15 noviembre, 2013

UN NUEVA YORK ÍNTIMO

NUEVA YORK A DIARIO
Hilario Barrero. 
Editorial Impronta. Gijón, 2013.

Por lo que la han frecuentado tantos escritores españoles e hispanoamericanos, desde Martí a José Hierro, pasando por Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, Nueva York ha llegado a convertirse en casi un género literario con convenciones propias. Y en él podrían incluirse los diarios neoyorquinos del poeta, traductor y profesor Hilario Barrero (Toledo, 1948), de los que se han publicado ya cinco entregas. Nueva York a diario, la última, es también la más melancólica, aunque la melancolía no ha estado nunca ausente de estos libros que conjugan la impresión inmediata con los recuerdos, la reflexión literaria, académica o social con la estampa lírica, el registro objetivo de la realidad y el arrebato imaginativo. Esta variedad de asuntos y registros se corresponde con la consiguiente variedad de estilos: la prosa evocadora de los recuerdos –en general, estampas de la infancia y vida familiar del autor en su Toledo natal, o pormenores de su juventud– se alterna con el relato objetivo de sus andanzas neoyorquinas, que a su vez se contrapone al refinado lirismo de algunas descripciones paisajísticas, o a esa especie de festín de la imaginación que se produce cuando la observación de lo cotidiano se traduce en una explosión de greguerías. El lector atento detectará incluso algún que otro poema canónico, con versos medidos, disfrazado de apunte en prosa corrida. No faltan tampoco, por contraposición, páginas más apresuradas, pero esa variedad es la marca distintiva del diario personal, que registra no sólo circunstancias externas, sino también el propio pulso literario cambiante del diarista.

El resultado son estas trescientas apretadas páginas en las que caben dos años de observaciones vividas. Sobre el autor, un profesor maduro, cercano ya a la jubilación, pesan el recuerdo de algunas tragedias colectivas: el de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, por ejemplo, cuyas heridas siguen siendo visibles en la ciudad diez años después, y que determinan, no sólo el dolorido recuerdo del ciudadano de Nueva York cada vez que las circunstancias, los aniversarios o el mero azar del paseante lo ponen ante esas heridas, sino también alguna mal razonada paranoia, que el diarista no se recata en ocultar. Más alejado en el tiempo, pero más doloroso incluso, es el recuerdo de todos aquellos coetáneos del autor a los que se llevó “la peste” del sida en las décadas finales del siglo veinte, y entre los cuales el propio autor se siente milagroso superviviente. Si la edad aporta ya su propia carga de melancolías, estos recuerdos tienen el perturbador efecto de elevar esa melancólica circunstancia a condición universal, a retrato anímico del ciudadano del mundo que ha interiorizado algunas de las desgracias más significativas del tiempo que le ha tocado vivir y, además, ha asistido a ellas en uno de los escenarios más conspicuos del devenir del siglo.

El Nueva York de Hilario Barrero, de todos modos, se resiste a ser el mero decorado arrebatador que ha impresionado a tantos espectadores venidos de otros lugares. Barrero, por el contrario, tiene el don de hacer de su ciudad un escenario íntimo, casi provinciano, hecho de hábitos consolidados, rutinas laborales y querencias del afecto y el gusto. Quiere también el autor dejar constancia de la dimensión inabarcable de Nueva York, de la posibilidad de descubrir cada día un barrio étnico nuevo, un mundo autosuficiente y desconocido ubicado a la vuelta de la esquina. También es sensible el autor al Nueva York que le descubren los amigos que lo visitan, cada uno con sus propias expectativas de lo que desea ver o descubrir en la ciudad. Y, por supuesto, a la condición cambiante de la ciudad, y a la constante desaparición de lugares que tuvieron alguna significación para el autor y que ya no podrán ser sustituidos por otros, lo que redunda en nuevos motivos para la melancolía.

Y es que este diario, extendido a lo largo de dos años y sus consiguientes estaciones, tiene una tonalidad decididamente otoñal, y su imagen más característica es la del día menguante, el crepúsculo anticipado sobre el skyline de Manhattan y las primeras nevadas sobre Central Park. Algo más que una foto: un estado del alma.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro

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