12 julio, 2013

SINTAXIS DEL VACÍO

PIEDRA ROTA.
José Ramón Ripoll. 
Tusquets Editores, Barcelona, 2013

Para su nueva indagación poética, José Ramón Ripoll ha elegido un escenario desnudo y esencial: la playa (el mar, la arena y el cielo) y una figura igualmente abstraída de toda concreción: el caminante que contempla el escenario y profundiza en sus significados más hondos. Es intenso el despojamiento de anécdota o cotidianidad: los elementos del paisaje, el propio caminante, se integran en un espacio poético autónomo, desgajado de referencias inmediatas o biográficas. De la humilde piedra hallada en la orilla a la totalidad que esta condensa en sus límites tallados por el tiempo, por el roce marino: tal la vida humana integrada en la vasta corriente del devenir universal, tal es la aventura poética a la que nos invita el poeta gaditano en su nuevo libro.

La poesía de Ripoll alcanza en este libro una capacidad de indagación en la realidad, una hondura de concepto y de emoción realmente singulares. Las raíces de esta concepción poética hay que rastrearlas a través de las pocas citas que el autor intercala al comienzo de cada una de las partes del poemario (especialmente, las de Eliot, y Octavio Paz).  Pero habría que buscarlas también en el Juan Ramón Jiménez de madurez, y no sólo por la esencial simbolización de la realidad (traer aquí a cuento el Piedra y cielo juanramoniano raya en la obviedad); también por esa concepción del libro de poemas como una colección de tentativas, de poemas-ensayo de acercamiento a una realidad que se resiste a desvelarse más allá de las apariencias, tal así el mar en el Diario de un poeta recién casado, libro seminal de la modernidad poética en lengua española.

El autor quiere que atendamos a la organización musical del libro, que arranca con un “Preludio” y se divide en tres partes, a modo de sonata: “Encuentro”, “Reconocimiento” y “Abandono”: los tres momentos de un movimiento de indagación solitaria, de ida y vuelta, entre el yo y la realidad. Una realidad representada por los elementos esenciales antes citados, en un lugar limítrofe y cambiante: la orilla del mar, en el que el yo poético indaga en el sentido último de la palabra para nombrar la realidad. Pero también, en la frontera entre el ser y la nada, avanzando hacia una poética del silencio.

En una época de continua malversación del significado de las palabras, de corrupción del lenguaje, Ripoll nos restituye la esperanza en la capacidad de indagación de la poesía. Este libro no es una recopilación de poemas al uso; cada poema ocupa un lugar en esa indagación, tiene sentido en relación al conjunto, es un eslabón de una meditación y, sobre todo, de una búsqueda. Una búsqueda que intuyo basada en la insatisfacción con el uso adocenado y mercantil del lenguaje social; una búsqueda que ofrece al lector una alternativa depurada, intensa y, de paso, una más que justificada vindicación del lenguaje poético como respuesta a ese adocenamiento. El poeta nos devuelve la palabra esencial, depurada, y a través de ella, una realidad reconstituida, más honda y despojada. Una poesía del límite, o mejor, del conocimiento más allá de los límites.

Enraizado en la gran poesía europea desde principios del siglo XX, este libro tiene una fecunda matriz simbolista. En torno a un símbolo central, se generan múltiples significados. Esa piedra simple, hallada a la orilla del mar, herida por una grieta que la divide en dos, es símbolo desnudo de la realidad que quiere conocer el poeta, y a la vez de sí mismo. Los poemas se construyen como un esfuerzo indagatorio para nombrar una realidad que en su sencillez y elementalidad ha podido ser olvidada, o hemos podido darle la espalda:

Luz extraña y distinta,
no la luz de los días:
eterna transparencia
sin apenas un símbolo

[…]
Eres el nombre antiguo
de la forma sin límite,
el orden y la brújula
de estas palabras ciegas.

Tiene, además, esta indagación una dimensión metapoética, sobre los límites del lenguaje  para nombrar la realidad:

Voy diciendo tus sílabas al aire,
averiguando el trazo de tu vuelo
hasta que pierdo la noción de ti, 
de cuanto significas, piedra, piedra.

La concepción incierta de la creación literaria se refleja en el poema al escarabajo: en el inseguro deambular de éste sobre la arena se dibuja el tímido rastro que las palabras del poeta intentan dejar sobre el papel, “escritura sobre arena / que borra y borra el viento”.

Especialmente en la tercera parte del poemario, la palabra del solitario caminante se enfrenta a la nada, la desafía, se erige como bastión frente a la aniquilación o la muerte: “La lengua / con la que intento no morir, / cantando y cantando en el vacío”. Paradójicamente, es una palabra que aspira al silencio, a ser una “canción sin música ni letra”, “sintaxis del vacío”. Los cinco últimos poemas del libro son, consecuentemente con el proceso desarrollado, la reflexión última sobre ese silencio retórico más acorde para nombrar la realidad esencial:

Todas las lenguas se disuelven
en el paisaje silencioso de esta playa baldía.
Todas las lenguas enredadas
en el recuerdo mineral de tu forma,
en el inútil gesto de nombrarte.

Lienzo en blanco, silencio posterior al último acorde de una pieza musical, la poesía deja paso a un silencio pleno de significaciones, meta final de un laborioso proceso de despojamiento retórico.

Libro hondo, que no complejo; exigente, de depuración formal y conceptual, en una línea de poesía desnuda (de nuevo Juan Ramón), que no hermética. Libro de búsqueda de una belleza y una verdad profundas partiendo de realidades sencillas y elementales, a lo que contribuye el paralelo desnudamiento de la palabra.
Se ha insistido en la musicalidad de este y otros libros de Ripoll: además de las referencias musicales recurrentes en muchos poemas, de la calidad rítmica, musical, de los versos, los textos tienen la modulación de una voz o instrumento solista que tantea en el silencio para restaurarlo en un grado mayor de plenitud.

Piedra rota de Ripoll: una experiencia de lectura que nos reconcilia con la palabra. La palabra como búsqueda; búsqueda que nos humaniza, que nos hace crecer como la “espiga” hacia confines no explorados de nuestra propia condición incierta y solitaria.

SALVADOR HERNÁNDEZ
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

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