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  2. Por supuesto. Ya está corregido.

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