03 octubre, 2013

LA BANALIDAD DEL MAL

Bajo una estrella cruel. Una vida en Praga (1941-1968)
Heda Margolius Kovály, 
Libros del Asteroide, Barcelona, 2013.

El estudio de la violencia política ejercida sobre la población civil de las retaguardias es uno de los campos adscritos a la llamada  historia del tiempo presente. La singularidad  de esta historiografía parte de la consideración del testigo, y por lo tanto de la memoria, del testimonio, como fuente documental para la comprensión de un tiempo que comienza en la Europa de entreguerras y termina en nuestra misma actualidad. Lo subjetivo se convierte así en materia de la ciencia social que es la historia, obligada ahora a atender al relato de los perdedores de nuestra  contemporaneidad.

A partir de estas coordenadas, el libro de Margolius se presenta como una aportación singularísima para la historia, al mismo tiempo que como obra representativa de una de las mejores tradiciones literarias europeas y universales: la memoria que cuenta la experiencia de la banalización del mal sobre la que se sostienen los Estados totalitarios y las formas de resistencia a la misma y supervivencia. Esta autobiografía deja constancia, con gran originalidad, sensibilidad e inteligencia, de lo vivido por la generación referencial para la consideración actual de las víctimas y la libertad inalienable de resistencia sustentada en el derecho a conocer la verdad. Como apunta la autora, su vida es “el microcosmos en el que se condensa la historia de un pequeño país en el corazón de Europa”, la extinta Checoslovaquia, sometida a las fuerzas de Hitler y Stalin. En las sociedades marcadas por el terror, sólo la singularidad del individuo frente al Estado puede construir el relato de la memoria reveladora frente al de la oficial.

La ciudadana Heda Margolius nació en 1910 en Praga. Su condición de judía le supuso la deportación y el internamiento en guetos y en campos de concentración y exterminio desde 1941 hasta prácticamente el final de la guerra, cuando consiguió escapar  y emprender el regreso a su ciudad, en la que esperaba recuperar “el abrazo de la vida perdida”. Sin embargo, aquí es donde comienza su desgracia mayor, porque siendo terrible lo que cuenta sobre la pérdida de toda su familia o sobre las circunstancias del internamiento y del asesinato masivo que practicaron los nazis, no son el Holocausto y sus coyunturas las referencias primordiales de su vida, sino que la narradora convierte este horror en el punto de partida de la lucha por la supervivencia, lo que la marcó igual que a tantas otras víctimas, aun ya fuera de las manos de sus verdugos.  Dice Margolius que la naturaleza humana mostró su peor cara después de la guerra. Porque la construcción de la categoría de víctima nunca fue monolítica, sino que siempre ha estado al servicio de los hechos políticos y sociales cambiantes, como se demuestra en este libro. Los que regresaron de los campos de concentración notaron durante mucho tiempo “el humo de Auschwitz en sus ojos”, porque los supervivientes, los inocentes, se convirtieron en “un reproche viviente y en una amenaza potencial para los culpables”. En el conjunto social del país ocupado y atenazado por el miedo, la indiferencia y la complicidad con el poder de muchos ciudadanos comunes fue constante. A la víctima se le negó la existencia por el rechazo del compromiso al que obligaba el logro de la supervivencia. 

La segunda parte del libro se centra en la deriva de posguerra, es decir, en la Checoslovaquia comunista. El agudo análisis del comunismo como fenómeno político en múltiples variables es una de las partes más interesantes del relato. La extraordinaria narradora que es Heda Margolius marca la lectura de su vida sobre referencias personales en las que el pasado político y sus derivados sólo eran futuro. A tenor de lo sucedido después, aquí importa la sinceridad en la argumentación de por qué el espejismo de una sociedad justa confundió a tantos en un momento en que todo estaba por reiniciarse, en el que empujaba la impaciencia de saber cómo sería “la verdadera vida” y cómo en ese punto no fueron capaces de descifrar los indicios que conducirían al fracaso unos principios ideológicos de alcance universal. Entonces no importaba, entonces no sabía, no lo entendí.

El Estado estalinista abrió la sorprendente faceta de la violencia política en la que el enemigo no era el oponente, el distinto, sino el propio, el igual.  Muchos que habían dado lo mejor de sí mismos en defensa del ideal humanista en el contexto de la guerra española de 1936 o de la Segunda Guerra Mundial fueron convertidos en chivos expiatorios de políticas que ignoraban. Fueron depurados, extrañados y anulados de maneras feroces. Se da la circunstancia de que Heda estuvo casada con Rudolf Margolius, uno de los once juzgados, condenados a muerte  y ejecutados en el Proceso de Praga  o Juicio Slánský de 1952. Las purgas del comunismo checoslovaco seguían entonces las directrices soviéticas del anticapitalismo, antitrotskismo y antititismo, pero también las del antisemitismo. El nivel que alcanza en estas páginas la denuncia de lo sucedido entonces tiene una especialísima relevancia debido a las repercusiones del caso en el conjunto de la militancia comunista europea. Lo sucedido en Praga en 1952, de forma semejante a lo de 1968, obligaba al reposicionamiento y la condena. Los que habían liderado la resistencia contra el nazismo debieron elegir entre enfrentarse cara a cara con la intuición o confirmación de una verdad inaceptable o bien callar hasta que el revisionismo de Kruschev o las indicaciones de Brézhnev les aconsejasen hacer lo contrario. Y es en este sentido en el que lo que cuenta la autora se suma a la denuncia que tanto Artur como Lise London, que compartieron la desgracia del caso Slánský, hicieron en  La Confesión, publicada ya en 1968 y basada en la misma vivencia. La vida de los familiares de los encausados en estos juicios demenciales se convirtió en un calvario hasta en sus detalles más nimios y crueles, debido a la complicidad con que el Estado corrompió a los ciudadanos corrientes. Duele leer la frívola capacidad humana  para el mal y comprobar la arbitrariedad política de la desgracia.

