31 enero, 2014

EN LLAMAS

UN FUEGO INESPERADO 
Ricardo Rodríguez.
Libros Canto y Cuento,
Jerez de la Frontera, 2013.

Ricardo Rodríguez (Jerez, 1961) trabaja e imparte talleres de poesía en la Fundación Caballero Bonald. Supongo que en esos talleres mostrará la artesanía de este oficio incendiario, las habilidades para enfriar la cizalla de palabras para que el corte no les produzca quemaduras a quienes en esto se inician, lo que sobre seguridad propia puede enseñársele a un poeta, esperando que alguien obtenga -alguna vez, no siempre-, la iluminación necesaria para aclararnos un poco este mundo que, por simplificarlo, llamamos realidad. Sobre la realidad, en todas sus falsas  apariencias, y sobre nuestra poderosa capacidad de renovarnos en las distintas transformaciones de esa realidad, va a girar todo este libro. Contaba Ricardo Rodríguez, en una entrevista, que el libro surgió en un momento de vacío, de un agujero negro propio sostenido sólo por la identidad, como imagen de sí mismo, por el tiempo y por la poesía. En ese vacío prendió un fuego inesperado. ¿Puede arder el vacío?, es la primera duda que plantea, resuelta con esa cita de José Mateos que abre el libro, donde hasta un cielo llega a estar en llamas. Ese fuego prende cuando no había esperanza ni se creía que fuera a suceder nada favorable, que es una descripción emocional del vacío. No es un fuego fatuo porque no se inflama desde la putrefacción sino desde las propias reservas de supervivencia, como esa combustión espontánea que ya describía Virgilio como una llama que sale del cuerpo de una mujer, Julia, un fuego que lame sin llegar a quemar. Para esclarecer ese fuego, pero también para encontrarlo, Ricardo Rodríguez traza un mapa, en su libro, de tres estancias fronterizas. Son tres bloques, tres partes en el libro, pero los caminos continuamente se entrecruzan, salen de un estado emocional para volver a adentrarse en el anterior, las mismas imágenes resurgen y convergen a lo largo de todo el poemario. 

La primera estancia, las apariencias. En sus dos significados, la manera que tenemos de presentarnos al entendimiento de los demás y también la cualidad que parece que nos caracteriza pero no tenemos. No es casual que la primera presentación de lo que ha traído ese vacío sea el niño que cada uno fue, con sus miedos pero también con sus expectativas. Con unos y otras se forjan los recuerdos, la más destacada y engañadiza de las apariencias. Tanto que, en el ahora, nos reconocemos como perfectos desconocidos de quienes fuimos, o de quienes queríamos ser. Ese juego de espejos, ahumados por el tiempo, está en ese muchacho que, en la casa de su infancia, lee El barco ebrio, un poema que Rimbaud escribió adolescente también en la casa de su niñez. El mismo poeta que dejó de serlo cuando creyó que la poesía no le ofrecía armonía ni el entendimiento del universo. Las imágenes que se repiten en el poemario (pájaro, piedra, alba, nube, rosa) señalan esas apariencias, tanto en la confusión que provocan como en sus contradicciones. La piedra, unas veces ensalzada en su misterio, otra hecha arena, muestra la confusión de la imposible permanencia, su falsa apariencia de perdurable. Los pájaros se presentan como señales de confusión moral (el bien y el mal, la belleza y la crueldad). Las nubes matizan o cambian la luz perceptible, la confunden, como también provoca el alba. Pero el alba es, a su vez, la resurrección, simbolizada asimismo en los pájaros, en ese poema de José Manuel Benítez Ariza donde celebran al alba el seguir vivos. La rosa es la belleza encerrada en lo efímero (otra vez lo imperdurable) pero también era para los alquimistas el símbolo del renacimiento místico.

Ese resurgimiento, amoroso en su más amplia extensión, fronterizo también entre sueño y realidad, es el espacio de la segunda parte de este Un fuego inesperado. El sueño entendido, por supuesto, en sus dos acepciones, la de los anhelos y la de las fantasías de sucesos e imágenes mientras se duerme. En el alba, bajo la confusa iluminación de la luz glauca, realidad y deseos se reencuentran, se ajustan, se completan. Ricardo, que se permite pocas sentencias en su libro, sometido él mismo a ese esclarecimiento del incendio personal aparecido de pronto, dará aquí una: “Todo es mortal, salvo la sed del alba”. La necesidad vital, imperiosa, de renacer. Es lo mismo que ya cantara el Salmo 62 al Dios del amor “por ti madrugo, / mi alma está sedienta de ti”. Sed que tan bien explicara Teresa de Ávila: “Sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata” (Camino de Perfección, c. 19). Ese renacer, con todas sus vacilaciones, no le lleva al ensimismamiento. Al contrario, lo abre a los demás, al contagio del fuego de los demás. Será el espacio de la parte final del libro, "Los otros".

En esta parte final del recorrido, el poeta se entiende mejor a sí mismo en el dolor o en la felicidad ajena. La última estancia es la de una grandísima empatía por los otros, a pesar de las apariencias, a pesar de seguir aún en ese contrabando emocional que, continuamente, cruza la confusa frontera de la realidad. Si en la primera parte acusaba señales de arrepentimiento vital, en un particular acto de contrición para explicar el vacío donde se produjo el incendio, aquí predomina un mensaje de redención personal, inesperada también, a partir de lo que siempre conservamos de los viejos anhelos y a partir de nuestra sorpresiva afinidad con los demás. “¿Qué es lo que nos salva?”, se pregunta, para responderse con las mismas imágenes convergentes de este libro: la rosa, las nubes, el alba. Ya lo había dejado entrever en la profecía que anuncia en su anterior territorio de exploración, entre los dos mundos: también las historias que falseamos de nosotros mismos, para redimirnos; o las que inventan los otros, blanqueadas de remordimientos, servirán para salvarse. Rimbaud, que creía en el poeta profeta, inicia este libro y también lo cierra, con sus “nubes rosas con voluntad de ocaso”, no de lo que muere sino de lo que se enciende y se transforma, con empeño de renacimiento, ya conciliada la realidad con el tiempo donde arden los sueños.

MANUEL J. RUIZ TORRES
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

2 comentarios:

  1. Anónimo11:58

    Me parece el libro, que leí recién publicado, obra de un auténtico poeta, significativo y hondo. Así se lo dije a él mismo; pero temo que, por un error en la dirección electrónica que me facilitaba, no le haya llegado mi nota. Si lee esto, que lo sepa, y que si puede se ponga, por favor, en contacto conmigo. Gracias.

    José Cereijo

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    1. Le transmito tu mensaje, José. Gracias por el comentario.

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