23 mayo, 2013

VENGANZA PÓSTUMA


Cartas de amor

Dylan Thomas. 
Edición de J. M. Dent. 
Traducción, prólogo y notas de Andrés Barba. 
Editorial Siberia, Barcelona, 2013.

Lo primero que un lector medianamente malintencionado podría decir de esta recopilación de cartas “de amor”, y ante el dato de que fueron publicadas en su día con el consentimiento de sus destinatarias, es que se trata de una elaborada venganza de las mismas contra su autor, el poeta galés Dylan Thomas (1913-1953). Porque, aunque la crítica exegética ha querido apreciar en estas cartas la misma mezcla de fantasioso idealismo y efectista rudeza que caracteriza la poesía de su autor –algo de eso hay–, también es cierto que en ellas el poeta malgasta su personalísimo registro para urdir ternezas que, a pesar de la pintoresca fraseología con que están trabadas –“Hay millones y millones de razones que me hacen quererte, relojes y vampiros, uñas sucias y pinturas garrapateadas, tu maravilloso pelo, tus mareos y tu manera de soñar despierta”–, no dejan de constituir, en la mayoría de los casos, escandalosos lugares comunes. Tal vez no puede ser de otro modo: una carta de amor no suele ser el mejor lugar posible para lucir destreza literaria; entre otras razones, porque la finalidad de tales escritos no es deslumbrar al lector o lectora, sino asegurar una relación y encomendar al receptor o receptora de las mismas las menudas y casi siempre prosaicas tareas aparejadas al mantenimiento de esa comunidad de sentimientos e intereses en que suele consistir una pareja.

El propio Dylan Thomas expresa alguna vez sus dudas al respecto. Y es significativo que no lo haga en las cartas que constituyen el grueso de esta compilación, las que dirigió a su esposa, Caitlin McNamara, sino en una de las que envió a Ruth Wynn Owen, una actriz de compleja personalidad, sensible al atractivo del poeta pero no del todo dispuesta a convertirse en una de sus amantes. Ante ella adopta Thomas un registro más exigente, que incluye esta significativa declaración respecto al vehículo de sus expansiones: “¿En qué consiste una buena carta en realidad? ¿Dejar ahí un poquito de uno mismo para que lo lea otra persona que lo desea? ¿Ser […] tan natural que hasta las propias palabras se sonrojen y tartamudeen?”. Qué duda cabe de que en muchas de estas cartas Thomas incurrió en esa balbuciente “naturalidad”, difícilmente tolerable fuera del ámbito privado de una conversación entre enamorados.

Sí cabe dudar, por supuesto, de que todas y cada una de las cartas aquí incluidas sean “de amor”. En las que escribió a su esposa durante la primera de sus giras americanas, por ejemplo, lo que se transparenta es, más bien, la mala conciencia del marido embarcado en lejanos negocios que lo mantienen apartado de su familia y dan ocasión a nuevas infidelidades, que disimula con ardientes declaraciones de amor y atentas rendiciones de cuentas, seguidas de los correspondientes envíos de cheques y regalos. Muy pocas de estas cartas incluyen lo que al lector de hoy podría interesar más: confidencias sobre la vida cotidiana del poeta, sobre los ambientes que frecuentó y sobre el tiempo histórico que le tocó vivir. Excepcional es, en este aspecto, la que dirigió a su esposa desde Vancouver el 7 de abril de 1950: en ella compara el deprimente ambiente de la provinciana ciudad canadiense con el de la animada San Francisco, y para ello se extiende en detalles pintorescos sobre la tipología de los pubs locales o el curioso principio de separación de sexos que rige en el hotel donde se hospeda, al mismo tiempo que informa a su interlocutora de sus encuentros con Malcolm Lowry o Henry Miller, no sin aprovechar la mención de este último para hacer una broma respecto a una amiga que tiene “escondidos en el horno” los libros de éste… A despecho de tan prometedoras pinceladas, la carta termina con unos párrafos triviales sobre las tiendas norteamericanas. Hay en esta correspondencia conyugal –tan distinta a la dirigida a mujeres escritoras, por ejemplo– una cierta condescendencia, que a la larga uno imagina decepcionante para ambas partes. Y es que la impresión de conjunto que producen estas cartas escritas a varias mujeres es que su autor era, ante todo, un consumado actor, amén de un hombre de voluntad débil y palabra voladiza. Lo dicho: una elaborada venganza póstuma.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA 
Publicada en El Cultural

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