No hay duda de que Heda Margolius Kovály es una protagonista  nacida para resistir y recordar, aunque paradójicamente afirme que “el verdadero pasado está encerrado en sí mismo y no deja recuerdos”.  No hay duda de que su valentía y la agudeza de su inteligencia le permiten transitar, siempre en clave personal, de lo social o político a la más extrema intimidad. Pocas páginas con tanta emoción dramática como las que cuentan la despedida de su marido y la noche en que éste fue ejecutado: “Han transcurrido más de treinta años, y aquella noche no ha terminado. Continúa siendo como una pantalla en la que se proyecta mi vida actual. Mido toda mi felicidad y todas mis desgracias en función de ella, del mismo modo  en que la altura de las montañas y la profundidad de los valles se miden en función del nivel del mar”.

Finalmente quiero destacar lo relativo a la lucha emprendida por la autora para conseguir la rehabilitación de su marido a partir de 1956, en un país en el que la supuesta apertura del XX congreso del PCUS sólo consiguió ahogar la leve recuperación del miedo en “un mar de callada culpabilidad y vergüenza”. Téngase en cuenta, por ejemplo, que en el desempeño de su oficio de traductora, Heda sólo pudo firmar sus trabajos con su nombre después de 1963, coincidiendo con los primeros documentos internos del partido comunista checo en los que se reconocía la inocencia de Rudolf Margolius, así como la de los otros diez ejecutados, y la práctica contra ellos de procedimientos brutales e inhumanos, aunque se justificaba en que todo se había hecho “por el bien del partido”. Sin embargo hubo que esperar a 1968 para que esta información fuera hecha pública oficialmente en medio de la reivindicación de un socialismo “que no asesinase, intimidase o mintiese, un socialismo que no otorgase la igualdad social y la seguridad económica a aquellos que accediesen a silenciar sus conciencias y a renunciar a la dignidad humana”. El aplastamiento de la Primavera de Praga a manos de la invasión soviética consiguió la renuncia de Heda a su amadísima Praga y su exilio en Estados Unidos hasta 1996, año  en el que regresó a su país.

¿Cómo se puede soportar tan alto nivel de desgracia y conservar la esperanza? El texto deja constancia fidelísima de espacios únicos construidos para el aliento y la fortaleza. Es el caso de la consideración de la naturaleza, la “primavera” de Praga en la que acaba la guerra o comienza la reivindicación del socialismo “con rostro humano”,  de la propia belleza y singularidad de la ciudad, de la amistad, de la comprensión y la tolerancia de la debilidad de los demás, del agradecimiento y la admiración por el valor de los otros y del enlace de la memoria. Y ahí nos deja Heda Margolius el aprendizaje de su vida reactualizada, a los lectores de la España del año trece del siglo XXI: “Para poder vivir y trabajar en paz, criar hijos y disfrutar de las pequeñas y grandes alegrías que ofrece  la vida no sólo es necesario encontrar  la pareja adecuada, escoger la ocupación adecuada y respetar las leyes del país y de la propia conciencia, sino, sobre todo, debe existir la sólida base social sobre la que construir dicha vida. Es necesario vivir en un sistema social  con cuyos principios fundamentales uno esté de acuerdo, bajo un gobierno en el que se pueda confiar. No se puede construir  una vida privada feliz con una sociedad corrupta, del mismo modo que no se puede construir  una casa sobre el fango, hay que poner antes los cimientos”.

Magdalena González
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

1 comentario:

  1. Anónimo02:02

    Hay en este comentario, y particularmente en el párrafo final, una respuesta a la equivocada frase de Adorno según la cual "no se puede escribir poesía después de Auschwitz". No sólo se puede, sino que se debe, y entonces más que nunca. Si Adorno tuviera razón, querría decirse que Auschwitz, y tantas otras barbaries que pueden simbolizarse en ese nombre, habría triunfado. Nuestro deber no es bajar la cabeza ante la atrocidad, o aceptar que ella condene al silencio lo mejor o lo más puro o delicado o íntimo de lo que somos, sino, al contrario, oponernos a ella con TODO lo que tenemos y lo que somos; también, y hasta sobre todo, con eso. Lo otro, repito, sería la victoria de los verdugos.

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