10 mayo, 2013

LÓGICA POÉTICA

Quizá la aparente invariabilidad sea también una estrategia. En el disfrute de cualquier creación artística, no hay que olvidarlo, también influye algo la capacidad de causar sorpresa. Pero para crear la ocasión y el momento de esa sorpresa, es necesario también alejar del receptor toda sospecha de su inminencia; porque, de lo contrario, lo que se produce más bien es el cumplimiento de una expectativa que, por previsible, deja al receptor indiferente. No son pocas las poéticas basadas en el sabio manejo de la sorpresa: desde la de Poe -que habló siempre del "efecto final" de sus cuentos y poemas, y de la manera de alcanzarlo mediante un despliegue gradual de recursos, que mantuviera el interés del lector y, al mismo tiempo, no comprometiera la novedad y sorpresa del final buscado- hasta la de los simbolistas y vanguardistas, que la fundaron más bien en el empleo a discreción del hallazgo inesperado. 

Ciertamente, a los lectores de Eloy Sánchez Rosillo les extrañará que una reseña de un libro suyo empiece por un exordio como el que antecede: nada más aparentemente alejado del afán de sorprender al lector que esta poesía suya que suele transcurrir siempre por parecidos cauces, se desenvuelve en un tono más o menos parejo, apenas recurre a la variación métrica o rítmica -más allá del uso ocasional del verso asonantado, en alternancia con la severa cadencia del verso blanco- y atenúa la música connatural al verso mediante el uso constante de encabalgamientos y el recurso permanente a eso que algún crítico ha querido llamar "las cualidades de la buena prosa" en el verso. Lo que no quiere decir, como también saben los lectores de este poeta, que los poemas de Eloy Sánchez Rosillo no sean formalmente impecables, y que en ellos no falten los versos memorables.

Tales son las características formales de la poesía de Eloy Sánchez Rosillo desde el primero de sus libros, publicado hace treinta y cinco años, hasta el que hoy nos ocupa. También los asuntos han variado poco: el íntimo agradecimiento por el don de la vida, el reconocimiento de los dones que ésta nos procura por el mero sucederse de los días, la constatación de esos instantes de intensificada conciencia en los que el hombre alcanza a entender la grandeza y gratuidad de esos dones, así como la limitación y caducidad de esa misma conciencia, abocada a la muerte... Y son también características, desde el primero al último de sus libros, las situaciones en las que estos asuntos afloran: la contemplación de la naturaleza, el cruce casual con una bella muchacha, el momento fatídico en el que el escritor sumido en su tarea introspectiva levanta la vista y asiente al esplendor de la vida exterior... Todas estas situaciones están presentes también en este Antes del nombre.

Pero decíamos que no podríamos apreciar ninguna obra de arte si ni reconociéramos en ella, más allá de la propia constatación de lo que ya esperábamos, la revelación -es decir, el descubrimiento, la sorpresa- de lo que quizá no dábamos por sentado que fuera a comparecer en esa obra concreta y a remacharnos su verdad justo con esos recursos. Y esto es lo que sucede en este nuevo libro de Eloy Sánchez Rosillo: en medio de todo lo que el lector gratamente reconoce como muy característico del autor, y casi como un guiño cómplice a bellezas ya degustadas, encontramos unas pocas pero decisivas variaciones. Algunas esperables: con la madurez, pocos poetas de índole reflexiva no habrán ensayado una especie de melancólica mirada restrospectiva sobre todo lo que se va dejando atrás con los años. Quizá en la poesía de Sánchez Rosillo esta novedosa melancolía, que antes era la de quien constata demasiados dones a su alrededor y lamenta irónicamente esa inabarcable sobreabundancia de la vida, entre en conflicto con algunas de las constantes de su discurso poético más característico. Desde el principio el lector intuye que, pese a la semejanza de la música, se está adentrando en un territorio poético distinto. Y es que, ya desde el primer poema, el autor nos advierte que su imaginación ha querido dar un paso más allá y situarse  allá donde "era yo nadie y nada y cada uno / antes del nombre, el traje, la mirada".

Pero no le hace falta al autor salir siquiera de ese poema inicial para exorcizar, en sus versos finales, a ese fantasma fuera del tiempo y hacerlo regresar a la realidad circunstanciada de "alguien con su tristeza y su alegría, / su sol, su lluvia, su ansia, sus papeles". En esa dualidad entre la perspectiva casi sobrenatural de quien ha querido adelantarse imaginativamente a su circunstancia vital y quien se entrega plenamente a celebrarla transcurre todo el poemario; aunque el elemento de variación, de sorpresa, corresponde siempre al primero de esos dos principios enfrentados, que es el que triunfa en poemas como "Mucho después de mí" -con una estremecedora, por distante y casi desentendida, descripción de la casa en la que se ha vivido, a la que el poeta regresa imaginariamente muchos años después de su muerte- o "Digo como ocurrió", también un anticipo del propio acabamiento ("Recuerdo únicamente que entre mi cuerpo y yo / no hubo ya entendimiento en esas fechas").

Complementan estos poemas otros en los que se hacen más explícita que en otras ocasiones las creencias religiosas del poeta, que son las que lógicamente sustentan la mera posibilidad imaginativa de esos otros poemas escritos desde el más allá; y que, por tanto, incluso el más escéptico de los lectores deberá aceptar como parte del juego poético en el que se basa el discurso del autor en este libro concreto. Y queda como fondo de ese drama, diríamos, aunque ya un poco atenuado por esos otros grandes temas, la cuestión del presente -los amaneceres, los pájaros que cantan, el misterio de la luz- como evidencia de la grandeza del don en el que la vida ha consistido.

No sabe uno decir si éste es un libre alegre o triste, esperanzado -más allá de la esperanza religiosa, limitada a los creyentes- o elegantemente desengañado. Asiente uno, eso sí, a su impecable lógica poética. Como lectores no debemos pedir más.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

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