28 febrero, 2014

HACERSE PREGUNTAS

Divago mientras vago. Un viaje autobiográfico.

James Langston Hughes. 
Edición e introducción de Joseph McLaren. 
Traducción de Mariano Peyrou. 
Antonio Machado Libros, 
Madrid, 2013. 

Contrasta esta despreocupada autobiografía con la imagen entre adusta y reivindicativa que muchos lectores nos hemos formado de su autor, el poeta negro norteamericano –o afroamericano, diríamos hoy– James Langston Hughes (1902-1957). No es del todo improcedente esta pronta mención de su raza: a lo largo de toda su carrera, el autor convirtió su condición de negro con estudios y creciente prestigio intelectual en piedra de toque para poner de manifiesto, por contraste, la inconsistencia de la discriminación que los de su raza venían padeciendo. Otra cosa es que esta circunstancia, referida a un lugar y tiempo concretos –los Estados Unidos del primer tercio del siglo XX– valga como casi único principio rector de esa especie de conciencia alerta que se le presupone al escritor viajero. Y algo de eso hay, decíamos, en este tramo –el segundo– de la autobiografía de James Langston Hughes, adecuadamente titulado en español Divago mientras vago, en remedo de la paronomasia del título original: I Wonder As I Wander, por más que a la traducción se le escape la insalvable ambigüedad del verbo inglés “wonder”, que significa tanto “asombrarse” como “hacerse preguntas”. 

No otra es la actitud del autor a lo largo de la vuelta al mundo que constituye el argumento de este tramo de su vida: desde que parte hacia la Unión Soviética en 1932, donde pasa un año, hasta que regresa a casa vía China y Japón, para después acudir a España como corresponsal de guerra; a lo que hay que añadir una estancia previa en Haití y algunos intervalos de actividad literaria y teatral en Estados Unidos, donde el autor va afianzando su perfil de escritor profesional, capaz de vivir de lo que escribe. 

Ya desde el momento de su publicación se dijo que la parte más interesante de este libro era la referida a la estancia del autor en la Unión Soviética, a donde llegó en compañía de un grupo de actores negros que se disponían a actuar en una película sobre la discriminación racial en los Estados Unidos. La película no llegó a hacerse, pero el estado anfitrión permitió a Hughes que recorriera el país a su antojo, lo que el poeta aprovechó para ver cómo el régimen comunista manejaba el complicado asunto de la convivencia de razas en las repúblicas “de color” –así las llama Hughes– del Asia central. Sus impresiones dan que pensar. Hughes constata el carácter represor del régimen, así como la dureza de la vida en el país, pero piensa también que lo obtenido en los escasos tres lustros transcurridos desde el comienzo de la revolución no es desdeñable, y que esos logros abarcan aspectos tan decisivos como el desmantelamiento del despotismo feudal en las sociedades de la región, la desaparición de la discriminación racial o la mejora de las condiciones de vida de la mujer. A estos respectos, el autor llega a tener palabras poco piadosas para los represaliados por el régimen, a quienes identifica con la misma clase de personas, dice, que defienden la segregación racial en los Estados Unidos… Palabras que llaman todavía más la atención por estar escritas ya en los años cincuenta, cuando el poeta había abjurado públicamente de sus iniciales simpatías hacia el comunismo; y por corresponder a un periodo de su periplo en el que compartió jornada con el reputado periodista Arthur Koestler, cuya sonora disidencia del comunismo se gestó precisamente en esos años y ante las mismas realidades que presenció Hughes.

Aunque quizá lo menos importante de estos recuerdos sea el juicio político que quepa extraer de los mismos. Igual puede decirse de las impresiones de Hughes sobre la guerra civil española: también aquí la visión de Hughes parece constreñida a los muy localizados aspectos “raciales” del conflicto –la participación de negros americanos en las Brigadas Internacionales, o la de los “moros” en el ejército de Franco–. Queda en cierta penumbra la figura del propio autor, y cabe preguntarse si la imagen un tanto atolondrada, hedonista y superficial que quiere dar de sí mismo no será un pudoroso disfraz. A esas alturas, al poeta en trance de convertirse en una gran figura pública le convenía esa ligereza. No es el único que la ha practicado.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña publicada, en versión algo más breve, 
en el suplemento El Cultural del diario El Mundo.

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