27 marzo, 2014

DESCUBRIMIENTOS Y CELEBRACIONES

Cerrar los ojos para verte.
Rodrigo Olay.
Consejería de Cultura y Turismo y
Editorial Universos. Oviedo, 2011.

La víspera (2012-2013). 15 poemas.
Oviedo, Autoedición, 2013.*


Encontrar a un poeta joven que maneje con soltura los rudimentos de la poesía es complicado. Toparse con uno que los controle como un maestro es un milagro. Cerrar los ojos para verte se escribe cuando su autor ronda los 20 años y se nos presenta como un abanico de posibilidades o nutrida antología de formas y maneras estróficas, a modo de presentación de credenciales en la alta corte de la poesía por parte de un aspirante desconocido con una asombrosa potencialidad.

Lleva su tiempo y requiere mucha paciencia conocer y dominar los rudimentos de un oficio; decía Pla que "llegar a dominar un instrumento o una herramienta es cosa de larga paciencia"; los rudimentos de la poesía son largos, como el arte ("Ars longa, vita brevis") y lento su aprendizaje, pero este joven poeta parece haber llegado con ellos puestos, sin necesidad de pasar por el noviciado de ejercicios escolares y balbuceos de principiante.

El lector va de descubrimiento en descubrimiento, sin dar crédito a su asombro. Nada más abrir el libro, el "Prólogo" no puede ser más sorprendente: firmado como G. de B. (Gonzalo de Berceo) y usando la cuaderna vía (o tetrástofo monorrimo) nos presenta su "libriello" que tras probar suerte en diversos premios consiguió el "Asturias Joven" en 2010. El ejercicio, pese a su arriesgada gimnasia arcaizante, no deja de ser un original y desconcertante juego para un lector poco acostumbrado a  tales alardes.

"Huellas en la arena", el poema que abre la primera parte, "El abismo en el espejo", es una magnífica indagación en torno al enigma de la pérdida de la niñez. El soneto "Constantes vitales", aparte del guiño machadiano del primer verso, resulta un original recorrido por la vida del hombre desde su infancia hasta la vejez, iniciando cada estrofa curiosamente con los sustantivos "infancia", "adolescencia", "madurez" y "senectud". "Autorretrato", con su intrincado y rico juego pronominal; es un curioso juego literario para desentrañar el laberinto de la soledad, que nos recuerda a Blas de Otero. Quevedo es quien suena en "Historia Antigua", un bello soneto que borda los balbuceos del amor y los juegos sexuales primeros. Vagos recuerdos de Manuel Machado destila el imparable  "Existe una razón para volver", y no tan vagos de Miguel d´Ors, a quien imita en esa nota a pie de verso desarrollada a pie de página en eruditos endecasílabos. Este viaje de fin de curso a París, además de ser una lúcida reflexión sobre la nostalgia, se convierte en puro recreo para los sentidos.

"Canzoniere", la segunda parte, es la más extensa y la más intensa. Se divide a su vez en otras tres; "Cerrar los ojos para verte" que da título al libro, "En jardines heridos" y "Cántico". Es tan variada en registros esta sección y tan poderosa que parece un río desbordado que no cesa. Continúa aquí el juego o diálogo con la tradición, que se traduce no solo en un inmenso amor a la literatura, sino también en un minucioso conocimiento de su historia. Los alejandrinos asonantados de "Venecia" y "Estambul" nos traen a la memoria los inicios mejores de Gimferrer y Carnero. En cuanto a sonetos, el muestrario es casi infinito: "El duelo" es un artefacto manierista con claros ecos quevedescos; "La metamorfosis" es un vertiginoso ejercicio de sucesivos planos temporales en endecasílabos blancos; "La noche de los fuegos" es un soneto de hipérbatos encadenados (inicia todos sus versos con la conjunción "y"); "Por la secreta escala" resulta un jubiloso poema erótico con sabor a residencia de becarios; y "Un dorado temblor" es un magnífico poema amoroso con acentuado encabalgamiento. Abundan los cantares juanramonianos, las soleares garcialorqueñas, hay unas cuartetas "con Pedro Salinas, contra Santa Teresa", décimas, canciones machadianas y, también, la filigrana del acróstico en "Dedicatoria", dirigida a la misma persona a quien dedicará dos años más tarde su plaquette "La víspera". Encontramos también buenas muestras del poema de largo aliento, así "Canción de aniversario", que es una inacabable canción de amor en la más pura estela de  L.Gª Montero; "Los hijos del invierno", con nota al pie en heptasílabos y endecasílabos, canta el dolor de la pérdida y la nostalgia de la intensidad de los días limpios, con vagos recuerdos de Blas de Otero; "La verdad en el arte es la belleza", que cierra esta sección, es un bellísimo poema erótico concebido como una sostenida e intensa súplica para que el milagro del amor y su belleza nunca termine y se convierta en costumbre.

