30 agosto, 2013

EL POZO DE LAS ESENCIAS

Norte.
Seamus Heaney. 
Traducción, prólogo y notas de Margarita Ardanaz. Edición bilingüe. 
Ediciones Hiperión, Madrid, 1992.

(Reseña publicada hace veintiún años, y que habla casi tanto del poeta irlandés, hoy fallecido, como de lo que pensaba y creía el bisoño reseñista. JMBA, 30/8/2013)

Se dice que cada literatura tiene una nota dominante, y es posible que, exagerando mucho, esa nota sea su defecto más característico, aquel en el que tiende a reincidir en sus momentos peores. El de la poesía española, por ejemplo, podría ser su tendencia a la sequedad, a la pobreza y al acartonamiento, consecuencias (digo yo) de sus coqueteos con la mística, de su insoslayable pasado barroco y de su espléndido repertorio formal. Este fue, más o menos, el diagnóstico que hicieron los modernistas, refiriéndose a los siglos dieciocho y diecinueve, aunque yo lo extendería a algún que otro nombre del propio Modernismo, al lado más profesoral y antipático de la Generación del 27, a algunas pretenciosidades lingüísticas y filosóficas de la poesía de posguerra, etc. Nuestro particular antídoto contra esta tendencia recurrente sería (ha sido siempre) el tono conversacional depurado, el buen pulso de Garcilaso, Fray Luis de León, Bécquer, Jaime Gil de Biedma...

En la poesía inglesa, que es la que motiva este artículo, el mal parece estar en su periódica recurrencia a un envejecido registro mítico, con resabios naturalistas, en el que ciertos poetas parecen encontrar sus ancestros sajones y el verdadero acento de una lengua monosilábica y cortante, de resonancias guerreras. Es el mundo del anónimo poema Sir Gawain and the Green Knight, de Beowulf, de El sueño de una noche de verano, de la poesía juvenil de Yeats... No todo es malo, claro está, en esta línea, pero sí impracticable desde hace mucho tiempo, por más que más de uno (el tan sobrevalorado Ted Hughes, por ejemplo) no se haya dado por enterado. El antídoto está en esa otra línea de poetas que, desde un gabinete presumiblemente burgués y urbano, practican la reflexión lúcida (Wordsworth), la ironía (Byron) o el análisis desencantado (Larkin).

A Seamus Heaney, qué duda cabe, le ha tentado esa línea que a mí se me antoja caduca. Siendo, además, irlandés del Ulster, parece tener serias razones extraliterarias para indagar en el pozo de las esencias, y es capaz de escribir en serio alguna que otra alegoría en la que su isla es nada menos que una doncella ultrajada por un pérfido amante (inglés, por supuesto). Claro que ésta no es la única cuerda que suena en Norte (North), su libro de 1975. En él Heaney no se atiene, en su búsqueda de esencias, al añejo repertorio gaélico del que beben, pongo por caso, los primeros libros de Yeats. El Norte de Heaney va más allá del fondo céltico de su isla, y abarca el mito griego, las huellas de las incursiones vikingas en Irlanda o restos prehistóricos continentales que, como el "hombre de Grauballe", parecen traer del pasado un remoto recordatorio de violencia. Basándose en el procedimiento baudeleriano de buscar una excusa cotidiana para indagar en el pasado (véase "Le squelette laboureur", libremente traducido al inglés en este libro), Heaney finge a veces hallar estas huellas del pasado en los comentarios ocasionales que puede hacer cualquier vecino en cuyo patio aparece un yacimiento arqueológico. Estos pretextos realistas abren un hueco al lenguaje común, a la ironía y al tono coloquial, en una poesía que de por sí tiende a la oscuridad de vocabulario e incluso al chiste filológico (remedando el kennig, o metáfora-adivinanza de los antiguos bardos anglosajones). Otras veces, la excusa arqueológica no es más que un recurso irónico para hablar de acontecimientos cotidianos, como ocurre en el hermoso poema "Ritos funerarios", que describe el entierrro de una víctima de la violencia con el distanciamiento del que está interpretando alguna reminiscencia histórica.

Podemos considerar este poema como punto de encuentro entre la primera parte del libro, en la que predomina el registro histórico-mítico hasta aquí comentado, y la segunda, en el que el poeta se enfrenta más directamente a la realidad cotidiana o indaga en su propio pasado para buscar claves, datos que aclaren su complicada identidad de ciudadano de un país escindido. Ahora Heaney no tiene inconveniente en recurrir a recuerdos y anécdotas de su infancia y adolescencia, y consigue un curioso tono entre sarcástico y elegíaco que, sin duda, resulta más atractivo que el de la mayoría de los poemas de la primera parte. Podemos comprobarlo en la serie "Escuela de canto", en la que está lo mejor de este interesante libro.

(...)
JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en ¿Diario de Sevilla?, en 1992

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