06 junio, 2013

DE UNA ESPAÑA MEJOR

A SANGRE Y FUEGO
Héroes, bestias y mártires de España.
Manuel Chaves Nogales
Edición de María Isabel Cintas Guillén.
Prólogo de Andrés Trapiello.
Espuela de Plata, Sevilla, 2013.

Se siente una extraña mezcla de satisfacción y melancolía al tener entre las manos esta hermosa edición -"definitiva y completa", dicen- de A sangre y fuego, el gran libro de relatos -"novelas" las llamaba su autor, a pesar de la corta extensión de las mismas, y tal vez por hacer un guiño al formato de las que se publicaban en la popular colección La novela corta- sobre la guerra civil española que publicó, cuando ésta no había acabado aún, el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales. Chaves fue director del periódico republicano Ahora hasta pocos meses después de comenzado el conflicto, al que opuso su particular punto de vista de "pequeño burgués liberal" -como él mismo se califica- sobrepasado por las circunstancias, pero fiel al espíritu del régimen democrático incluso hasta mucho después de que la realidad social y política en el campo republicano y el avance implacable de las tropas franquistas no permitieran hacerse muchas esperanzas sobre un final del conflicto que supusiera la supervivencia de la propia democracia.

La satisfacción a la que aludíamos se debe, pues, al hecho mismo de que la obra de este hasta hace no mucho olvidado escritor se reedite con continuidad y llegue a nuestras manos en las excelentes condiciones textuales en las que la encontramos hoy; y la melancolía viene de que, a pesar de que la visión de la realidad española que proponen Chaves y otros -el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, por ejemplo, autor de dos tomos de un excelente diario sobre la República y la guerra; o el poeta José Moreno Villa, autor de unas esclarecedoras memorias sobre el mismo periodo- es ya moneda corriente entre los lectores interesados en estos asuntos, y han merecido un unánime -aunque a veces renuente- reconocimiento crítico, el espíritu ecuánime de estos testimonios, su amor a la verdad y su valiente denuncia del maniqueísmo simplista que ha imperado siempre en el tratamiento de estas cuestiones no parecen haber calado en la opinión pública española, ni en el discurso de sus dirigentes, ni en el tono medio de las discusiones periodísticas e incluso académicas sobre las mismas. Se diría que la definitiva vindicación de la obra de Chaves ha sido un acontecimiento exclusivamente literario, y no, como debiera, un verdadero mazazo a todo el edificio ideológico, y la consiguiente trama de intereses creados, que se ha originado en torno al recuerdo de la guerra civil.

Merece la pena, no obstante, quedarse con el lado positivo del acontecimiento, y celebrar la llegada a las librerías de una edición que añade dos excelentes relatos a los ya incluidos en las anteriores, y recupera las ilustraciones que acompañaron a todos ellos en los distintos periódicos en los que se fueron publicando entre 1937 y 1938, y que ponen de relieve el carácter entre reportaje periodístico y novela popular con el que se presentaron en su día ante los lectores.

De la posición del autor ante los acontecimientos se ha dicho ya casi todo, y poco queda por añadir en una breve reseña. Baste destacar un hecho evidente, que quizá pueda inducir a error a algunos lectores desinformados o mal predispuestos hacia el ejercicio de ecuanimidad que realiza Chaves: son más, y uno diría que más gráficas y "vividas", las páginas dedicadas al caos y al desconcierto sufridos en la retaguardia republicana, que las dedicadas -aunque también las hay, y harto descriptivas- a los horrores perpetrados por las tropas "nacionales". Lo que no significa, en absoluto, que las simpatías de Chaves estuvieran experimentando la misma oscilación que las de otros intelectuales liberales (Ortega, Marañón, Ortega. Neville, Manuel Machado) que, apenas iniciado el conflicto, declararon su apoyo más o menos explícito al bando franquista, en cuanto constataron la rápida disgregación de la legalidad republicana y la deriva de ésta hacia un estado dominado por las organizaciones obreras. Chaves, como dice en el prólogo a este libro, se puso "al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista", y siguió desempeñando su labor de director del periódico Ahora en la fase en la que éste estuvo controlado por un consejo obrero. Pero, tras comprobar que "había contraído méritos bastantes para ser fusilado por los unos y por los otros" -es decir, en cuanto constató que su postura liberal y su ecuanimidad profesional no eran en absoluto del agrado de sus nuevos jefes, como tampoco podían contar con el beneplácito de los del otro bando-, abandonó su puesto -no antes, dice, ni después de que el propio gobierno abandonara precipitadamente la capital- e inició un exilio del que no había de regresar. El peso que la realidad de la retaguardia republicana tiene en los relatos de Chaves no se debe, pues, a otra cosa que al hecho de ser testimonios directos de su propia experiencia personal -directa o indirecta-, así como una sentida crónica de su dolor y decepción ante la patente descomposición del estado republicano. Como suele ocurrir, Chaves llora más el envilecimiento de los suyos que la patente maldad del enemigo común, y cabe reconocer en esta actitud el mismo impulso de repugnancia que llevaba a Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, a negarse a confraternizar en el exilio con según qué representantes del régimen caído, cuyas manos consideraba manchadas de sangre.

Pero también conviene resaltar que,  más allá de cualquier consideración histórica o ideológica, estos relatos de Chaves Nogales son, ante todo, excelente literatura. Tienen el brío de las novelas de acción de Baroja, y la proporción justa de acuñaciones estilísticas memorables, en la estela del mejor Valle-Inclán, a la vez que ofrecen al lector esa impresión de elegante modernidad aparejada al estilo de los mejores periodistas de la época -Gaziel, Pla-, y una cierta visión del mundo culta y cosmopolita, que Chaves compartió con sus coetáneos, los poetas del 27. En él confluyen, pues, lo mejor de la literatura española de su época, de la que estos relatos son, al menos en lo que respecta a la prosa narrativa de su tiempo, una de las obras más logradas. Tampoco la actual ola de novelas y relatos ambientados en la guerra civil, muchos de ellos contaminados de oportunismos directamente relacionados con las batallas políticas e ideológicas de hoy mismo, tiene mucho que oponer a este conjunto insuperable: al lado de estos cuentos tan ágiles y convincentes, la mayor parte de esos malos remedos actuales de la peor novela decimonónica aparecen irremisiblemente muertos.

Por todos estos motivos podemos celebrar esta nueva edición -insisto: completa y definitiva- de A sangre y fuego. Nos sitúan ante la posibilidad real de una España mejor. También, por supuesto, en el aspecto literario.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva de LA RONDA DEL LIBRO

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