Encontramos en "La patria oscura" (recordado título de un precioso libro de Juan Manuel Bonet), última sección del libro, asombrosos descubrimientos, homenajes a tradiciones y poetas queridos, lúcidos ejercicios todos ellos en torno a la muerte y sus alrededores. Sigue abundando el soneto (4) en todas sus variantes; hay un homenaje a Machado en "Estos días azules y este sol de la infancia". "L´amour de loin" es un portentoso juego de espejos tan delicado y frágil que al leerlo teme uno romperlo: Borges es el espejo donde se mira. "El manco", por otra parte, es un poema-sorpresa con un misterioso último verso para los no iniciados: hasta ese momento el lector poco avisado creería que se está hablando de Cervantes, pero de quien se habla es de Luke Skywalker, el protagonista de la saga Star Wars. Olay cervantiniza la historia mediante fragmentos biográficos de Cervantes que vienen a ser rasgos comunes entre ambos personajes.

Breves y lapidarios poemas se agrupan en la pequeña sección titulada, a lo Panero, "Según sentencia del tiempo", toda ella un memento de la muerte que ha de llegarnos a todos. La antología palatina suena al fondo y los homenajes son tantos que el poeta se dedica uno a sí mismo en "A un poeta menor de 1989". "Rima" pretende ser una lápida de Gustavo Adolfo Bécquer. Estremece y emociona "Soldado cobarde". Sentenciosos y escalofriantes versos solitarios sobre el frío mármol como los de "El suicida" o "Inscripción funeraria de C. Pontuleno...": hermosos  trípticos y haikus y también habilidosos juegos de palabras que se quedan en eso o casi. Tras la irreverente parodia de "Operación triunfo" se encuentre sin duda García Martín, especialista en este tipo de poemas. Hay dos espléndidos ejercicios al "botesco modo" (por Víctor Botas) que al autor de Historia Antigua le hubiera encantado leer: "La paz definitiva" y el magnífico "Fatum".

Este poema podría haber cerrado el libro de una manera redonda, pero el autor ha querido completarlo con un juego erdudito cuya introducción, notas y bibliografía consigue ser una desternillante crítica a tanta sesuda y marmórea erudición académica, "Appendix probi: el mapa del tesoro" es su título. Detrás de esta chanza se encuentran Borges y Botas y algunas parodias muy del estilo de la tertulia Óliver, que harán pasar un buen rato al lector. Las notas y la bibliografía final se aconsejan para días pesados y espesos.

La víspera es una plaquette de 15 poemas que el autor publica en 2013. Se trata de un adelanto a modo de pequeño embrión de un libro que la editorial sevillana La Isla de Siltolá sacará próximamente. El poeta no defrauda y la poética a la que se acoge en el poema primero no puede entrañar mayor dificultad: "Un poema es poema / si luego puede serle recitado / sin ser inoportuno / a quien se está muriendo.// Si tus palabras pueden ser las últimas". La magia y el milagro de la poesía se suceden incesantes en estos nuevos poemas que dan paso a un poeta verdadero.

JOSÉ LUNA BORGE
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

* Post scriptum

Precisamos que los 15 poemas que integran La víspera no fueron publicados como plaquette, no tiene ISBN, ni se puede hablar de autoedición como se apunta en la reseña. Se trata de un documento de Word, sin más, impreso en casa del autor y enviado a un puñado de amigos que  insistentemente preguntaba en qué andaba metido en ese momento. Pedimos disculpas por el descuido. (N. del A.)

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