10 octubre, 2013

PARA UNAS MEMORIAS DE LECTOR (1): MIGUEL D'ORS

Leo el resumen que Fernando Valls hace de una encuesta sobre "los mejores libros de poesía española en los últimos treinta y cinco años" que ha promovido y publicado la revista Quimera; y, a falta de leer el trabajo completo y, sobre todo, su letra pequeña, que en estos casos siempre resulta ser lo más interesante, la primera impresión es que nada se ha movido, no ya en la poesía española de los últimos siete lustros, sino en los veredictos imperturbables de la crítica. 

No sorprende, por ejemplo, que entre los autores que encabezan el listado resultante estén Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, José Hierro, Claudio Rodríguez y Francisco Brines -con una sola llamativa interpolación: la de Blanca Andreu entre los dos últimos citados-. Un resultado así denota, no sólo el inmovilismo de la crítica, sino, sobre todo, una cierta confusión semántica en los términos en los que se plantea la propia encuesta. Porque ¿se pueden mezclar en el mismo saco los libros, digamos, que coronan la obra de autores que no han dejado de escribir y publicar, casi todos ellos con gran aceptación crítica, en los últimos cincuenta años, con los descollantes de quienes han empezado a escribir en el periodo acotado? Lo primero equivale al (justo) reconocimiento de una obra hecha, y no tiene por tanto otro valor que el documental o historiográfico; lo otro habría supuesto ese necesario alarde de agudeza crítica que tanto echamos de menos, a título de guía, los lectores del género, y aun más quienes insistimos con alguna pertinacia en su práctica... Porque, evidentemente, los autores que más han influido en la poesía que se escribe actualmente no son -con la posible excepción de Brines- ninguno de los señalados, sino otros... Y supongo que, a la hora de decidir cuáles son los mejores libros de poesía publicados en los últimos treinta y cinco años, la capacidad de algunos de ellos de generar entusiasmo y abrir nuevas vías no deja de ser un criterio digno de tenerse en cuenta.

Traigo todo esto a colación después de haber leído Átomos y galaxias*, el último libro de Miguel d'Ors, publicado por Renacimiento. Es un libro sereno, crepuscular, escrito por un poeta que ya dejó atrás cumplidamente sus sesenta años y a quien no imaginamos dando codazos por hacerse un hueco en las nóminas poéticas más o menos vigentes. Es un libro ameno y bien escrito, en el que su autor pasa revista a su vida, a las preocupaciones y deslumbramientos que han ido asomando a su poesía a lo largo de su trayectoria y a los irrenunciables postulados filosóficos, morales y religiosos en los que ha querido fundamentarla. Es, por tanto, un libro del que no cabe esperar grandes sorpresas, pero en el que tienen cabida muchos guiños a una gran obra cumplida. Y que, por tanto, trae a las mientes de ese lector del que hablábamos antes, vitalmente interesado en estas cuestiones y profesionalmente concernido por su posible trascendencia pública, lo mucho que la poesía española de esos mentados últimos treinta y cinco años debe a su autor. 

Que esté o no esté en tal o cual lista es, por tanto, lo de menos. Y, por supuesto, esa ausencia no resta valor a algunos hechos incuestionables. Recuerdo, por ejemplo, la repercusión de Curso superior de ignorancia, el libro con el que d'Ors ganó el entonces muy discreto y todavía prestigioso Premio de la Crítica de 1987. A uno, que siempre ha andado un tanto despistado respecto a estas cosas, el libro le llegó por una vía absolutamente inesperada y, para mí entonces, más bien poco digna de confianza: me lo puso en las manos un compañero de trabajo que había estudiado en Granada y conocía al autor, al que otorgaba el crédito que el estudiante leído concede al profesor al que se le conoce una obra literaria más o menos solvente, aunque no universalmente reconocida y valorada.

Venía el libro, por tanto, de mundos desconocidos para mí; y uno, que acababa de descubrir lo mucho que podían aportarle los predios más o menos cerrados de los que entonces se alimentaba, no acababa de tenerlas todas consigo respecto a esta novedosa aportación a un acervo de lecturas todavía limitado y en construcción. Lo comenté con otros; y, para mi sorpresa, también ellos sentían ese mismo grato vértigo de hallarse ante una novedad todavía no del todo asimilable. Porque en ese libro había, cierto, cosas que nos interesaban y por las que abiertamente apostábamos -ironía, un sabio tono coloquial, un sólido arraigo en el sentido común y en la realidad, una voz no enturbiada por afectaciones de escuela-, pero también había otras que nos sorprendían -ciertos guiños, por ejemplo, a las vanguardias históricas, un mundo moral que poco tenía que ver con el cínico descreimiento que imperaba sobre la "poesía de la experiencia" que practicaban los más jóvenes, y una soberbia conciencia del funcionamiento del poema como artefacto verbal, mucho más aquilatada que el formalismo de escuela entonces en boga-. Estábamos, qué duda cabía, ante el maestro que nos faltaba por descubrir. Y ya sólo quedaba ahondar en su obra y entenderlo mejor.

Como adelantándose a ese no formulado programa, fue el propio d'Ors quien nos proporcionó el instrumento perfecto para llevarlo a cabo: la singular compilación de su poesía que publicó en 1992 bajo el título Punto y aparte (1966-1990), y que editó La Veleta. En ella d'Ors ponía a disposición de sus lectores, no ya una recopilación al uso, sino también un singular cuerpo de notas en el que daba cuenta de no pocos trucos de taller, lecturas, influencias, etc., y con las que abría de par en par las puertas de su gabinete de trabajo a quien quisiera libremente curiosear en él. Fue otro acontecimiento. Por entonces, los lectores de d'Ors conocíamos ya mejor su obra y reconocíamos que parte de su eficacia se debía, por ejemplo, al recurso constante, aunque no exhibicionista, a una adjetivación tan precisa como sorprendente; o al uso de ciertas recurrencias temáticas que creaban en el lector una grata sensación de complicidad y participación en el mundo estético y personal del autor. No puedo calibrar en qué medida todo esto contribuyó a que muchos autores jóvenes que nos habíamos iniciado en los higiénicos modales de la poesía de los ochenta reparásemos en que también aquella poética de negaciones, que sabíamos necesarias, precisaba una ampliación y una salida... Y qué duda cabe de que d'Ors fue uno de los pocos que supo señalar algún camino alternativo.

Por todo ello, leer este Átomos y galaxias de 2013 tiene mucho de rememoración de aquellos encuentros y deslumbramientos de 1987 y 1992. Qué duda cabe de que incluso a su autor le cansa ya que le recuerden el pasado, y por eso en este libro apenas encuentra uno algún vestigio de esos adjetivos arrebatadores, o alguna alusión a aquella sincerísima y a la vez teatralizada nostalgia de Wyoming, de los modos de vida de los yanomamis y demás correlatos espurios con los que el d'Ors de entonces sabía transmitir el anhelo verdadero de... otra cosa. Lo ahora publicado no va por ahí, ni falta que hace. Es una cumplida obra de madurez de un poeta que ya no necesita demostrar nada. Bienvenida sea. 


* Miguel d'Ors, Átomos y galaxias. Renacimiento, Sevilla, 2013

2 comentarios:

  1. Gracias por incitar mi curiosidad hacia la lectura de este libro que reseñas.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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